La lucha de clases en el coronavirus (más dosis como remedio)

La degradación de la situación es de tal magnitud, en todos los planos y de forma tan acelerada y precipitada, que plantea unos retos ingentes a quienes bregan por insertar una línea revolucionaria en el seno del pueblo, que solo podrá salir de la barbarie que se perfila cuestionando directamente al poder. La pandemia no ha hecho sino acelerar y agravar hasta el paroxismo una crisis sistémica que ya venía anunciándose, y la declaración de estados de alarma en sus distintas versiones no hace sino dificultar sobremanera las condiciones en que tiene que darse una lucha de clases que no solo no puede confinarse, sino que tiene que pasar a niveles superiores.

La sucesión de acontecimientos en las últimas semanas plantea a la militancia que se reclama del movimiento revolucionario, e incluso a la que meramente se proclama progresista, dar pasos resueltos y decididos en la superación de los límites que nos afectan, empezando por clarificar y saberse manejar en una situación que es normal que vaya a ser de máximo caos, confusión y eclecticismo en el seno de la indignación y la protesta. La coyuntura extrema que se nos dibuja nos obliga a hacer prueba de máxima inteligencia en la reagrupación de fuerzas, forzosamente diversas, frente al principal enemigo en estos momentos: la gran oligarquía financiera y empresarial, la política imperialista dictada por la Unión Europea y los gobiernos a su servicio.

Más allá de anuncios y “desanuncios” administrativos, donde la demagogia y la mentira calculada campan a sus anchas, en medio de peleas politiqueras por coger el volante gubernamental, en mitad pues de este desorden generalizado, la única política clara y planificada que desde el poder finalmente se impone es la de salvar y rescatar a esas oligarquías parasitarias. Nada les valdrá más que eso.

Existe un interés por parte de los medios en tildar de “negacionista” cualquier oposición a los dictados del gobierno, una burda simplificación que no tiene otro fin que el de acomplejarnos y tornarnos dóciles ante el control social que de facto se está imponiendo. Por más que sea cierta la existencia de ese negacionismo del virus, no podemos caer por un segundo en su trampa. No somos negacionistas de la enfermedad, pero sí que negamos la mayor, y por partida doble. Negamos que este Estado al servicio de los oligarcas parásitos de aquí y de Bruselas-Berlín pueda controlar y salvarnos de las dos grandes enfermedades en curso: la propia pandemia y la de la enorme descomposición social que tanto sufrimiento callado está generando. Aquí no cabe más que estar en primera línea del negacionismo sistémico.

Frente a la planificación estatal que se hace al servicio exclusivo de los grandes emporios financieros y empresariales –negando incluso su sacrosanta economía de mercado, que solo dejan para inframercantilizarnos laboral y socialmente o para cargarse sectores empresariales de segunda fila–, urge la planificación al servicio del pueblo. Hay que caminar hacia el control popular de los grandes sectores financieros e industriales, de los dominios de la sanidad, de los servicios sociales. Planificación social o barbarie, eso es lo que está en juego; algo imposible de lograr sin cuestionar la dictadura del capital bajo la que vivimos. He aquí la alarma mayor que debe sonar en la lucha de un pueblo que se juega su propia salvación.

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Efectivamente nos encontramos en medio de ese tipo de crisis profunda comparable a otras que han hecho temblar el curso de la historia; más aún por la fuerza con que se da en el centro mismo del sistema capitalista. La crisis que vivimos es de las que, si no se resuelven con un cambio en la clase que tiene el poder, nos aboca irremediablemente a situaciones de guerra social o directamente de guerra abierta, como ya ha ocurrido en otras ocasiones. En cualquier caso, nada tendrá que ver el escenario de lo que vendrá con lo que habíamos vivido hasta ahora.

Cuando decimos que la situación es de gran degradación en varios planos es porque, además de agravar extremadamente las condiciones de vida de la clase obrera y los sectores populares más humildes, también afecta a sectores de la burguesía, de los pequeños y medianos empresarios, conllevando una extensa descomposición social. Es por eso que no podemos contentarnos con generalidades del estilo de que estamos ante un estado burgués, de la economía capitalista, etc. Estas categorías, siendo totalmente justas, hoy son insuficientes para situarnos ante la compleja realidad de las contradicciones sociales y la expresión que pueden tomar en forma de protestas; máxime cuando tenemos un gobierno que va de progresista y se le asocia con la izquierda y hasta con el socialismo.

Numerosos sectores de la pequeña burguesía en proceso de descomposición, o incluso de la burguesía media, entran hoy objetivamente en contradicción con las políticas dictadas al servicio de la oligarquía, por un gobierno que se intenta disfrazar de socialdemócrata. El resultado es que esos sectores llegan a movilizarse con discursos reaccionarios e imposibles, pudiendo arrastrar con ellos a capas humildes de la población en una situación límite. Y no por ello debemos situarnos ni por un instante al lado de un gobierno que ejecuta, entre postureos de todo tipo, la política del enemigo principal señalado más arriba; por más que, por supuesto, debamos mantener distancia ideológico-política con los distintos sectores reaccionarios.

En un contexto en que la economía de mercado no funciona, en que ni “los de arriba” controlan lo que está pasando, los Estados ahondan en su reconversión en regímenes de contrarrevolución preventiva, cada vez más preparados para la guerra social. Es mentira que tengamos un gobierno socialdemócrata. De ser cierta tal cosa, ese gobierno entraría en contradicción inmediata con los dictados oligarcas y de la Unión Europea, que cada vez estrechan más los márgenes reales de las reformas; unas reformas y mejoras, cuya máxima garantía para obtenerlas y asegurarlas es que sean arrancadas como “productos accesorios de una lucha con perspectiva revolucionaria”, parafraseando a Lenin.

Sobre este gobierno, lo que importa es que no solo no se opone a los dictados del capital nacional e internacional, sino que se postula como sus mejor garante ante un desbordamiento de la protesta. El papel del “reformismo” en el gobierno como anestesiante de la lucha de clases cobra más fuerza aún en la situación que se está abriendo. Tanto es así, que hasta el propio Sánchez hace esfuerzos por convencer a la patronal de la utilidad de UP en el gobierno1, en base al papel de apagafuegos que estos pudieran jugar frente a la enorme protesta social que se avecina.

Por lo demás, es necesario señalar que la derecha española proveniente del franquismo tiene unos vínculos más fuertes con el empresariado patrio, la pequeña o mediana patronal, la burguesía rural, etc., mientras el PSOE, que tiene una importante base social en el funcionariado o personal que vive de las administraciones, tiene a menudo una conexión y obediencia más directas con la oligarquía financiera. A ello hay que sumar la lealtad que el llamado centro-izquierda ha tenido siempre hacia la Unión Europea, mayor que el de una derecha que en general viene de unas relaciones más estrechas con el imperialismo estadounidense; lo cual ha llegado incluso a utilizar para hacerse más fuerte ante la Comisión Europea, siendo el ejemplo más notorio el de Aznar. Todo esto, en el contexto de un Estado intermedio como el nuestro, en medio de una fuerte competencia internacional por comerse mercados ajenos –algo que persigue sobremanera el núcleo duro de la UE–, hace que un gobierno como el actual pueda serle más útil a dicho núcleo duro en la aplicación de sus políticas de integración-expansionistas. Así ha venido siendo de hecho desde los años del felipismo.

Al actual gobierno no lo convierte en inocente, ni menos aún lo hace objeto especial de nuestro cuidado, el que se le enfrenten elementos con discursos reaccionarios, por mucho disfraz democrático o antifascista con que se quiera revestir. Si algún papel ha jugado frente a la reacción es el de allanarles el terreno, y convenzámonos de que no le va a temblar el pulso a la hora de descargar sobre el pueblo toda la capacidad represiva de su aparato estatal. Ya hemos visto a los Iglesias utilizando el espantajo de la extrema derecha para justificar esa represión, y en estos días ya se suceden noticias de casos represivos hacia militantes y luchadores sociales de todo tipo. Sea como fuere, nuestro enfrentamiento a los que gritan “vivan las caenas”, a los elementos más casposos del régimen, debe supeditarse a las necesidades mayores de la lucha de clases; en concreto, a contribuir a concentrar el máximo de fuerzas y también a aislar al máximo a la fracción del capital que pilota esta guerra.

En las últimas semanas se han comenzado a precipitar acontecimientos en forma de protestas, muchas de ellas caóticas, con una fuerte componente espontánea, lemas difusos y participación e ideología muy eclécticas, derivando varias de ellas en disturbios y enfrentamientos con la policía. Algunas movilizaciones han sido en barrios obreros, como las que ocurrieron en Gamonal, con consignas antifascistas y una participación que llamaríamos de izquierdas, mucha de ella joven. También han seguido un patrón similar, quizás más organizado, algunas de las habidas en Euskal Herria, donde por cierto no es casualidad que no aparezcan con fuerza expresiones reaccionarias, producto de que allí existiera durante décadas un movimiento verdaderamente rupturista que no creó vacío político entre el pueblo, y cuyo poso sigue estando presente.

Ciertamente, algunas de las convocatorias han venido siendo pringadas con la intervención de grupúsculos de extrema derecha (o de gente en longitud de onda con ellos), pero ni son todas ellas ni se debe magnificar su capacidad de convocatoria. Pretender afirmar que esta gente es capaz de movilizar lo que se ha visto estas semanas atrás es otorgarles una capacidad que no tienen. Y en cuanto a la extrema derecha más institucional, hemos visto las contradicciones en las que han ido cayendo diferentes líderes de Vox, a veces aplaudiendo las protestas contra el gobierno, a veces echando la culpa de disturbios y saqueos a la “extrema izquierda” o a la inmigración, desdiciéndose hoy de lo que dijeron ayer.

En el Estado español históricamente nunca ha habido una extrema derecha obrerista o social que haya logrado ser de masas, y ésta en gran parte ha tenido una componente clasista muy marcada. Su inmensa mayoría nunca será capaz de tener un discurso consecuente contra la gran burguesía, contra el capital financiero, por las ligazones personales que tiene con él y que vienen del franquismo. Y, sobre todo, la extrema derecha es incapaz de entrar en contradicción con las fuerzas de seguridad del Estado. Se moverá como pez en el agua en las concentraciones del Barrio de Salamanca, pero lo tiene realmente crudo para poder liderar ningún tipo de protesta social, ya no digamos de clase, de cierto calado. Una línea consecuente, que se desprenda de prejuicios esquemáticos y que haga un trabajo permanente entre las masas, es perfectamente capaz de aislarla. Pero para ello hay que desmarcarse de todo tipo de conciliación y acomplejamiento para con el “progrerío”.

Volviendo a las movilizaciones, si algo es evidente es que no podemos encasillar lo que hemos visto hasta ahora bajo un único patrón, ni tener total claridad acerca de lo que está pasando, pero no pasa nada: más grave sería querer simplificar la realidad para hacerla encajar en esquemas preconcebidos. Históricamente, en momentos de profunda crisis económica se han sucedido protestas de grupos lumpenizados y proletarizados, o de capas intermedias en proceso de proletarización, con altos niveles de eclecticismo y sin responder a patrones organizativos típicos del movimiento obrero clásico. Pues bien, más aún ocurrirá esto en un contexto en que el movimiento revolucionario continúa en horas tan bajas. El hecho de que unas protestas no expresen reivindicaciones claras o no sigan un patrón ideológico determinado no sólo no las convierte en reaccionarias, es que seguramente puedan seguir jugando un papel progresivo, en la medida en que contribuyan a confrontar con el enemigo de clase.

Hay que señalar que en estas semanas también ha habido movilizaciones convocadas por sectores del movimiento obrero y popular organizado, que no se mencionan en unos medios de comunicación interesados en tachar de negacionista o de ultraderecha a casi todo lo que se mueve. Algunas de ellas han sido muy numerosas, y por cierto, se han llegado a “comer” grupos de esos reaccionarios o negacionistas que también anduvieron por allí, quedando sepultados dentro de la propia movilización por la fuerza de la misma; sirva esto de ejemplo de que no hay mejor antídoto contra la extrema derecha que una fuerza de clase organizada capaz de vehicular el descontento social.

Aún está reciente el ejemplo en Francia de unos chalecos amarillos sobre quienes al principio se vertían acusaciones similares a las que estamos asistiendo estos días. En esas movilizaciones había sectores de la pequeña burguesía, con ideas reaccionarias, con algunas organizaciones de extrema derecha intentando pescar en río revuelto… A partir de aquellas protestas se desarrolló un importantísimo movimiento que sostendría un conflicto con el Estado que duraría meses2, y que ha significado un enorme aprendizaje colectivo para el pueblo vecino.

Así, lo esencial de las protestas que inevitablemente se van a dar, en lo que debemos poner acento, es si en ellas hay pueblo, si hay sectores que se están viendo al límite del precipicio con la brutal crisis en curso. Y en numerosos casos así está siendo; en muchas ciudades ha sido gente joven, con cierta abundancia de perfil migrante, que sale a expresar rabia y descontento de la manera en que sabe. Por cierto, esta crisis va a sacar mucha gente nueva a la calle, capas populares que nunca antes habían salido y que no responderán a forma o expresión organizativa alguna. Tarea nuestra será contribuir a elevar ese descontento y esos primeros niveles de conciencia a estadíos más elevados. Y eso pasa por saber hacerlo.

Como venimos señalando, en un Estado donde domina el capital financiero y en un momento histórico en el que no hay margen para que “se salve” todo el mundo, es normal que salgan a protestar sectores de la pequeña burguesía en descomposición. Como también es normal que diferentes capas populares que pueden salir a la calle, no expresen ni siquiera contenidos progresistas. ¿Qué podemos esperar al respecto cuando a la debilidad de la línea revolucionaria se le suma que agentes de facto del gran capital y de las políticas dictadas por la Unión Europea aparezcan con ropajes progresistas y de izquierda?

La criminalización que se está dando de las protestas es de libro, de un libro muy conocido ya en este país desde tiempos de la transición. Primero negando que en ellas haya gente, mucha de ella joven, que podríamos llamar de izquierdas, combativa, o sencillamente que haya pueblo expresando descontento de la manera que sea. Y segundo, metiendo a buena parte de toda esta amalgama en el cajón de la extrema derecha o del negacionismo. Esto es grave que venga del progrerío progubernamental, pero más preocupante aún es ver cómo desde “nuestras filas” se cae también en los mismos tipos de simplificaciones y acusaciones. No es admisible que no se entienda este eclecticismo, esta confusión, la existencia de sectores o ideas reaccionarias que se mezclen y se hagan hueco en la protesta social, consecuencia todo ello del vacío político entre las masas provocado por la ausencia de una línea que revolucione consecuentemente la realidad, y una organización capaz de llevar a cabo todas estas tareas.

En momentos de crisis los tempos se aceleran y aparece una necesidad urgente de actuar, de movilizarse, por parte de un pueblo que cuando sale a protestar lo hace desde la posición en que se encuentra, con todas sus contradicciones y bajo el paraguas de la ideología dominante. Ya decimos que mucha gente nueva saldrá a las calles en esta nueva etapa de crisis. Y no sólo es que sea erróneo pretender ver pureza alguna en sus expresiones, es que nos toca ser lo más flexibles que podamos frente a todas las contradicciones que vamos a ver; debemos aprender a relacionarnos de la manera más natural posible con la gente normal, tal cual es. El propio proceso de la lucha de clases juega a favor de cambiar las conciencias, las cuestiones culturales más de fondo, pero no podemos pretender no encontrarnos con ellas: es desde la realidad, como se nos presenta, desde donde toca trabajar.

En fin, que habrá que optimizar al máximo aquello de que se nos impone “la clarificación en (y dentro) de la movilización” por más desorientación y confusión que en esta pueda haber.

Sobre el confinamiento y el estado de alarma

Hay que ser claros: un movimiento revolucionario, en las condiciones actuales, no puede dejarse llevar por prioridades puramente sanitarias, menos aún cuando acatar toda la actuación del gobierno significa someterte a los designios del enemigo de clase. Al inicio de la pandemia sacábamos a la luz un fragmento biográfico de Lenin que hoy no viene mal recordar: “Ayudar al régimen a vencer el terrible azote es contribuir a su consolidación, cuando precisamente esta catástrofe revela rotundamente su imprevisión, su incapacidad, y favorece la difusión de nuestras ideas revolucionarias.3

La cuestión de “vida o muerte” en la situación que estamos viviendo es de vida o muerte social, de tener un trabajo, un techo o algo con lo que llenar la nevera. Cada vez hay más sectores que se expresan en estos términos, la situación es límite y no tiene ningún viso de mejorar4. Es una auténtica irresponsabilidad supeditarnos a los tiempos y políticas del Estado, porque eso es debilitar o directamente cancelar la lucha de clases, atarnos de pies y de manos, perder toda independencia política. No cabe conciliación alguna con ellos.

A estas alturas de la pandemia es evidente que el poder está utilizando todos los mecanismos que tiene a su alcance para frenar una movilización y protesta social que puede ser inmensa y sacar en forma de explosión de rabia tanto sufrimiento callado. El confinamiento, las medidas represivas y todo el bombardeo mediático en torno al COVID 19 están suponiendo un desánimo, unas situaciones de soledad, aislamiento, miedo y desconfianza que están dejando a muchas personas tocadas; también a gente consciente e incluso militante. El desmoronamiento organizativo, o como mínimo la situación de debilidad y bloqueo de parte del ya precario movimiento obrero y popular es un hecho palpable, y esta es una situación a la que hay que hacer frente con toda nuestra clarividencia.

Radios, periódicos y televisiones, propiedad de quienes gestionan la crisis a su mayor beneficio, vomitan a todas horas datos y más datos, muchos de ellos incomprensibles y carentes del mínimo rigor, aderezados con análisis de tertulianos y de supuestos expertos, todos en la misma dirección. A menudo el resultado es la creación de sentimientos de pánico, de miedo a tener la mínima relación social y de inseguridad ante todo lo que suponga salir de casa, que colonizan las cabezas de millones de personas.

De todas formas, el pueblo no se encuentra ya en las mismas condiciones en esta segunda ola de la pandemia; la desconfianza hacia las medidas, el hartazgo y la situación de desespero son cada vez mayores. Hay gente sencillamente progresista que también se está dando cuenta de la componente represiva del estado de alarma, los toques de queda y todas esas medidas, más aún si se relacionan con la nefasta gestión de la pandemia.

En menor medida que durante la primavera, aún hay quien desde posturas críticas al gobierno pide más cierres en la economía, más confinamientos generales, etc; una cosa que creemos que es poco seria por parte de quien pretende ser vanguardia. Las medidas drásticas de confinamiento en nuestro contexto significan dejar en el desamparo en primer lugar a las capas más precarizadas, a quien vive de la economía sumergida, al proletariado en definitiva. Y esto es así por mucho que quien alce la voz en primer término sea esa pequeña o mediana burguesía que ve afectados sus negocios, que en muchos casos se irán realmente a pique. Son todos esos sectores más humildes, al margen incluso de las capas de asalariados con trabajos relativamente estables, quienes son más escépticos con los confinamientos tal y como se han venido dando, quienes además ven en primera persona cómo todos esos “escudos sociales” anunciados a bombo y platillo son poco más que humo.

Por cierto, a la hora de hablar de medidas restrictivas tampoco es correcto compararse con Estados con componente socialista o de planificación económica, con una capacidad mucho mayor para controlar la epidemia. No podemos pedir a nuestro pueblo el mismo respeto por las contradictorias e incoherentes medidas sanitarias y de aislamiento aquí que si estuviéramos en países donde se ha estado planificando una superación de la epidemia en conjunción integral con la debida protección social.

En este sentido, cabe pararse solo sea un tanto en el caso de China, contraponiéndolo con la política seguida aquí y en nuestro entorno más cercano, para comprobar la irracionalidad y el descontrol en la lucha contra la pandemia por parte de Estados como el nuestro, donde al final lo que más interesa es quedarse con la componente de control policial al tiempo que se permite hacer negocios con la cuestión sanitaria. China ha demostrado que la humanidad ya está preparada para vencer a esta pandemia; y, sobre todo, que es posible vencerla sin dejar en la estacada al pueblo. Repárese, por ejemplo, en que el confinamiento de los más de 10 millones de habitantes de Wuhan fue acompañado de la completa asistencia social y vital. Por no hablar de la construcción acelerada de 16 hospitales en la ciudad, perfectamente equipados. O como, ante el menor foco, las pruebas de PCR en aquel país se han hecho de forma masiva y gratuita.

En sangrante contraste, el confinamiento español fue (y sigue siendo) una farsa. Así, a modo de ejemplo significativo, millones de madrileños iban al trabajo cada mañana hacinados en el metro. La precariedad en los puestos de trabajo hacía el resto. Muchos negocios particulares ven, en toda lógica, en el confinamiento total su hundimiento. El desorden, el sálvese quien pueda de la economía capitalista no permite hacer otra cosa. Para colmo se nos pide, en última instancia, que vayamos a trabajar pero no protestemos, para frenar cualquier oposición a su ola de despidos. Se apela, en fin, con descaro a la “irresponsabilidad” de la gente, mientras nos obligan a trabajar hacinados y en franco peligro.

Si no hay protección social, las medidas de prevención sanitarias dictadas se llegan a convertir, como decimos, en un flagelo contraproducente, en puro cinismo: en definitiva, en una farsa criminal que el tiempo se encargará de revelar en toda su crudeza. Pero, precisamente, se trata de que la razón se imponga antes de que el tiempo se la dé… demasiado tarde. No hay, pues, parálisis de lucha que valga. 

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Se impone la disputa por el control del sistema productivo. Y esta disputa solo puede hacerse desde el propio sistema productivo. El control popular de la pandemia y de la crisis que nos interesa se debe hacer desde la propia lucha de clases, no desde un confinamiento que no deja de ser burdo, irracional y respetuoso del (de)sorden capitalista. No se trata, entonces, de pedir desde el aislamiento organizativo medidas a un gobierno y un Estado que sirven a una clase que no es la nuestra.

Debemos conseguir por la vía de la práctica que ellos se nieguen a sí mismos, que nieguen su propia política por la presión de la lucha de clases. Es importante saber señalar todas sus contradicciones, e imponer reivindicaciones que vayan en este sentido: intervención del parque hotelero para las cuarentenas inteligentes y para ofrecérselo al personal sanitario que está en primera línea de combate con la pandemia; intervención y control de la industria privada que sea necesaria, empezando por toda la sanitaria y farmacéutica; apoyo a las residencias y al personal sanitario con aumentos de plantillas y mejoras en las condiciones laborales, etc. Y. por supuesto, todas las que tienen que ver con la salud social y laboral de un pueblo que está siendo sacrificado en el altar del beneficio del capital.

Queremos acabar con una llamada a la militancia organizada, al activismo, a toda persona con conciencia política. En tiempos más que complicadosnuestra entrega militante es muy necesaria, como lo es que que a esta le demos toda la seriedad posible. Las tareas históricas que tenemos por delante así lo exigen.

Red Roja, noviembre de 2020

1 https://www.vozpopuli.com/espana/sanchez-podemos-gobierno-incendiar-calle_0_1405360706.html                 

2 http://xarxaroja.cat/los-chalecos-amarillos-expresion-de-nuestros-limites-y-de-las-capacidades-del-pueblo/

3 https://diario-octubre.com/2020/04/07/lenin-y-la-actividad-revolucionaria-frente-a-las-epidemias/                      

4 https://www.publico.es/sociedad/coronavirus-nuevos-pobres-pandemia-economia-sumergida-precariedad-desamparo.html                      

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