El estado de la economía y de unas movilizaciones que deberán cuestionarlo

Se inicia el otoño con el anuncio de reformas como la laboral, la fiscal y la de pensiones, que está ya muy avanzada. Todas supondrán más recortes sociales a los que hay que sumar una inflación que se dispara y que inevitablemente ataca a las clases trabajadoras. Esas reformas son, en realidad, exigencias de la Unión Europea, la cual ha dictado que si no se llevan a cabo no llegarán unos fondos europeos que, para más inri, nacen con trampa: solo se podrán invertir donde los mandamases de Bruselas y Berlín decidan, y la deuda que generen la acabaremos pagando nosotros. Ante ello, no solo habrá que retomar las movilizaciones, sino que estas no podrán repetirse en la misma forma en que se dieron en la década anterior, empezando porque habrá que situarlas en una clara ruptura con la política imperial de la Unión Europea. Mirar para otro lado es alimentar ilusiones electoreras, como las que se han venido depositando en las autodenominadas “fuerzas del cambio”. Igualmente, no podremos obviar que la represión se ha adaptado a las múltiples y dispersas manifestaciones de indignación de la década anterior.

Pero en realidad todo depende de nuestra claridad y determinación. El sistema, y no solo en clave nacional, está más que podrido, y si somos capaces de unir las luchas y elevarlas políticamente en un claro cuestionamiento de poder, veremos cómo serán ellos y sus acompañantes de la politiquería los que se muestren débiles. Y hasta ganaremos en eficacia inmediata. Porque solo desde esa determinación (revolucionaria, sí) seremos capaces de ir arrancando reivindicaciones parciales aquí y allá. Hay que salir del bucle fatal que va del ilusionismo imposible a la desmoralización y viceversa. Tras una década de aprendizajes, habrá que convencerse de que la reforma más eficaz, posible e ilusionadora consiste en desinfectar el poder de parásitos y ocuparlo de manera planificada. Antes y después. Planeando al máximo la lucha hasta conseguirlo, de forma seria y organizada, para luego planificar la organización social de nuestras vidas como única alternativa viable al desastre y desorden criminal a que nos conduce la pandemia del capitalismo.

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Efectivamente, la situación del sistema capitalista no solo rezuma podredumbre a niveles de países intermedios como el nuestro, también lo hace en las principales potencias. Otra cosa es que estas, empezando por los EEUU, hayan estado exportando sus miserias a las periferias mediante imposiciones comerciales, mediante la deuda externa, etc. Pero desde hace más de una década se les ha estrechado sobremanera el margen para echar balones fuera, y cuando todavía no se había salido de la crisis que estalló en 2007-2008 ya se estaba entrando en una segunda réplica. Si bien es verdad que esta ha sido agravada por la pandemia, han utilizado la emergencia sanitaria para tapar la gravedad de su crisis económica y rebajar así el cuestionamiento que se hacía al conjunto de una “economía de mercadeo” que no para de negarse a sí misma, echando manos de la intervención estatal exclusivamente para rescatar a inútiles plutócratas. A propósito de los cuestionamientos sistémicos, han de andar algo preocupados, cuando la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, recientemente decía que “el capitalismo […] no ha servido a nuestra economía tan bien como debería”. Eso sí, para inmediatamente, añadir que “lo que queremos hacer no es apartarnos de él, sino mejorarlo y garantizar que nos sirva”. Sin duda, andan mucho menos sobrados de argumentos si comparamos con aquella borrachera del “fin de la historia”.

La situación macroeconómica mundial está lejos de entrar en vías de estabilización conllevando, al contrario, serias consecuencias geoestratégicas: desde las guerras regionales hasta las comerciales, que se acompañan de provocadoras maniobras militares como ya hace EEUU con China. Un factor económico de desestabilización mundial de primer orden es la cada vez más desorbitada emisión de estímulos de EEUU, la impresión de dinero de la nada, que afecta a la propia moneda-divisa mundial. Estas emisiones astronómicas de estímulos -con las que ya compite la propia Unión Europea- no han buscado otra cosa que forzar la hegemonía estadounidense: los planes de inversión del presidente Joe Biden […] son clave para que Estados Unidos conserve su posición de primera potencia mundial”, declaraba la secretaria del Tesoro de Estados Unidos Janet Yellen.

Todas estas maniobras financieras tan propias de “países avanzados”, suponen en realidad la expropiación de lo producido en otros lados, no ya a través de inversiones o exportación de capital, sino por la vía monetaria, aprovechando el “privilegio desorbitado” que le da a  la Reserva Federal de los EEUU ser la institución que imprime la divisa mundial por excelencia, y que le permite “endeudarse gratuitamente a expensas de otros países” (De Gaulle, 1965). Esa emisión monetaria desproporcionada aumenta artificialmente los beneficios de los grandes emporios empresariales, especialmente los financieros.

Hay que destacar también el papel que estos estímulos monetarios —junto a las políticas imperialistas de exportación de capital y de la propia crisis al exterior— han venido jugando en el sostenimiento de una clase media y una aristocracia obrera de las potencias imperiales, a la que han brindado de una forzada capacidad de consumo y de demanda, sin que haya habido un aumento proporcional de la producción. Este fenómeno es especialmente relevante en EEUU, país que históricamente se ha preocupado de crear su propia bodyguard (guardaespaldas, en palabras del historiador Howard Zinn) interior: una amplia clase media inflada por una financiación sin igual en el mundo. Por cierto que estas capas, que históricamente han cumplido el papel de colchón social de la burguesía, están entrando en crisis y con ello generando expresiones políticas propias; expresiones que ante la ausencia de una salida progresista a la propia crisis pueden mirar fácilmente hacia el campo de la reacción.

Hace meses que se venía avisando sobre una posible subida de la inflación, cuya causa de fondo serían las mencionadas políticas monetarias expansivas de la FED y el BCE que han venido creando miles de millones de dólares y euros de la nada haciendo crecer artificialmente la demanda y posibilitando el sobreendeudamiento de Estados y empresas privadas. Pues bien, la inflación ha llegado y además con fuerza, situándose en el mes de septiembre en unas cifras que no se veían desde 2008, en el momento en que quebraba Lehman Brothers y se desataba la gran crisis financiera.

Además, esta vez la inflación previsiblemente ha llegado para quedarse, aupada además de por los límites históricos de las políticas mencionadas, por las enormes subidas en los precios de las energías y también, y de manera más coyuntural, por una serie de cuellos de botella y desajustes en las cadenas de suministro internacionales. Algunos de los desajustes más importantes son respecto a semiconductores y microchips, que están imponiendo parones en una importante rama de la producción como es la del automóvil; o también la actual crisis de los contenedores, que está generando problemas en el tráfico marítimo y traerá nuevos problemas de abastecimientos. La crisis energética parece estar llegando también a China, donde hay que sumar unas nuevas políticas medioambientales que están imponiendo límites de consumos de energía a ciertas industrias, que pueden provocar más aumentos en los precios y problemas de escasez. La inflación a nivel global está pasando a ser de costes, en lo que toca a las materias primas y a la fabricación, con lo que las actuales subidas de precios serían estructurales y menos transitorias y reversibles.

El efecto principal y más directo de todo esto es la pérdida de poder adquisitivo y de capacidad de acceso a medios de subsistencia por parte de la clase obrera y de otros sectores populares. No hay más que mirar los ridículos aumentos en el SMI aprobados por el gobierno español, comparables en cuanto a eficiencia “contra la crisis” a toda la batería de medidas tomadas durante la pandemia por el gobierno —el tan cacareado escudo social—, que contrastan con las enormes subidas en los precios de la luz, los combustibles, la vivienda o la cesta de la compra. Mientras tanto, el desempleo continúa situándose en cifras elevadísimas y actúa de facto como un elemento de presión de los salarios a la baja.

Centrándonos en la Unión Europea, la actual emisión de estímulos viene de la mano de los llamados fondos de reconstrucción. Sobre ellos hemos de resaltar algunos aspectos clave, sobre todo en lo que concierne a países que no pertenecen al núcleo duro de la UE como es el nuestro.

Por el lado que nos ocupa a ras de calle, los fondos de reconstrucción constituyen un arma contra las clases populares por la batería de recortes socio-laborales que traen aparejados. Reparemos en que el gobierno debe aprobar, como media, cada quincena una ley del paquete exigido por la Unión Europea, destacando la reforma de las pensiones, la reforma fiscal o las nuevas medidas en lo laboral. Los fondos se entregarán por partidas a plazo en función de si se cumplen dichas exigencias. Eso, mientras sigue vigente la ley de estabilidad presupuestaria que sigue imponiendo el pago de la deuda a cualquier tipo de gasto social, y mientras se han aprobado nuevas reformas en la administración (Real Decreto-ley 36/2020) para facilitar la adquisición del dinero de estos fondos por manos privadas, mientras el Estado asume los riesgos.

Pero los fondos también suponen una alfombra para la penetración de capital externo en el mercado y los nichos de negocio internos. Expresan una pugna entre el capital nacional y un    capital extranjero que pretende aumentar el control sobre la economía española. Los fondos traen consigo el que sea desde Bruselas o Berlín desde donde se decide, al menos en parte, a qué sectores y cómo va destinado ese dinero. Y es muy importante destacar esto porque es algo que se está tapando en las declaraciones de bienvenida a esas partidas europeas. Ese “maná europeo” abre oportunidades de negocio en los que quieren pescar grandes capitales extranjeros, y podemos poner ya ejemplos concretos como la adquisición por parte del fondo de inversión australiano IFM de buena parte de Naturgy.

Por último, los fondos no son gratis e implican un aumento de la deuda pública y privada — destacando aquí la de muchas empresas que quebrarán o acabarán siendo rescatadas—  a niveles difícilmente sostenibles. Este endeudamiento continuado, junto con el miedo a la propia inflación, puede llevar a una pérdida de confianza y a una crisis de deuda y una recesión muy profundas. Ya hay diversas voces que alertan sobre ello.

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Es en este escenario en el que habrá que contextuar nuestra actividad práctica y nuestras exigencias y reivindicaciones. No para autodecretarnos que no serán posibles, sino para establecer la estrategia de lucha más realista y eficaz en que podremos alcanzarlas y arrancarlas. Lo cierto es que cada vez hay menos margen para el reformismo, máxime cuando se es un país de segunda fila entre las potencias occidentales. Solo un gobierno en auténtica clave de ruptura, con todo lo que ello comporta, podría hacer política antirrecortes y enfrentar las reformas y políticas exigidas desde la UE.

La degradación socio-laboral sin una salida en clave popular hace que se alimente la división entre sectores afectados por la crisis, al tiempo que la reacción más extrema se envalentona  y se organiza. La historia demuestra cómo los propios Estados, y hoy los regímenes de contrarrevolución preventiva, echan manos de esa reacción más extrema para dividir a la clase obrera y al conjunto de sectores populares, mientras aíslan mediática y políticamente y echando mano de la represión a las personas más avanzadas en la lucha social. Todo esto afecta a una movilización que, desde luego, no podrá salir de su actual estancamiento limitándose a los cartuchos —estos sí que caducados, y con razón— de la década anterior.

Ciertamente pocas dudas cabe albergar acerca de que la movilización que se dio en la década anterior está agotada y que no podrá repetir ni la canalización electoral ni la manifestación por la manifestación. No hay que extrañarse (ni quejarse) de que al respecto haya cansancio y desidia en los sectores populares, entre otras cosas por haberse concluido que la movilización en sí misma tampoco sirve para gran cosa.

Pero a la vez, la realidad es que la movilización bien llevada, la propia lucha de clases, consigue más reivindicaciones que jugárselo todo a la mera delegación electoral, social o sindical. Y por cierto y a modo de inciso, justamente en el terreno sindical se debe tener en cuenta la propia represión laboral y ha de poner en juego mecanismos de protección del trabajador que modulan los propios métodos de lucha y la combinación de estos.

En toda movilización ha de promoverse cuanto antes la unidad intersectorial. Al principio no hace falta que sean todos los actores de una movilización quienes hagan suya otra, pero se debe promover ese trabajo de interrelación. Urge dar un salto cualitativo y no perder la perspectiva de la toma del poder incluso desde el trabajo más cotidiano. Al tiempo que trabajamos la unidad popular combativa entre sectores, ha de ir abriéndose en cada uno de ellos la defensa de un referente político de masas común, que incluya una serie de exigencias que planteen la verdadera solución a nuestros problemas, y que muestre en la práctica el camino para amplios sectores del pueblo.

Hemos tenido más de una década para aprender lo que no es posible. Y no cabe el desánimo ante la altura del reto que nos hemos de proponer. Los “de arriba” no son tan fuertes y están infectados no solo por su condición parásita sino por sus múltiples problemas. No es verdad que dominen todo lo que pasa; algo que se puede ver desde el descontrol que tienen sobre la economía real o sus disputas internas, hasta acontecimientos como los recientes en Afganistán donde el imperialismo occidental ha salido derrotado de forma humillante.

Acabemos expresando lo que para nuestra organización es lo más decisivo. Todo ese trabajo de intervención en la perspectiva revolucionaria, de cuestionamiento del poder, no se podrá realizar de forma espontánea. Es imprescindible desarrollar el plano superior revolucionario, donde es clave la comprensión de lo que hemos dado en llamar la dualidad organizativa, que implica asumir que las dinámicas militantes del movimiento popular y del propio plano superior revolucionario son complementarias pero muy diferentes. Y todo esto requiere una dedicación y un trabajo de formación política que se sale de la “mera” formación clásica, al que nos hemos de entregar.

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