Mujeres trabajadoras, al centro de la reconstrucción de la unidad de clase

Adelanto del editorial del número 33 de la revista de Red Roja Vallekas Pim Pam Pum


Otra vez elecciones. Hemos vivido casi un año en un espejismo de palabras de un supuesto gobierno de izquierda. Cada dos por tres se hacían promesas de mejora de la situación de quienes más sufrimos las consecuencias de una crisis en la que los ricos se hacen más ricos y las gentes pobres lo somos más que nunca.

En este nuevo periodo electoral se multiplicarán, otra vez, las mismas recetas siempre incumplidas: mejorar las pensiones, aumentar el gasto en sanidad, educación, servicios sociales o revertir las múltiples contrarreformas laborales.

Y nadie, absolutamente ningún partido institucional dice que, mientras tengamos la soga del Pago de la Deuda al cuello, todas esas promesas son meras quimeras. Los “hombres de negro”, los interventores del Banco Central Europeo y de la Comisión Europea, se encargarán – como ya hacen desde la reforma Constitucional del artículo135 en 2011 – de impedir que cualquier administración pública se desvíe del tope de gasto que ellos imponen. Si en el capitalismo el parlamentarismo es una herramienta de poder en manos de la burguesía, en el marco del Euro y de la UE, la soberanía popular es un timo mayor que el de “la estampita”.

Por supuesto, nadie dirá que una de las razones más importantes para convocar estas elecciones generales ha sido asegurar que se produzcan antes de que empiece la tormenta de un nuevo estallido de la crisis. Ellos saben que, gobierne quien gobierne, van a hacer lo de siempre: restringir aún más los derechos y el gasto público y, muy probablemente, regalar dinero público a los bancos “demasiado grandes para caer”.

Y en los medios de comunicación no se oirán las únicas propuestas que ponen el dedo en la llaga de las necesidades populares y sobre las que hay que articular el referente político que ya está tardando en aparecer: No Pagar la Deuda, salir del Euro y de la UE, expropiar la Banca y planificar la economía.

Antes de todo eso llegará un nuevo 8 de marzo y se multiplicarán las publicaciones de datos que constatan que, efectivamente, las mujeres trabajadoras – de aquí o de fuera – ocupamos los primeros lugares en la vergonzosa pasarela de la explotación.

Y, otra vez, intentarán vendernos “el relato” de que todo ese sufrimiento extra que padecemos nos viene incorporado con el Cromosoma X y que no depende de las relaciones sociales capitalistas  sustentadas sobre bases patriarcales. Como si una mujer trabajadora, sea cual sea el color de su piel, tuviera en común con la banquera Botín o con la reina Leticia algo más que su aparato genital que, por otra parte, comparte con otras hembras mamíferas.

Red Roja alerta de que ese discurso persigue desviar a las mujeres de sus verdaderos objetivos y contribuir, de forma semejante a como lo hacen el racismo y la xenofobia, al objetivo mayor de la burguesía: dividir a la clase obrera.

Más que nunca, la reconstrucción de la unidad de clase – de la clase obrera de aquí y de ahora, precaria, inmigrante, pensionista, desahuciada – significa forjar nuestra más preciada herramienta de lucha.

Ya lo estamos empezando a hacer con las luchas de Amazon, de las Kellys, de las pensiones, con las redes de apoyo laboral de los barrios obreros e intentando avanzar en la unidad del sindicalismo combativo. En ese camino, es crucial preparar las condiciones para que las mujeres trabajadoras podamos sacudirnos esa losa con que el poder nos aplasta especialmente. Esa losa que nos hace más difícil ocupar el lugar central de la reconstrucción de la unidad de clase y el protagonismo en la lucha que las mujeres han mostrado en todos los grandes combates de la clase obrera.