[Editorial del Nº31 del Pim Pam Pum] La Consulta Popular del 2 de diciembre: la República y la reconstrucción del hilo rojo

Editorial del PIM PAM PUM Nº31 Noviembre-Diciembre 2018

El próximo seis de diciembre se cumplen 40 años de la Constitución de 1978. De esa misma que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado enarbolaban en la punta de la porra contra un pueblo que exigía el Derecho a la Autodeterminación, contemplado en la Declaración de Derechos Humanos, pero no en la Carta Magna.

Una Constitución que blindó la monarquía heredera de Franco, la sacrosanta e indestructible propiedad privada o el sometimiento a los dictámenes de la la Unión Europea, y que dejó en menos que papel mojado el supuesto plato de lentejas de los derechos sociales con el que se estafó al pueblo en 1978.

Y ese fraude mayor se reedita cada cierto tiempo, en dosis menores, para que no decaiga la ilusa esperanza de que votando cada cuatro años las cosas pueden cambiar. Ese carácter tiene el acuerdo presupuestario entre PSOE y Podemos, migajas de progresía que apenas van a cambiar la tragedia cotidiana de las condiciones de vida de millones de personas de la clase obrera. Si bien poco “cambio” van a traer y, sobre todo, poco duradero (baste recordar qué quedó de las mejoras de Zapatero en Dependencia, Igualdad, ayuda por hijo, etc), sí que pretenden servir de señuelo y engaño masivo para anestesiar el descontento social, más peligroso en momentos de gran inestabilidad política, y sus posibles consecuencias.  

La lucha del pueblo catalán ha iluminado de pronto el cenagal institucional sobre el que está construida la “democracia española”.  Esa realidad, la evidencia de que la herencia de la Dictadura sigue intacta, es la que se pretende ocultar bajo banderas roji-gualdas colgadas en los balcones, más o menos numerosas en función de clase social representada en el barrio correspondiente. Y es que, como decía Quevedo, “la pobreza tiene cara de hereje”. El discurso cuartelario del rey, los “a por ellos” de  los vítores a la Guardia Civil,  los barcos de los “piolines” y, sobre todo, las imágenes de la represión brutal en las que – como en cada huelga o manifestación, pero ahora a la luz de los focos -  se apreciaba la saña y el odio de los guardianes de su orden y de su ley, han tenido la enorme virtud de impedir que nadie en su sano juicio y con un poco de conciencia se siga engañando.

Desde hace 40 años tenemos una tarea primaria pendiente, la Ruptura con la herencia de la Dictadura.  Y es imprescindible acometerla por dos razones mayores:

1º. La monarquía es la primera coraza con la que se protege el poder actual de quienes llevaron a cabo uno de los mayores procesos de terrorismo de Estado masivo en la época moderna contra la clase obrera y los derechos nacionales de los pueblos del Estado español. Y para derrotarles, como se ha visto en el caso del pueblo catalán y antes con el vasco, es imprescindible la lucha conjunta de la clase obrera y de las nacionalidades del Estado español. No hay atajos particulares para nadie.

2º. No se trata sólo de sustituir al rey por un presidente elegido cada cuatro años. El objetivo es que ese cambio llegue de la mano del poder organizado del pueblo, de la reconstrucción de la memoria y del hilo rojo de las luchas obreras y populares que la Transición pretendió sepultar por segunda vez. Eso es lo que significa aquí la República: el resquebrajamiento del poder de esas élites que, a punta de fusil, construyeron su patrimonio sobre la sangre derramada y el robo masivo de los vencidos. Esa criminal acumulación de capital que no ha hecho más que crecer ,amparada durante 40 años por el binomio PSOE-PP, que ha añadido a esa corte a sus nuevos ricos, parásitos de las privatizaciones.


La República y el poder de la memoria.


La Transición, además de una traición, fue una tragedia para el movimiento obrero y las izquierdas del Estado español, en definitiva, para la clase obrera. La clave de bóveda de esa maniobra fue el PCE, el que tenía influencia real en el poderoso movimiento obrero, reconstruido a lo largo de 40 años de lucha contra la Dictadura.

Nunca debemos olvidar, porque además es lo que ellos intentan con más empeño extirpar de nuestra memoria, cómo esa juventud supo levantarse sobre el terror y, paso a paso, huelga a huelga, organizar su fuerza obrera, enarbolando orgullosa, las banderas roja y republicana. Esa juventud que conoció en su infancia el miedo y el hambre más atroces con los que la Dictadura intentó aniquilar cualquier rebeldía y aplastar definitivamente la dignidad de los vencidos,

El PSOE durante esas cuatro terribles y heroicas décadas prácticamente no existía. Era poco más que una carcasa a la que en los últimos años del franquismo – desde el Congreso de Suresnes en 1974 y con Felipe González a la cabeza – se le inyectaron generosamente jugosos apoyos económicos, políticos y mediáticos de la CIA y la socialdemocracia. Ambas organizaciones , aquí y en otros lugares, actuaron de forma coordinada para conseguir objetivos comunes: asegurar el control de la movilización popular y que el poder del capital no corriera riesgos tras la muerte de Franco.

El pilar ideológico esencial de esa operación política - calificada de Transición democrática, modélica y pacífica, pero que dejó cientos de asesinatos impunes a manos de la extrema derecha y de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado (las más de las veces en oscura connivencia) – fue la amputación de la memoria histórica.

Para esa lobotomía colectiva fue necesaria la complicidad de quiénes habían defendido con coraje y coherencia el orgullo de sus héroes y la legitimidad de su lucha. Para que la amnesia fuera realmente eficaz hacía falta, precisamente, la colaboración con las clases dominantes de los dirigentes de organizaciones como el PCE o CC.OO. que representaban para las nuevas generaciones de la clase obrera,las que no vivieron la guerra pero que se sentían legítimas herederas de quienes cayeron combatiendo al fascismo, la continuidad histórica de la lucha.

La extirpación de la memoria - ocultándola, tergiversándola o denigrándola - es un instrumento clave de control social. Sin raíces, sin identidad y sin estrategia la manipulación de masas es mucho más fácil.

Ese hilo rojo, nutrido de centenares de miles de historias heroicas, rebosantes de dignidad, y que precisamente por haber sido ocultadas durante generaciones conservan intacta toda su enorme fuerza, simboliza la bandera republicana. No es un trapo tricolor por el que no merece la pena dar la vida, como decía el secretario general del PCE Santiago Carrillo, intentando lubricar la violenta imposición de la bandera de los vencedores de la guerra civil y la monarquía borbónica heredera del franquismo.

En los últimos años, cuando el descontento y la movilización han adquirido carácter masivo como resultado de las brutales políticas que han descargado sobre la clase obrera y sectores populares las consecuencias de la crisis capitalista, la verdadera naturaleza del Régimen establecido hace 40 años se ha hecho evidente para amplias capas de la opinión pública.

Y justo ahora es cuando esa supuesta izquierda hace el enésimo favor al poder eliminando de su discurso y de su programa cualquier referencia a elementos de Ruptura con el orden político dominante. Ni siquiera han esperado, como su homóloga griega y otrora admirada Syriza, a llegar al Gobierno. Aquí, “preventivamente”, piden perdón por haber tenido algún día la osadía de cuestionar la estructura de poder de la Transición.

La envergadura del trofeo conseguido por las clases dominantes en la Transición hace que comparar a Podemos con el PCE sea una caricatura.  Si no fuera porque el objetivo del poder es el mismo: conseguir de la supuesta izquierda la colaboración para sostener a las mismas clases dominantes erigidas sobre el saqueo y el crimen. Es también la misma la deriva, con costes electorales y de descrédito incluidos, de las organizaciones que se arrodillan ante las oligarquías dominantes a cambio de migajas institucionales.


La Consulta del 2 de diciembre y la construcción de Comités Republicanos

El próximo 2 de diciembre se prepara en barrios y pueblos de Madrid una Consulta Popular en la que se llama a decidir sobre Monarquía o República. En algunos sitios, los grupos organizadores se llaman Comités de Defensa de la República, CDR, como en Cataluña, o como en Cuba, donde la R es la de la Revolución.

Evidentemente la Consulta no pretende obtener una respuesta masiva que la avale como “legítima”. No estamos en esos momentos, ni es ese el objetivo. En tiempos como los actuales de reflujo en la movilización, aunque haya avances significativos en luchas obreras en empresas que representan la precarización masiva, el objetivo es avanzar en el nivel de organización popular.

La Consulta es una oportunidad, una herramienta, un camino abierto para aprovechar:

1º El descrédito y el escándalo de la monarquía borbónica y su imborrable herencia de la Dictadura.

2º Para involucrar en la tarea unitaria a gentes de diferentes ideologías, quizás actualizando a aquel inolvidable UHP (Unidos Hermanos Proletarios) de la revolución de Asturias de 1934.

3º Para romper el aislamiento de los círculos más politizados y abrir espacios reales de organización y de articulación de diferentes luchas populares.

Lo más importante es que la preparación de la Consulta, que pretende llegar a cada manzana de casas, si es posible, sea el germen, la referencia para la incorporación de personas que hasta ahora han permanecido inactivas y desconocidas entre sí. Construir esa organización no es cosa de un día, como nos han enseñado los CDR en Cataluña y la Consulta Popular del día 2 de diciembre es sólo un paso.

Por eso llamamos a cada persona que lea este periódico, a toda la buena gente antifascista y de izquierdas que quiera echar una mano a algo tan simple como poner una mesa en su barrio, en su manzana de casas y contactar a su vez con otras gentes interesadas. En este proceso organizativo, al que son bienvenidas todas las gentes de la izquierda, no se acepta la participación como tal de partidos; sólo las personas a título individual, tengan o no militancia previa. El objetivo es evitar oportunismos electorales, a los que – desgraciadamente – estamos muy acostumbrados.

Construir la fuerza del pueblo organizado, mediante la lucha – porque no hay otro camino - es  una tarea larga y dura, pero es insoslayable. Otra cosa es seguir mareando la noria electoral con ocurrentes relatos y novedosas estructuras organizativas que cada vez tienen más dificultades para ocultar que son “servidores del pasado en copa nueva”.

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