La movilización de los «Chalecos Amarillos», nueva etapa de luchas en Francia

Rémy HERRERA

(jueves 22 de noviembre de 2018)


Una movilización de masas totalmente nueva acaba de surgir en Francia estas últimas semanas: la movilización llamada de los “chalecos amarillos” por el nombre y color de la prenda de alta visibilidad (esa que todo automovilista está obligado a llevar en su vehículo y ponérsela, para su seguridad, en caso de necesidad). La llevan, en señal de adhesión, cientos de miles de franceses que manifiestan su rechazo a la decisión del Presidente Emmanuel Macron.


Una movilización nueva por su origen, su extensión y sus formas de rebelión popular. Todo empezó a pequeña escala, a finales de octubre, por una simple demanda ciudadana, sin etiqueta alguna de partido o sindicato, sin líderes ni organizaciones, difundida a través de las redes sociales. Reclamaba la anulación del aumento de la tasa sobre el carburante recientemente decidida por el Gobierno. Unos días más tarde, casi un millón de personas la habían firmado al tiempo que comenzaba un llamamiento a “bloquear el país”. El movimiento de protesta, inicialmente contra el precio de la gasolina y el peso de los impuestos, se fue extendiendo rápidamente contra la “carestía de la vida”, el “debilitamiento del poder adquisitivo”, el “boicot a las grandes superficies”, concretándose más tarde en la muy clara consigna de “¡Macron dimisión!”. El denominador común de estas protestas era, rompiendo todos los moldes, expresar un malestar generalizado, un “hasta el gorro” de la población, un rechazo de las desigualdades sociales causadas por la aplicación del proyecto neoliberal.


El paroxismo se alcanzó el sábado 17 de noviembre cuando 280 000 “chalecos amarillos” (según las estimaciones de la policía), esparcidos en más de 2000 concentraciones en el conjunto del territorio francés, bloqueaban el acceso a los grandes ejes viales neurálgicos, peajes de autopistas o entradas de supermercados. La mayoría sin experiencia, echados espontáneamente a la calle, muchos participaban por primera vez en una acción así; ni siquiera el 10% de las manifestaciones había solicitado permiso de la prefectura. En muchos pueblos de las zonas rurales era la primera vez que se producía una manifestación. El balance de la jornada se saldó con una muerte (la de una infortunada mujer “chaleco amarillo” arrollada por una conductora que perdió el control de su vehículo), cerca de 500 heridos, diez de gravedad (y 93 policías), más de 280 detenidos por “actos de violencia” (la mayoría eran conductores que habían forzado las vallas de control)…


En París, en un alboroto indescriptible – y fuera de control por parte de la policía – , un gentío, extremadamente heterogéneo y absolutamente inclasificable, congregaba a varias decenas de miles de “Chalecos amarillos”. Jóvenes parejas (algunas con sus hijos), jubilados (incluso abuelas agobiadas por la bajada de sus pensiones), empleados de oficina, obreros, artesanos, moteros, ruteros, taxistas, funcionarios, asistentes sociales, chavales de instituto, hasta jóvenes emprendedores, mujeres con velo, chicos y chicas de los barrios, rastas, gente de todo color y religión, de todas las capas populares, desfilaban en un increíble desorden por los Campos Elíseos cantando la Marsellesa, ¡París en pie, levántate! y, por supuesto, “¡Macron dimisión!”.


Numerosos pequeños grupos de « chalecos amarillos » improvisados, llegando de todos lados, muy activos, lograban abrirse paso y sortear sin violencia las líneas de policías y gendarmes, desbordados por todas partes. Se improvisaban barricadas en varios sitios de la capital con vallas de seguridad, palés de madera, bicicletas, con todo lo que encontraban por la calle. Se quemaban contenedores. Las boutiques de lujo de los barrios chics optaron por cerrar, a pesar de que no se hubiera roto ningún escaparate ni registrado robo alguno. Aquí se leía un tag : ¡A las armas! (tomado del himno nacional); allá, una pancarta: ¡Ni Macron ni fachas, Black Blocage Total! (Total es la multinacional petrolera francesa que, al parecer, aún no tiene sus deudas saldadas con el fisco);  en otra pancarta, una guillotina, sin comentarios; del otro lado se oía: “¡Esto es como Mayo del 68!”, “¡Rabia!”, “¡Esto es la guerra!”, incluso una con ¡Macron a la hoguera!”. A pesar de los cordones policiales, muchos miles de manifestantes, pacíficos, pero decididos a hacerse oír, lograron entrar en la calle que lleva al Palacio del Elíseo pero fueron repelidos por los escudos, toletes y gases lacrimógenos de las fuerzas del orden y se dispersaron en calma. Todo el mundo, “chalecos amarillos” y hasta la propia policía, estaba atónito. Jamás se había visto algo parecido.


Al día siguiente, las protestas proseguían por toda Francia, y al siguiente, lunes 19 de noviembre, los accesos a una veintena de refinerías de petróleo se vieron bloqueados. El día 20, en París, las vías del tren de la Estación del Norte eran invadidas y los trayectos hacia el aeropuerto Roissy Charles-de-Gaulle ralentizados. En casi todas las regiones francesas continuaban produciéndose igualmente bloqueos: en Toulouse, alrededores de Lyon, Burdeos, Isla de Francia, en la Vaucluse, en Normandía, en Bretaña, en el Norte, en Córcega y hasta en los departamentos de Ultramar… En la isla de La Reunión (a más de 9300 kilómetros de París), donde las desigualdades sociales son clamorosas, las manifestaciones se tornaron en motines. El ejército fue llamado en refuerzo y se proclamó el toque de queda en las comunas más agitadas. En las redes sociales, los “chalecos amarillos” ya han previsto una próxima cita para el sábado, 24 de noviembre…


Actor sin igual, con media sonrisa y lleno de desprecio, el Presidente Macron hace como que ignora este alzamiento masivo, tan inédito como heteróclito, pero motivado y determinado a proseguir la lucha. ¿Podrá hacerlo por mucho tiempo cuando los sondeos revelan que entre un 75 y 80 % de los franceses dicen apoyar a los “chalecos amarillos”? De momento, el presidente se ha limitado a advertir que va a ser “inflexible· frente al “caos”… de los reunioneses. Habitualmente tan seguro de sí mismo, el Primer Ministro Édouard Philippe se puso a la defensiva afirmando que “el gobierno no cambiará de rumbo” y “no tolerará la anarquía”. El Ministro del Interior, Christophe Castaner, por su parte, exhibe firmeza. Llamado al rescate, el Ministro de Ecología y de la Energía, François de Rugy, declara, todo serio, que la tasa sobre los carburantes debería servir para financiar la “transición ecológica” - ¿por cuántos céntimos de euro, cuando Francia no tiene una política medioambiental? La inquietud del poder es palpable.


Que la derecha y la extrema derecha estén intentando « recuperar » la movilización de los “chalecos amarillos” desprovista de líderes visibles, es evidente. Como también lo es la insidiosa insistencia de los grandes medios de comunicación en desacreditar el movimiento y echar aceite en el fuego en base a algunos (rarísimos) declaraciones xenófobas u homófobas pronunciadas durante estas acciones por algunos manifestantes (por cierto acallados inmediatamente por sus propios compañeros). A la hora de un capitalismo salvaje y de una ideología dominante que atiza los odios y enfrenta a unos y otros para intentar salvar a las élites, el pueblo que soporta y sufre también está hecho por desgracia de esas mismas contradicciones; pero es precisamente el papel de los progresistas militantes y lúcidos estar a su lado en las luchas para advertir a los y las que se desvían del camino de la solidaridad y de la fraternidad. ¡No tiene por qué estar siempre sonriente el rostro de los explotados! ¡Ni pretender que por encima del mercado los pobres que se baten por su supervivencia y dignidad sean fotogénicos!


Mucho más preocupante es el hecho de que las direcciones de los partidos y sindicatos de izquierda se mantengan a distancia – de momento así es y ya por demasiado tiempo – de esta rebelión popular. ¿Es que no comprenden que se está abriendo, con la revuelta de los “chalecos amarillos”, la segunda etapa de las luchas del pueblo francés contra la tiranía neoliberal y por la justicia social? ¿No se dan cuenta de que se trata de la continuación, con modos innovadores, combativos, vivos y a una escala extraordinariamente amplia, del mismo proceso de generalización de las movilizaciones que lanzaron esta primavera a miles de camaradas afiliados, a las huelgas y a las manifestaciones? ¿No ven que los “chalecos amarillos”, a su manera pero no sin valentía, riesgos y peligros, se decidieron a ocupar ese enorme vacío dejado, desde hace ya decenios, por la izquierda institucionalizada de la defensa de los intereses de clase de todos los trabajadores y del internacionalismo para con los pueblos del mundo? ¿No saben que es la lucha de clases la que hace la historia?


Afortunadamente las cosas pueden cambiar. Y lo que parece olvidado por las altas esferas, las bases se encargarán de recordárselo. El martes, 20 de noviembre, un primer sindicato de transportistas anunciaba su apoyo a los “chalecos amarillos”. El 21, por la tarde, las movilizaciones de los electricistas y gasistas volvían (si es que realmente hubieran cesado desde junio) con más intensidad: varias refinerías y depósitos de petróleo se declararon en huelga en Gonfreville-L’Orcheret Oudalleà cerca del Havre, Feyzin en los alrededores de Lyon, La Mède cerca de Marsella, pero también en otros sitios, sobre todo los que suministran a los aeropuertos de Blagnac [Toulouse] y SaintExupéry [Lyon]… Al mismo tiempo se supo que el “magnate de la industria”, Carlos Ghosn, director general del grupo automovilístico francés Renault y presidente del Consejo de administración de Nissan, era detenido y comparecía ante la justicia japonesa bajo acusación de fraude fiscal y desvío de fondos de la empresa con fines personales. ¿Es tan complicado de entender la revuelta de un pueblo contra este mundo?