Incendios en Portugal

Traducción de Red Roja

Fue la ganancia y solamente la ganancia lo que acabó con nuestra sierra”


Ricardo J Rodrigues


[NE: El artículo es un testimonio claro de cómo la ganancia, categoría subjetiva, emana de una base económica material e históricamente determinada: la explotación capitalista de la tierra y el aplastamiento de los pequeños productores por los intereses del capital monopolista]


En los últimos días, el tema de Monchique se ha centrado en la organización de la lucha contra el fuego y en las responsabilidades políticas correspondientes. Pero cuando se baja al sitio donde comenzó el fuego se constata que hay otra discusión previa que hacer al respecto.

 A lo largo del área quemada apenas si queda

una franja de vegetación verde junto al río,

refugio para los animales supervivientes.

© Orlando Almeida/Global Imagens


En los montes más escondidos del Algarve hay pastores, leñadores y destiladores de madroño que veían cómo la sierra de Monchique, a lo largo de los últimos 15 años, se iba destruyendo. El peor incendio, el del 2018, no fue una sorpresa para nadie.


Fue José Casimiro Duarte el que hizo sonar la alarma. Andaba apacentando el ganado cuando vio el primer foco de fuego estallar justo enfrente del lugar de las Tapias, en los terrenos que hoy forman un eucaliptal llamado Perna da Negra. Era un viernes, 3 de agosto, y el hombre volvía a casa con sus 32 cabras para el almuerzo.


Como no había cobertura para el móvil, tuvo que subir corriendo al alto del barranco para avisar a los bomberos. La llamada se recibió; a las 13:32 se activaron los medios de lucha contra un incendio que acabaría por convertirse en el peor del año en Portugal. Siete días de fuego dieron cuenta de 27 mil hectáreas de terreno en la sierra de Monchique. Casi tres Lisboas.


¿Y ahora van a decir otra vez que el eucalipto no tiene ninguna culpa de esto?” Aquí, en el lugar de inicio del fuego no hay muchas vueltas que darle. Todo lo que se ve alrededor del pastor, es un paisaje denso de árboles, y todos de la misma especie. El Eucalyptus globulus que cubre por millones todo el valle de la sierra.


Cuando el viento se levantaba yo no veía más que cortezas de árboles volando hacia adelante y en un instante esto se extendió”. La aldea donde él vive fue desalojada pero él, como venía con el rebaño, llegó tarde y ya no tuvo quien lo sacase de Foz de Carballoso. Casimiro vio el fuego llevárselo todo, ardieron más casas que las que quedaron en pie. “Y yo, pegado a las cabras a ver si nos librábamos de perecer”. Se salvaron él y sus animales. “El viento tomó otra dirección”.


Estos últimos días el tema de Monchique se giraba entorno a la organización de la lucha contra el fuego y en las responsabilidades políticas correspondientes. Pero cuando se baja al sitio donde comenzó el fuego se constata que hay otra discusión previa a hacer al respecto. La pregunta de un pastor de cabras puede ser más sabia que la discusión de todo un país. “¿Por qué se permitió plantar tanto eucalipto después de 2003?”


Un monumento a la ganancia”


Todo el que sale de Monchique y atraviesa la Nacional 266 en dirección a Odemira, no percibe la densidad del bosque situado en los valles que no se ven desde el asfalto. Junto a la carretera el eucaliptal está quemado, sí, pero parece ordenado, que hay espacio entre los árboles, que los terrenos están limpios. Cuando se baja hacia Perna da Negra sin embargo, el escenario es otro.


Al séptimo día del incendio, Domingo Patacho, ingeniero forestal y especialista en política forestal de Quercus [Associação Nacional de Conservação da Natureza], vino a Monchique para ver aquellos terrenos. Se quedó impresionado: kilómetros y kilómetros de árboles plantados con una densidad fuera de lo común y ninguna protección en cuanto a la gestión del espacio. “Aquí sólo se pensó en una cosa, una sola cosa, la ganancia. Esto es un monumento a la ganancia”.


En las cumbres, el bosque está más organizado, pero en el valle, precisamente el lugar más peligroso para el fuego, llega a haber hasta 1500 árboles por hectárea, cuando una gestión eficiente aconsejaría la mitad. “Con el tiempo caluroso, con bajos niveles de humedad y esta densidad arbórea, todas las condiciones estaban dadas para una tempestad perfecta. Y así sucedió”.


 Domingo Patacho, ingeniero forestal, especialista en política

forestal de Quercus [Associação Nacional de Conservação da Natureza]: “Aquí sólo se pensó en una cosa, una sola cosa,

la ganancia. Esto es un monumento a la ganancia”

© Orlando Almeida/Global Imagens


La mayoría de los eucaliptos está en su segunda fase de desarrollo lo que significa que fueron plantados entre finales de 2003 y principios de 2004. A solo unos meses del primer gran incendio en Monchique; eso fue como echar gasolina en la sierra.


José Raimundo, el pastor, escucha la conversación y asiente. Empieza apuntando una a una las manchas ennegrecidas. “Este terreno era del señor Joao, aquél de la señora Antonia, el otro allí de Manuel Paiva… ¿Tenían eucaliptos? En lo alto del monte, sí. Pero aquí abajo solo había alcornoque y madroño”


Un viejo noviazgo


La sierra de Monchique fue uno de los primeros lugares del país donde invirtieron las celulosas a finales de los años 60. Una buena parte del eucaliptal que hay en la sierra pertenece a las antiguas empresas Soporcel y Portucel, hoy Navigator Company. Abastece a la fábrica de Setúbal y quien circule estos días por la A2 es probable que se encuentre en la carretera con camiones cargados de madera, la que se libró del fuego.


El hecho es que el bosque más cuidado es el de la Navigator y está vigilado. “El problema muchas veces son los privados que se establecen alrededor para alimentar esta industria” dice el ambientalista de Quercus. “En el país se estima que hay un millón de hectáreas de eucaliptos, pero apenas unas 155 mil son propiedad de las celulosas”.


En las dos últimas décadas del siglo XX, la explotación se hizo dominante en Monchique al igual que en otras zonas del país. El desarrollo de simientes en laboratorio se alió con las técnicas de cultivo intensivo, lo que hizo del eucaliptal una mina de oro para la región. “Hubo mucha gente por allí arriba que convirtió sus alcornocales y sus madroñales en eucaliptales”, dice Domingos Patacho. “De todos modos había un paisaje más variado del que hay ahora. Y también más inmune al fuego”. Las 40 mil hectáreas que ardieron en 2003 dieron un nuevo aliento a la producción forestal. A finales de 2003, una sola empresa compró tres mil hectáreas de terreno para plantar eucalipto. Pero es imposible saber el número exacto de la extensión alcanzada por esta especie australiana. El alcalde de Monchique, Rui André, se queja constantemente de esto.


Aunque conozcamos a los propietarios del terreno, la ley no nos permite saber qué densidad, qué zonas son de corte y cuántas de replantación. El mercado del eucalipto funciona sin control alguno”, dice el edil del PSD. “Si hubiéramos sabido, por ejemplo, cuántas zonas habían sido taladas, hubiéramos podido llevar allá las cisternas de los bomberos e impedido avanzar a las llamas”.


La llamada ley del eucalipto libre, aprobada por la entonces ministra de Agricultura, Assunçao Cristas, en 2013, abrió las puertas a la plantación intensiva en cualquier sitio sin autorización ni aviso previo.


Y es a partir de ese cúmulo de factores como hemos llegado aquí, a un escenario como el de Perna da Negra”, dice Domingos Patacho. “Y si no se hace nada, volverá a repetirse”. El ambientalista teme que nada cambie con este incendio de Monchique. Una cosa es cierta, no habrá ás mexpansión del eucaliptal.


A pesar de que, después de los incendios de 2017, el gobierno ha prohibido colonizar nuevas áreas, está permitida la replantación intensiva en las zonas donde ya existe el eucalipto. ¡Ahora mire alrededor y vea usted lo que puede ocurrir cuando esta abrumadora densidad de eucaliptos sea sustituida por otra nueva!” La única solución pasa por arrancar de una vez una parte de los eucaliptos.


La renovación del dolor


Ya viene, ¡me voy!”, y Maria Martins Fernando tiene que tragarse las lágrimas si quiere continuar hablando. Era la última habitante del Canivete, un erial de cinco casas en el fondo de aquel valle aislado. Le ardió la casa y la mujer viene hoy a retirar lo que quedó de sus enseres. Encuentra unas sartenes carbonizadas, a lo mejor las recupera. Hay una hucha llena monedas de escudos. Una muñeca con la que solía jugar su nieta…


En la zona de Canivete, donde comenzó el fuego

en 2003 - y que ahora volvió a arder -, Maria Martins

 Fernando sobrevive como la última habitante.

© Orlando Almeida/Global Imagens


Tiene 71 años y vino para esta casa a los 7 años. Aquí se casó y crió tres hijos. Quedó viuda y siempre que sus hijos intentaban convencerla para que se fuese a vivir al pueblo, ella se resistía. “Esta es mi tierra, es mi casa. Aquí fue donde construí todo lo que soy. ¡Y ahora todo ardió!”


Las llamas entraron por el tejado, primero destruyeron la sala, después la habitación, y al final, la cocina. Hela ahí paseándose por los escombros buscando recuerdos, es como ver una cría que perdió a su madre. “Esto era mi hogar”, repite.



Fue aquí, en este fin del mundo, donde comenzó el gran incendio de 2003. Maria Fernando se acuerda bien; estaba durmiendo la siesta cuando sintió un ruido como de lluvia. “Fue por allí, por aquellos eucaliptos detrás del alcornocal”, y apunta al norte con un dedo tiznado de hollín. “A no más de 200 metros”.


Por entonces aún vivía el marido y tenían una nieta a su cuidado. A pesar de que el fuego consumió todo, se salvaron porque alrededor de la casa solo había alcornoques, árboles de combustión lenta lo que les permitió salvar la vida con una manguera.


Este año estaba fuera de casa cuando llegó el fuego. “Había ido a Monchique a ver a mi hijo y, cuando quise volver, ya no me dejaron cruzar la carretera”. Su problema, más que la casa, eran las gallinas y los conejos. “¡Pobrines! Murieron todos quemados. Eran mi compañía”. Está abatida, queda unos minutos en silencio, se recompone. “¿Sabe usted por qué ardió todo esto? Por la ganancia, solo por la ganancia. Eso fue lo que acabó con nuestra sierra”.


De repente aparece Antonio Fernando, su hijo, de 53 años, es su primogénito. La madre corre a enseñarle la hucha y él se agacha para contar las monedas, era la hucha de cuando era niño. “Fue la ganancia, después fue…”, dice con una rabia que resuena por las colinas de alrededor. “Fue el eucalipto, y yo estaba harto de decirle a mi madre que había demasiados. No quiero pensar qué hubiera sido de ella si ese día de haberse encontrado aquí ella solita”.


 A lo largo del área quemada, apenas queda una franja

de vegetación verde junto al río,

refugio para los animales sobrevivientes

© Orlando Almeida/Global Imagens



Antonio dejó la escuela a los 13 años y, desde entonces, se hizo leñador. Solo trabaja el alcornoque y el madroño, no porque sean árboles por los que sienta especial pasión, sino porque fueron los que conoce de toda la vida y los únicos que sabe trabajar. La familia tenía una hectárea en Canivete, les daba para sacar una arroba de corcho cada siete años y para hacer licor de madroño para consumo familiar. Se marchó. “En 2003 intentaron comprarme esto para plantar eucalipto, pero mi padre siempre decía que el madroño era el producto de nuestra tierra y yo fui terco. Así que nunca vendí”. Los vecinos vendieron todos.


Hasta hace 15 años, el valle de Canivete apenas contaba con un pequeño campo de eucaliptos a 200 metros de la casa de los Fernando, justo donde comenzó el fuego. Ahora está lleno de una punta a otra; los únicos árboles que rompían esta monotonía eran los que rodeaban aquella casa. Fueran alcornoques, fueran madroñales, ahora son solo troncos carbonizados, como enormes lápices que alguien hubiera clavado en el suelo.


Ya viene ¡me voy!”, anuncia Maria Martins Fernando frunciendo el ceño. Entre ella y su hijo cargan la furgoneta con lo que quedó de las llamas, entran y se despiden definitivamente. La vida que siempre conocieron se acababa aquí.


Una estrategia segura


Cuando, en septiembre de 2003 se apagaban las últimas llamas del mayor incendio jamás visto en el Algarve, un nuevo actor entró en escena. “En esa época, la ENCE, la mayor celulosa española, compró una serie de terrenos en la sierra de Monchique para plantar eucalipto. Tenían una fábrica de transformación en Huelva y aquí adquirían la materia prima”, explica Rui André, el alcalde. La mayoría de los negocios se firmaron a través de una empresa llamada IberFlorestal que aún está operativa en la región. Tiene una serie de terrenos y asegura el corte y el transporte de la madera que antes iba para la ENCE y hoy va para la Navigator. Hace unos días, en una entrevista en Público, el gerente de la empresa descartaba responsabilidades en la sobreproducción de Eucalyptus globulus. “No son los eucaliptos los que provocan los incendios”, dice Rui Oliveira, explicando que la empresa tenía sus propios medios de combatir el fuego y que tenía limpios los campos. “Al lado de nuestras plantaciones, los terrenos estaban sin limpiar”.


Hasta el sétimo día del fuego que arrasó la sierra de Monchique,

en la zona dela Pedra Negra, donde comenzó el gran

incendio de 2018, era visible el paisaje repleto de una enorme plantación de eucaliptos.

© Orlando Almeida/Global Imagens



Durante diez años, nunca nadie supo cuántas hectáreas de terreno adquirió la ENCE. La respuesta solo llegó en 2013, cuando la celulosa española decidió cancelar su unidad de producción en Andalucía y anunció en un comunicado “la decisión de vender las tres mil hectáreas que poseía en Monchique a un fondo internacional”. El Jornal de Negócios, intentó investigar por entonces la propiedad del fondo de inversión, pero no lo consiguió.


Lo que pasó fue que, después del fuego de 2003, muchas familias desistieron de vivir en la sierra y las tierras iban a quedar abandonadas. Entonces, ante la hipótesis de venta o alquiler, no lo dudaron”, dice Emílio Vidigal, presidente de la Asociación de Propietarios Forestales del Barlavento Algarvio – ASPAFLOBAL. La historia que Maria Fernando contaba en 2018 – “ahora se acabó” – es el terreno fértil para que florezcan las plantaciones de eucalipto. A medida que el interior se va abandonando, va ganando espacio la producción.

Emílio Vidigal representa a 500 productores. Dice que el 70% son pequeños propietarios, es el bosque explotado en minifundio. “El otro 30% son las empresas de celulosa y dos o tres grandes familias que tienen terrenos por aquí”. Estos fueron esencialmente los que se quedaron con los terrenos que eran de la ENCE y echaron simiente de eucalipto por la Perna da Negra, el lugar del inicio del fuego de 2018.


También hace días, y también en Público, Vidigal acusaba al gobierno de tener hace siete meses un plan de ordenación forestal pendiente de aprobar precisamente respecto a estos terrenos, y no tuvo respuesta. El Ministerio de Agricultura no respondió al periódico, pero emitió al día siguiente un comunicado diciendo que lo que había era una solicitud a fondos europeos para montar ese proyecto.


Pero ¿por qué los productores no construyeron de entrada un eucaliptal seguro? “Están mal gestionados, efectivamente, pero el estado no puede seguir no queriendo invertir en una producción que aporta riqueza al país. Y mucha a la economía local”, respondió al DN.


El sueño del madroño


Hace un año que João Rochato y Amanda Baganha se cambiaron de casa y vivnieron a Taipa, justo enfrente de la Perna da Negra. Tienen dos hijos, Theo y Aurora, los dos nacieron en casa. Son naturalistas y pensaron que podían transformar su casa en una casa auto sostenible. La luz proviene de un panel fotovoltaico, el agua del pozo; tienen también la huerta y los animales que se quemaron. El fuego les cambió la vida.


En Taipa, zona de la Pedra Negra, donde João Rochato

e Amanda Baganha viven con sus hijos

desde hace un año, vivieron escenas de horror.

© Orlando Almeida/Global Imagens



“La huerta ardió totalmente, de los animales solo se libraron los perros y el terreno que tenemos aquí detrás de la casa quedó reducido a cenizas”, dice Joao con un desconsuelo infinito. Trabaja como técnico de mantenimiento en una destilería de madroño.


“Tengo un finca de eucaliptos que ya estaba cuando vinimos. Me dieron 7500 euros por ella y yo, sí señor, los cogí. Quería plantar madroñeras pero la presión es muy grande”. Lo explica: los madereros andan detrás de él diciéndole que le proporcionan las semillas, tratan los árboles, hacen la corta y venden los troncos. No necesita hacer más que esperar sentado y cada diez años recibir su dinero. “Hay que tener mucha fuerza de voluntad para hacer otra cosa. Y más aun cuando tenemos una población envejecida o que vive lejos. ¿Qué puede hacer esta gente?”


En junio, la Navigator anunció un programa especial para los propietarios de terrenos en Monchique. Pagaba 500 euros por hectárea para replantar de forma eficiente los terrenos que no alcanzaban mayor rentabilidad. “"Estos fondos ya casi se han agotado", dice Emilio Vidigal, "pero contamos con que la próxima semana la empresa de celulosa establezca un programa de apoyos para continuar la producción".


Pasaron 15 años desde un incendio que acabó con todo y ahora viene otro que el pueblo dice que fue provocado por la ganancia. El alcalde de Monchique, Rui André, dice que esto es una oportunidad única para corregir errores del pasado. Habla de una serie de proyectos con árboles autóctonos; dice que el alcornoque y el madroño son el futuro para su concejo.


Al final de la tarde del día en que el fuego fue dominado, cuando se preparaba para llevar de nuevo las cabras al corral, José Casimiro, el pastor, levantó el cayado de despedida y lanzó a los aires toda su sabiduría. “Quiera Dios que ustedes no tengan que venir aquí otra vez dentro de diez años para contar la misma historia”. Pegó media vuelta y tiró con las cabras para casa.

 

Fuentepublicado en el DN el 12 de agosto de 2018 en https://www.dn.pt/edicao-do-dia/12-ago-2018/interior/foi-a-ganancia-e-nada-mais-que-a-ganancia-que-deu-cabo-da-nossa-serra-9709167.html?utm_term=%22Foi+a+ganancia+e+nada+mais+que+a+ganancia+que+deu+cabo+da+nossa+serra%22&utm_campaign=Editorial&utm_source=e-goi&utm_medium=email, acedido em 2018/08/21.

 

Fuente: https://pelosocialismo.blogs.sapo.pt/foi-a-ganancia-e-nada-mais-que-a-47078