Clara Zetkin sobre el movimiento obrero femenino


Extractos.

En pocas palabras le di a conocer lo que yo pensaba.

Lenin asintió con la cabeza repetidas veces, sin interrumpirme.

Cuando terminé, le miré en espera de su opinión. —Está bien —dijo—. Además, sería bueno que presentase usted un informe sobre esto en una asamblea de mujeres militantes responsables del Partido y que se discutiese la cuestión. Es lamentable, muy lamentable que la camarada Inés no se encuentre aquí.

Está enferma y ha marchado al Cáucaso. Después de la discusión, escriba usted las tesis. La comisión las examinará y el Comité Ejecutivo decidirá en definitiva.
Yo expresaré mi opinión solamente sobre algunos puntos principales, en los que coincido por completo con usted. Me parecen también importantes para nuestro trabajo cotidiano de agitación y propaganda, ya que deseamos preparar acciones eficaces y combates victoriosos.

Las tesis deben subrayar con rigor que la verdadera emancipación de la mujer sólo es posible a través del comunismo.
Es preciso esclarecer profundamente el nexo indisoluble entre la situación de la mujer como persona y miembro de la sociedad y la propiedad privada sobre los medios de producción. Así delimitaremos con toda precisión los campos entre nosotros y el movimiento burgués por la “emancipación de la mujer”. Esto sentará también las bases para examinar el problema femenino como parte del problema social, obrero, y por tanto permitirá vincularlo firmemente con la lucha proletaria de clase y con la revolución. El movimiento comunista femenino debe ser un movimiento de masas, debe ser una parte del movimiento general de masas, no sólo del movimiento de los proletarios, sino de todos los explotados y oprimidos, de todas las víctimas del capitalismo. En esto consiste la importancia del movimiento femenino para la lucha de clase del proletariado y para su misión histórica creadora: la organización de la sociedad comunista. Podemos enorgullecernos con razón de que la flor y nata de las mujeres revolucionarias militan en nuestro Partido, en la Internacional Comunista. Pero esto no tiene todavía una importancia decisiva. Debemos atraer a millones de trabajadoras en la ciudad y en el campo a la participación en nuestra lucha, y en particular a la obra de la reestructuración comunista de la sociedad. Sin las mujeres no puede existir un verdadero movimiento de masas.

De nuestra concepción ideológica se desprenden asimismo medidas de organización. ¡Nada de organizaciones especiales de mujeres comunistas! La comunista es tan militante del Partido como lo es el comunista, con las mismas obligaciones y derechos. En esto no puede haber ninguna divergencia. Sin embargo, no debemos cerrar los ojos ante los hechos.

El Partido debe contar con organismos —grupos de trabajo, comisiones, comités, secciones o como se decida denominarlas— cuya tarea especial consista en despertar a las amplias masas femeninas, vincularlas con el Partido y mantenerlas bajo la influencia de éste.

Para ello, naturalmente, es necesario que desarrollemos plenamente, una labor sistemática entre estas masas femeninas. Debemos educar a las mujeres que hayamos conseguido sacar de la pasividad, debemos reclutarlas y armarlas para la lucha proletaria de clase bajo la dirección del Partido Comunista. No solo me refiero a las proletarias que trabajan en la fábrica o se afanan en el hogar, sino también a las campesinas, a las mujeres de distintas capas de la pequeña burguesía.
Ellas también son víctimas del capitalismo y desde la guerra lo son más que nunca. Sicología apolítica, no social, atrasada, de estas masas femeninas; estrechez
del campo de su actividad, todo su modo de vida: tales son los hechos. No prestar atención a esto sería inconcebible, completamente inconcebible. Necesitamos nuestros propios organismos para trabajar entre ellas, necesitamos métodos especiales de agitación y formas especiales de organización. No se trata de una defensa burguesa de los “derechos de la mujer”, sino de los intereses prácticos de la revolución.


Le dije a Lenin que sus razonamientos constituían para mí un apoyo valioso. Muchos camaradas, muy buenos camaradas, se oponían del modo más resuelto a que el Partido crease organismos especiales para una labor metódica entre las amplias masas femeninas.

Llamaban a esto retorno a las tradiciones socialdemócratas, a la célebre “emancipación de la mujer” Trataban de demostrar que los partidos comunistas, al reconocer por principio y plenamente la igualdad de derechos de la mujer, deben desarrollar su labor entre las masas trabajadoras sin diferencias de ninguna especie. La manera de trabajar entre las mujeres debe ser la misma que entre los hombres. Todo intento de tener en cuenta en la agitación o en la organización
las circunstancias indicadas por Lenin es considerado por los defensores de la opinión opuesta como oportunismo, como traición y renuncia a los principios.

— Esto ni es nuevo ni sirve en modo alguno como prueba —replicó Lenin—. No se deje usted desorientar ¿Por qué en ninguna parte, ni siquiera en la Rusia Soviética, no militan en el Partido tantas mujeres como hombres? ¿Por qué el número de obreras organizadas en los sindicatos es tan reducido? Estos hechos obligan a reflexionar.

La negación de la necesidad de organismos especiales para nuestro trabajo entre las extensas masas femeninas es una de las manifestaciones de una posición muy de principios y muy radical de nuestros “queridos amigos” del Partido Obrero Comunista.

Según ellos, debe existir una sola forma de organización: la Unión obrera. Ya lo sé. Muchas cabezas de mentalidad revolucionaria, pero embrolladas, se remiten a los principios cuando no ven la realidad, es decir, cuando la inteligencia se niega a apreciar los hechos concretos en los que se debe parar la atención. ¿Cómo hacen frente estos mantenedores de la “pureza de principios” a las necesidades que nos impone el desarrollo histórico en nuestra política revolucionaria?
Todos estos razonamientos se vienen abajo ante una necesidad inexorable: sin millones de mujeres no podemos realizar la dictadura proletaria, sin ellas no podemos llevar a cabo la edificación comunista. Debemos encontrar el camino que nos conduzca hasta ellas, debemos estudiar mucho, probar muchos métodos para encontrarlo.

Por eso es totalmente justo que presentemos reivindicaciones en favor de la mujer. Esto no es un programa mínimo, no es un programa de reformas en el espíritu socialdemócrata, en el espíritu de la II Internacional. Esto no es el reconocimiento de que creamos en la eternidad o al menos en una existencia prolongada de la burguesía y de su Estado. Tampoco es un intento de apaciguar a las masas femeninas con reformas y desviarlas de la lucha revolucionaria. Esto nada tiene de común con las supercherías reformistas.

Nuestras reivindicaciones se desprenden prácticamente de la tremenda miseria y de las vergonzosas humillaciones que sufre la mujer, débil y desamparada bajo el régimen burgués. Con esto testimoniamos que conocemos estas necesidades, que comprendemos igualmente la opresión de la mujer, que comprendemos la situación privilegiada del hombre y odiamos —sí, odiamos— y queremos eliminar todo lo que oprime y atormenta a la obrera, a la mujer del obrero, a la campesina, a la mujer del hombre sencillo e incluso, en muchos aspectos, a la mujer de la clase acomodada.

Los derechos y las medidas sociales que exigimos de la sociedad burguesa para la mujer, son una prueba de que comprendemos la situación y los intereses de la mujer y de que bajo la dictadura proletaria las tendremos en cuenta. Naturalmente, no con adormecedoras medidas de tutela; no, naturalmente que no, sino como
revolucionarios que llaman a la mujer a trabajar en pie de igualdad por la transformación de la economía y de la superestructura ideológica.
Aseguré a Lenin que compartía su punto de vista, pero que, indudablemente, este punto de vista encontraría resistencia.

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