La urgencia de un «Gran Debate» sobre la Unión Europea

Rémy HERRERA*

(miércoles, 23 de enero de 2019)


Una muy reciente y seria encuesta de opinión1 ha revelado en qué estado de ánimo se sienten actualmente los franceses respecto a la Unión Europea. A la pregunta planteada: “¿a qué unidad geográfica tiene usted el sentimiento de pertenecer en primer lugar?”, las personas interrogadas respondieron, un 39% que a “Francia”, un 23% a “su ciudad o su pueblo”, un 18% a “su región, provincia o departamento”, un 11% al “mundo” (entero) y al final, last and least, ¡solo un 6% que “a Europa”! La representación que se habría que hacerse en el Hexágono del ideal europeo tendría que ser pues, exacta a la imagen de la situación en la que se encuentra hoy el proceso de construcción comunitaria: el marasmo total.


Lo que una mayoría de franceses sigue guardando en su cabeza es un acontecimiento fundamental: el del 29 de mayo de 2005, cuando un 54,68% de electores dijeron “no” en el referéndum organizado sobre el tratado que establecía una Constitución para Europa. Y ello, a pesar del gran despliegue de propaganda mediática pro-europea y la movilización de muchos ideólogos idólatras. En muchos lugares del territorio metropolitano, el voto negativo sobrepasó ampliamente la cota del 60%: en el norte como en el sur del país, pero también en las regiones despobladas de la “diagonal del vacío” que van del Mosa a Las Landas. En realidad, solamente se expresaron con nitidez a favor del “” los departamentos – entre los más ricos de Francia – del Bajo-Rin (limítrofes con los Landers alemanes del Baden-Wutemberg y de Renania-Palatinado), de Yvelines, de los Altos del Sena y de París ¡sin olvidar las Antillas caribeñas y la Guyana sudamericana! Sin embargo, en un renuncio de infame democracia, y particularmente violento, las élites dirigentes – el presidente Nicolas Sarkozy apoyado por las altas instancias europeas – firmaron en 2007 el Tratado de Lisboa que recogía todos los componentes del texto constitucional rechazado previamente y que después hizo ratificar la revisión de la Constitución francesa en 2008.


Este acto de traición a la voluntad del pueblo francés se cumplió simbólicamente el 4 de febrero de 2008, en el palacio de Versalles – justo donde el presidente Macron acaba de recibir hace unos días a los grandes patrones de las más poderosas multinacionales ¡para convencerles del “Choose France” y de que se implanten aquí! Es la prueba, por si fuera necesaria, de que la consolidación de la Unión europea sigue maneras que son todo menos democráticas. Es verdad que del lado francés, los “padres fundadores de Europa” no eran grandes progresistas: Jean Monet, visceralmente antiparlamentario, fue el hombre clave de las redes político-financieras anglo-americanas; Robert Schuman, político ultra-conservador y anti-laico, estaba al servicio de los magnates de la siderurgia y era un ferviente admirador de los fascistas cristianos corporativistas Dollfuß y Horthy; Maurice Lagrange, por su parte, antes de redactar el tratado que instituía la Comunidad del Carbón y del Acero en 1951, apenas diez años antes, durante el régimen de Vichy, fue uno de los notables inspiradores y fieles ejecutores de las leyes anti-judías de la “Revolución Nacional”.


El extremo rigor de las políticas antisociales continuamente aplicadas por la Unión europea es ya bastante conocido como para insistir más en ello. Los pueblos sufren su violencia desde hace cuatro décadas: desregulación y retroceso del Estado, austeridad salarial, reducción del gasto público, desmantelamiento de la protección social, flexibilización del mercado de trabajo, precariedad y paro, liberalización de las transferencias de capitales, etc. Entonces, si mediante la puesta en marcha de tales programas neoliberales, la integración europea fue pensada y realizada por sus altos responsables sin la participación de los pueblos en las distintas decisiones que les conciernen directamente, sin dar prioridad a la satisfacción de su bienestar, sin medios para hacerse oír cuando protestan contra lo inaceptable, ¿cómo calificar la vía elegida? La terminología habitualmente adoptada por la burocracia de Bruselas en ese caso, al hablar de gobiernos sordos a las demandas populares y que no respetan el veredicto de las urnas, es “autoritarios” si su régimen es de derechas, “dictatoriales” si es de izquierdas. Digamos, en consecuencia, que el modo de gobierno de la Unión europea es, desde sus orígenes… “autoritario”.


El paquete regalo europeo fue presentado al público con un hermoso envoltorio azulado, decorado con estrellas doradas y con lazos de eslóganes amables y pacifistas. Su primer objetivo sin embargo era menos claro: ofrecer a las transnacionales de los países socios un poder exorbitante sobre el suelo europeo y, de regalo, un kit jurídico destinado a sacralizar la propiedad privada y a declarar estrictamente ilegal cualquier tendencia al socialismo. Con el fin de imponer a todos los europeos la plancha de plomo de un mercado capitalista dominado por oligopolios exentos de rendir cuentas a los pueblos (o a sus parlamentos), los jefes de Estado y de gobierno de la Unión adoptaron el “Acta Única” en 1986, después de haber entonado todos a coro, un año antes, al son de la Novena Sinfonía de Beethoven, los deliciosos versos de Schiller: « Deine Zauber binden wieder / Was die Mode streng geteilt; Alle Menschen werden Brüder / Wo dein sanfter Flügel weilt »2.


La trampa se cerró inmediatamente sobre los pueblos cuando se les hizo creer ese enorme disparate de que una moneda única podía crearse sin Estado, ni siquiera que una Europa política existiese verdaderamente. Había allí un error original en esa Europa que pretende hacer converger, por la fuerza, economías extremadamente diferentes, ello sin reforzar las instituciones políticas a escala regional, ni promover una armonización social por arriba, y sin embargo deseable. Es por tanto muy lógico que esta “mala Europa”, vuelta contra sus propios pueblos, intrínsecamente antidemocrática y antisocial, que somete a su orden despiadado la jerarquía de las leyes y de los derechos nacionales, y con ella al conjunto de las políticas económicas de los países de la zona euro, se vea cada vez más abierta y masivamente rechazada.


Algunos, a ambos lados del Rin, sobre todo de sus riberas occidentales, soñaron un tiempo que el presidente Emmanuel Macron iba a ser el líder tan esperado que lograría revitalizar al fin un proyecto europeo que estaba perdiendo fuelle y contestado. ¿Qué mejor, efectivamente, que un antiguo banquero hombre de negocios para insuflar la confianza en las clases dominantes y ejecutar sus aspiraciones? ¡Pues… nanai! El bonito « cohete federal » del presidente francés despegó de la rampa de lanzamiento de la Sorbona en septiembre de 2017 pero tuvo que regresar a tierra un año después bajo los abucheos de los chalecos amarillos. ¡El pequeño Napoleón de la “startup nation française3 que quería conquistar “un Imperio”,4 según la fórmula empleada por su ministro de economía y de Finanzas, Bruno Le Maire, en una entrevista al periódico Handelsbalatt (« Europa mußein Empire werden »…Bravo,Herr Minister, was für eine großartige Idee!), ¡ni siquiera es respetado por sus mendigos!


Menos mal que la policía está aún con él (¿por cuánto tiempo?) para hacerles callar, a golpe de tolete, de granadas lacrimógenas, de chorros de agua a alta presión y de flash-balls. Resultado de la represión: más de 2000 heridos, de los que un centenar graves (mutilaciones, desfiguraciones…), 6475 detenciones, 5339 arrestados, más de un millar de condenas (desde el 17 de noviembre al 7 de enero)… ¡Esa es la Francia del reyezuelo Macron! La rabia del pueblo, legítima, no se va a calmar pues está enraizada en un rechazo radical, definitivo, de la injusticia.


Decir que Emmanuel Macron ha decepcionado a las élites alemanas es un eufemismo. Solo tal vez la presidenta federal, Ángela Merkel y su ministro de Economía, Peter Altmaier, dieron pruebas de magnanimidad – falta hacía para esperar salvar lo que puede salvarse del proyecto europeo. Los otros tuvieron menos lástima y atacaron a ese que se cree monarca. Se oyó al presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, reprochar al presidente francés sus desviaciones presupuestarias y sus (pretendidas) larguezas consentidas a los chalecos amarillos (¿cuáles exactamente? pues nada o casi nada se ha concedido a los protestatarios). Se ha podido leer en un editorial de Der Spiegel que el Estado social francés, supuestamente demasiado generoso, debía atenerse a razón y reducir el salario mínimo, las pensiones de jubilación y las prestaciones al desempleo; en las columnas del Bild, que no es posible “trabajar menos y cobrar más”; o en las del Die Welt, que Francia se ha convertido en “un factor de riesgo”. ¿Habrá que vender islas para desendeudarse?

Es en este contexto singular en el que se acaba de firmar el Tratado de Aix-la-Chapelle – como para hacernos ver que la integración europea, traumatizada por el impacto del Brexit y arrastrada por inquietantes fuerzas centrífugas (italianas, polacas, húngaras,…) continuaba avanzando. La amplitud de miras de Emmanuel Macron no contempla el eventual salvamento de la idea europea más que a través de la sumisión cada vez más completa de Francia a Alemania. ¡Repugnante! Decir aquí la verdad que todos los capitalistas saben no tiene nada de ofensivo ni para Alemania ni para los alemanes: la Unión europea neoliberal es en principio y sobre todo un espacio de ejercicio de la hegemonía de los oligopolios alemanes (Konzern) que, para asegurar los intereses de las clases dominantes nacionales, defienden ese nuevo deutschemark que es el euro. Es por otra parte por esta razón – y del hecho de un atlantismo congénito – por lo que Gran Bretaña siempre ha elegido estar fuera de la zona euro y ha reactivado últimamente, a pesar de las muy vivas tensiones internas, el mecanismo de su soberanía nacional. Y es por esta misma causa que el conjunto de los pueblos europeos, incluido el alemán, están condenados al purgatorio neoliberal.


El 21 de enero de 1793, los franceses decapitaron a un rey y a una reina en la Plaza de la Revolución en París. Después de diez semanas de movilización de los chalecos amarillos, el presidente Macron declaró ante 150 big bosses de la feliz mundialización capitalista: “Si ellos [Luis XVI y María Antonieta] conocieron tal final fue porque se negaron a reformar”. Y añadió que “Francia está en la vía de las reformas”. Por reformas, tradúzcase: “destrucciones”: las del Estado y las de las políticas públicas, las de las prestaciones al desempleo, las de las pensiones, y en el fondo, la de Francia. Esto comenzó cuando Macron, por entonces ministro de Economía del presidente Hollande, autorizó la venta de sectores enteros de la industria doméstica, del polo de energía de Alstom a Alcatel, de Technip o STX a transnacionales extranjeras, y de manera privilegiada a las estadounidenses.


Y como los alemanes comprenden muy bien que Macron no es el « reformador » que pretende ser, que probablemente no va a calmar la calle ni será capaz de llevar a cabo las inflexibilidades hexagonales, que no va a lograr “normalizar” este país turbulento ni hacerlo entrar dócilmente en varas, ¡lo utilizan como botones para llevarles las maletas a la ONU! ¡El afable organizador de las comidas de gala para el PDG [Programa de Dirección general] hará en adelante lobbing por cuenta de Berlín en los pasillos del Consejo de Seguridad! ¡Cuando un lacayo parisino que se cree un dios elíseo, que sueña en grandezas para las que no tiene medios, los cordones de la bolsa quedan atados por Frankfort y las guarniciones militares plantan sus cuarteles generales en una pequeña ciudad aburrida, gris, fría y lluviosa de la Bélgica valona; exactamente en Mons, a 60 kilómetros de Bruselas, y… sede de la OTAN. La cortesía del Bundestag hizo añadir al Tratado de Aix-la-Chapelle un preámbulo recordando a quien lo hubiera olvidado, quién es el verdadero jefe: Washington. ¿Qué pudor mantuvo esta asamblea de no señalar también a los europeos el número exacto de bases militares estadounidenses presentes aún hoy en el territorio alemán? Donald Trump no fulmina la idea de un “verdadero ejército europeo”; ¡simplemente se ríe!



En Francia, a la izquierda del tablero político, la mayoría de los responsables de las organizaciones partisanas y sindicales, piensan que habrá un camino para construir “otra Europa”, la “Europa buena”. Los progresistas sin embargo tendrán un día que estar de acuerdo en reconocer que tal esperanza es vana en el marco actual del tratado sobre la Unión europea que prohíbe, por ley, cualquier modificación de sus reglas, ni la más mínima, mientras no sea previamente aceptada por unanimidad y después ratificada en cada uno de los 28 estados miembros. Lo que quiere decir que los diktats neoliberales europeos ni se pueden suavizar, ni están para ser discutidos, mucho menos contestados, sino para ser cumplidos. Sus medidas de austeridad generalizada y de romper sistemáticamente los servicios públicos, hoy aplicadas para intentar salvar el capitalismo en crisis y redinamizar el crecimiento, son, no solo destructoras, son absurdas. Constituyen el más seguro medio de agravar más esta crisis y precipitar más deprisa el sistema hacia el abismo. Todo ello favoreciendo políticamente la subida de las extremas derechas, demagógicas, racistas, cómplices del orden establecido (porque son pro-capitalistas).


La zona euro, tal como ella es y funciona, es una cárcel para los pueblos que abarca. Los carceleros replican a los que revelan esta triste realidad que es mil veces mejor comer y vivir caliente en un calabozo que morir de hambre y frío afuera. Y la verdad es que el argumento cala. Muchos líderes de la izquierda francesa, a la cabeza de los partidos progresistas y de sindicatos de trabajadores, sucumben a la manipulación abandonando, con sus posiciones de clase, el terreno de la lucha ideológica. No es de un “Gran Debate” hipócritamente animado por un régimen macronista en caída lo que se necesita, sino superar los miedos para romper el silencio a propósito del euro y de la Unión europea. Es por otra parte lo que evidentemente aun le falta por desgracia a las reivindicaciones de los chalecos amarillos; incluso si aquí y allí aparecen pancartas que denuncian la traición del referéndum de 2005 y llaman a un Frexit.


No se trata aquí de imponer con autoridad “verdades” mal aseguradas, pues el hecho es que nadie, absolutamente nadie, sabe exactamente cuáles serían las consecuencias de una salida del euro y/o de la Unión europea. Pero lo que es cierto es que es preferible vivir libres que encadenados. Lo que saben los franceses es que les han quitado el control de su moneda y de su presupuesto, confiscados por una élite tecnocrática bruselense que, con el meñique en la costura del pantalón, aplica literalmente las órdenes recibidas de responsables alemanes ellos mismos obedientes desde hace 74 años – a pesar de las veleidades de autonomía tímidamente formuladas por una canciller ya en despedida – a dirigentes estadounidenses situados a las órdenes de oligarcas de una finanza en guerra contra los trabajadores del Norte y los pueblos del Sur. Esa es, con toda crudeza, la verdadera pirámide de los poderes.


Hoy en día, el deterioro de las condiciones de vida impuesto al mundo del trabajo, la represión de las luchas contra las innumerables injusticias que asolan nuestras sociedades, la criminalización de las actividades sindicales – pero también la desprotección del medio ambiente –, las regresiones sociales son tales que ya no es posible obviar la discusión sobre los verdaderos problemas. La Unión europea y el euro lo son, y llega la hora para la izquierda de decirnos si tenemos que quedar ahí o no. A pesar de la apariencias, lo más duro no será examinar a fondo los riegos eventuales de pérdida de poder adquisitivo y de inflación, de los déficits presupuestario y exterior, de financiamiento de déficits y salidas de capitales, de las cargas fiscales y de la deuda… Pues antes incluso de que las fuerzas de izquierda lo tengan claro sobre estas delicadas cuestiones, vendrá el día en que Alemania, cansada de tanta indisciplina y mediocridad a su alrededor, decida unilateralmente – como de costumbre – un Grexit… ¡o un Gexit! O excluir a Grecia (o a algún otro de los “PIGS” (“puercos” como tan amablemente los califica la ortodoxia neoliberal europeísta)… o bien dar el portazo porque no tolera más que a fieles y firmes vasallos (Austria, Benelux…).


Lo más difícil será preguntarse si los pueblos europeos están condenados por toda la eternidad a arrodillarse ante el imperialismo de la OTAN y a aceptar la barbarie del sistema capitalista. Y a tolerar por más tiempo los mazazos del « there is no alternative » que los dirigentes europeos, discípulos de la baronesa M. Thatcher, asestan sobre nuestras cabezas desde hace ya cuatro decenios. Sin embargo sería acunar falas ilusiones creer en la posibilidad de un nuevo “compromiso kenesiano”. El precedente, sellado después de la Segunda Guerra mundial, no fue concedido por los capitalistas sino arrancado por las luchas populares, múltiples y convergentes. Hoy, la alta finanza dominando todos los poderes en Europa (incluidos los derivados del pueblo mediante las elecciones) no está dispuesta a ninguna concesión. El keinesianismo – que por cierto se puede desear – no tiene ni realidad ni porvenir. En adelante son los grandes poderes de las finanzas quienes rigen los destinos de los pueblos, dictan su ley a los estados, dominan la toma de decisiones para fijar las tasas de interés, crean moneda o incluso, cuando sea necesario, nacionalizan.


No están ni mucho menos equivocados estos hombres de la derecha como François Asselineau o Florian Philippot, cuando quieren centrar el “Gran Debate” en la cuestión del euro por la razón fundamental de que el proyecto europeo no es reformable desde dentro, por la lógica que lo activa, y debe ser deconstruido, pero se equivocan imaginando que la vía de salida de la crisis es capitalista. Y es justamente ahí donde está toda la dificultad de la construcción de las alternativas para los pueblos. Desde aquella tarde del 9 de noviembre de 1989, un fantasma no cesa de perseguir a las élites europeas: el del fracaso. Pronto hará 30 años; 30 años que los líderes de las organizaciones progresistas de Europa están enterrados bajo los escombros del muro; 30 largos años hace que no pronuncian ya la palabra “socialismo”, que evitan pensar en un futuro colectivo post-capitalista mediante la transición socialista. ¿Pero…habría otro camino para responder a las esperanzas populares?


¿Quisiéramos de nuevo la nomenclatura, el gulag, el terror? ¿Es eso ser comunista? Seamos serios y fieles a los ideales y a los combates de aquellas y aquellos, heroicos, tan numerosos, que cayeron antaño por un mundo mejor, de emancipación social y de liberación nacional. Y si muchos dirigentes de izquierda tienen dificultad en encontrar en sí el coraje de afirmar el urgente imperativo de volver a construir programas consecuentes, coherentes, creíbles, ofensivos de alternativas sociales, democráticas y humanistas, ayudémosles a volver a contemplar, sin tabús ni complejos, nuevas perspectivas sociales, elementales, puestas al servicio de los pueblos: nacionalización del sistema bancario y de los sectores estratégicos de la economía, redefinición del papel político de los Bancos centrales, restablecimiento del control de los cambios en los productos financieros, anulaciones parciales de deudas públicas, redistribución avanzada de las riquezas, reconstrucción de los servicios públicos de calidad, ampliación de la participación popular o, por qué no, una nueva regionalización europea progresista y respetuosa con el Sur.




Traducción de Red Roja

*Rémy Herrera es investigador en el Centre national de la Recherche scientifique (Centre d’Économie de la Sorbonne).


1 Barómetro de confianza política de OpinionWay para el Cevipof (encuesta del 10 de enero de 2019). Ver : https:// www.lefigaro.fr/infographie/WEB_201903_CL_cevipof_europe/html/WEB_201903_CL_cevipof_europe.html.

2« Tus hechizos reúnen / Lo que la costumbre severa dividió;/ Todos los hombres serán hermanos,/ Donde se despliegue tu suave ala».

3 Ver: https://www.latribune.fr/opinions/editos/quand-macron-parle-a-la-startup-nation-793714.html.

4Cf. : https://www.handelsblatt.com/politik/international/europapolitik-frankreichs-finanzminister-macht-druck-auf-berlin-europa-muss-ein-empire-werden/23600498.html?ticket=ST-2101564-t9Y3L0hJxle5XT93aHhb-ap6.

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