¿Pero dónde están los líderes de la izquierda francesa en las luchas actuales?

Rémy HERRERA

(Viernes, 28 de diciembre de 2018)


Muchos chalecos amarillos lo dicen y lo repiten: ni tienen líderes ni los quieren. Este espontaneísmo tiene sus virtudes y sus encantos, es verdad, pero igualmente tiene sus límites e ilusiones portadoras de los más terribles peligros. La historia contemporánea lo ha demostrado en varias ocasiones, desde la Revolución espartaquista alemana, a los recientes levantamientos de la “Primavera árabe”. Si pretende desembocar en avances sociales concretos, todo levantamiento popular tiene necesidad – además de la energía, de la determinación y del coraje del pueblo – de una cierta unidad, de una organización partisana, de un programa político. Ahora bien, lo menos que se puede decir es que, en la Francia de hoy, con una rebelión generalizada, la fragmentación de las fuerzas progresistas es extrema, determinada por querellas entre jefes a menudo más personales que políticas. A lo trágico de la división de la izquierda francesa, división que la debilita a toda ella, hay que añadir la paradoja de que se produce en el preciso momento en que se está construyendo una unanimidad popular para rechazar no solo las políticas neoliberales, sino también al mismísimo presidente Macron.



El mejor situado hoy por hoy en la batalla interna de la izquierda es sin duda, el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon. Efectivamente, él llevó a cabo la verdadera hazaña de lograr reunir bajo su nombre cerca del 20% de los sufragios emitidos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de abril de 2017 – es decir, cuatro puntos y pico menos que el candidato finalmente autorizado para alojarse en el Palacio del Elíseo. El Partido comunista, a pesar de sus pertinaces disensiones, tomó la decisión de unirse a su bandera. Sólo le faltaron para ganar las elecciones, ironías del destino, los votos de sus “viejos amigos”: los de los socialistas por un lado (Benoît Hamon que obtuvo un 6%)… y los de los trotskistas (Nathalie Arthaud [de Lutte ouvrière] y Philippe Poutou[del Nouveau Parti anticapitaliste] con un 1 y un 0,6 % de los votos respectivamente).


Consumado este fracaso electoral, y dolorosamente digerido, J.-L. Mélenchon no dejó pasar la ocasión que se le presentaba con el resurgimiento de la movilización de los chalecos amarillos. Es verdad que él necesitaba rehacerse una popularidad, muy seriamente manchada por una serie de asuntos judiciales (relativos a sus cuentas de campañas sobre todo, y de lo que los medios dominantes se regodearon), pero también por una revuelta que alcanzó a la dirección de su propio movimiento y provocó la dimisión de varios de sus lugartenientes. En consecuencia, y después de algunas dudas, colgó de las redes sociales, a partir del mes de noviembre, su apoyo a los chalecos amarillos y su intención de acompañarlos en sus desfiles – aunque según sus palabras, discretamente.


El papel político de Jean-Luc Mélenchon ha sido, a lo largo de estos últimos años, eminentemente positivo para el conjunto de la izquierda francesa. Incluso más allá. Sus reconocidas dotes de tribuno han sabido reunir a la gente, volverlas a motivar, ponerlas en movimiento, devolverles la esperanza, insuflarles de nuevo la idea de que un cambio progresista para el país era no solo necesario sino, sobre todo, posible. Con razón, y mejor que ningún otro u otra, formuló, sistematizó, radicalizó las críticas contra “el sistema”. Tuvo el mérito de volver a hablar, por fin, de internacionalismo, y muy especialmente en relación con la América latina en lucha. En estos tiempos singularmente difíciles, es una suerte para la izquierda francesa que un hombre político como él haya estado ahí.



Algunos sin embargo no olvidan que Jean-Luc Mélenchon fue, durante más de 32 años, miembro (¡como consejero general, senador, ministro!) de un Partido socialista que ha traicionado absolutamente todo lo que podía traicionarse de las expectativas del pueblo de izquierdas y que, por añadidura, encadenó al país a una Unión Europea ultraliberal, atlantista, antidemocrática, destructora de las conquistas sociales y de la soberanía nacional. El exacerbado anticomunismo de algunos de sus próximos recuerda que él militó un tiempo en la Organización comunista internacional, grupo trotskista de choque que hizo aportaciones muy señaladas a Francia como, por ejemplo, un Lionel Jospin, primer ministro socialista que privatizó tanto o más de lo que la derecha había privatizado antes de él, o un Jean-Christophe Cambadélis, antiguo brazo derecho de “llorado” Dominique Strauss-Kahn. Como a él mismo le gusta repetir, el modelo J.-L. Mélenchon sigue siendo siempre François Mitterrand, antiguo presidente de la República (condecorado en su juventud con la Francisque por el mariscal Pétain) de quien se recuerda que fue el que introdujo el neoliberalismo en Francia, al igual que la tal Margaret Thatcher o un tal Ronald Reagan. Este sucio trabajo fue llevado a cabo a partir de 1983 bajo el cuidado de un Primer ministro, Laurent Fabius, es decir, el “socialista” que siendo ministro de Asuntos exteriores treinta años más tarde quiso partir en guerra contra Siria. Y fue el “camarada Fabius” a quien Mélenchon optó por apoyar como candidato del PS a las elecciones presidenciales de 2007… Se comprende bien que hay muy poco riesgo de volver a ver al líder de la Francia insumisa en la iniciativa de una eventual ruptura anticapitalista. Él que en 1992 llamaba a votar “sí” al Tratado de Maastrich porque creía ver en él “un inicio de una Europa de los ciudadanos”. Uno se puede equivocar en la vida, pero no casi toda la vida.


Heredero de una larga historia hecha de resistencias antifascistas y anticolonialistas heroicas, el Partido comunista francés conserva aun bases militantes significativas y gobierna, lo mejor que puede, varios municipios de perfiles sociológicos populares y problemáticos. Pero la desaparición de su dirección actual, declaradamente reformista y con una estrategia demasiado pegada al electoralismo, ha llevado al PCF al seguidismo más obtuso y aburrido que sustituye la lucha de clases por la “lucha de sillones”. Antiguamente “a la vanguardia del proletariado”, el PCF se encuentra hoy, bajo el control de unos dirigentes sin convicciones, a remolque de los socialdemócratas, ellos también completamente desnortados, la mayoría de ellos ridículos neoliberales. La gran cantidad de minúsculos partidos (aun auténticamente) comunistas que gravitan alrededor del PCF – y contra su dirección – sigue desgarrada entre los “a favor” y los “en contra” de los chalecos amarillos. Que es lo mismo que decir que sus diversos posicionamientos respecto a las movilizaciones en curso, pasan dramáticamente desapercibidas.


Los líderes de los partidos trotskistas – curiosamente numerosos en Francia – por su parte, están pertrechados en rivalidades y sectarismos que rozan lo ridículo, los dividen profundamente y los alejan cada vez más de la perspectiva de cualquier responsabilidad política, incluso a nivel local. Respecto a su ausencia de posicionamientos internacionalistas, No comment. ¿Y los ecologistas? Arrastrados por fervorosos neoliberales, burdamente maquillados (tal que Nicolas Hulot que fue ministro de Emmanuel Macron hasta septiembre de 2018, o el inefable Daniel Cohn-Bendit…), aun no han entendido que la causa fundamental de las devastaciones medioambientales está en el sistema capitalista en sí. Aun necesitarán más tiempo. Y finalmente, los líderes de los movimientos anarquistas que permanecen atrapados en las contradicciones entre un activismo útil (durante los movimientos de ocupaciones de la primavera pasada, en particular) y un programa de acción extraordinariamente confuso, por no decir... contraproducente.


Las bases de estas variadas fuerzas progresistas están pues, por así decir, abandonadas a sí mismas. E invitadas por sus liderazgos respectivos a mantener entre ellas todos los recelos. Los odios. Es realmente del todo absurdo y suicida. Esta triste situación es si cabe más terrible cuando sectores enteros de la población francesa empobrecida, ya no están hoy representados por ninguna de estas organizaciones de izquierda. Entre otros sectores están: los “nuevos pobres”, como se les llama ahora, enormemente numerosos, golpeados por el paro y la precariedad; los pequeños agricultores familiares acribillados a deudas, aislados, desesperados; los jóvenes de los barrios periféricos, ‘guetizados’, desocupados, abandonados por todos (excepto por la policía, los traficantes de drogas y los millonarios salafistas…) - aunque estos jóvenes sean probablemente el baluarte más fuerte contra el racismo en el país, y así se levantaron durante los disturbios de 2005-2007; familias procedentes de la inmigración, arrojadas a los márgenes de la sociedad; los sin domicilio fijo; los sin techo ni derecho, nuestros “intocables”, deshumanizados, errantes espectros con el semblante deformado por la miseria que se ven por doquier, pero a los que ya no se mira… Y tantos y tantos otros… ¿Un lumpen proletariado? Más bien millones de franceses cuya existencia ha sido sacrificada en el altar del capitalismo moderno. ¿Cómo es posible que los responsables de nuestros partidos progresistas hayan renunciado a luchar también por todos ellos? ¿Qué ha ocurrido en nuestras filas para haber abdicado hasta este punto?


Ante este lamentable espectáculo ofrecido por esta izquierda-nebulosa fragmentada, la burguesía francesa lo tiene a huevo. Al menos por el momento. La derecha es verdad que ha implosionado. Su componente que diríamos “centrista” – en el caso, el Partido socialista –, ha vendido su alma desde hace ya más de tres décadas (y la presidencia de François Mitterrand) convirtiéndose a los dogmas del neoliberalismo y alineándose en posición de combate detrás de los ejércitos de la OTAN, como hemos visto. En cuanto al otro componente de la derecha, que llamaríamos “tradicional” – representado actualmente por Los Republicanos – liquidó (con la presidencia de N. Sarcozy) sus viejos ideales intervencionistas y nacionalistas para echarse cuerpo a tierra a los pies de la alta finanza globalizada y del hegemonismo guerrerista estadounidense. De la decadencia inevitable de estos dos componentes desnaturalizados – la falsa izquierda” que era el PS del presidente François Hollande y la “nueva derecha” sarkozista, con visiones del mundo y programas intercambiables, surgió lógicamente su síntesis: la “ficción Macron”. Es decir, el ideal de renovación imposible de la burguesía. ¿Se verá esta última obligada a soltar contra el pueblo francés en revuelta, en un momento dado como ha sabido hacerlo miles de veces en el siglo XX, el perro guardián del capitalismo que siempre ha sido para ella la extrema derecha? Ese bulldog al que el poder burgués alimenta de xenofobia, de animadversión y que lleva sujeto firmemente con correa.


El cuadro sombrío de la izquierda francesa que aquí se dibuja seguro que se ganará muchas amistades, emoticonos y ‘Me gusta’. Sin ninguna duda. Apuesto a que por desgracia será compartido por muchos chalecos amarillos así como por toda la cohorte desamparada de camaradas que, de asco o por agotamiento, han dejado de militar para fundirse en la invisibilidad de ese 50% de franceses que prefieren abstenerse de votar en las elecciones. Este estado de la cuestión no está destinado a ofender a nadie, mucho menos a desmoralizar; sólo recuerda la exigencia de una superación de las divisiones y la necesidad de la unión de los progresistas al servicio de un pueblo que lucha y muestra el camino: pretende comprender la rabia que hoy palpita en ese pueblo, los motivos de su rechazo de los mismos partidos de izquierda. Por supuesto que las razones profundas de la rebelión francesa no se reducen, lejos de ello, únicamente a las insuficiencias de las fuerzas progresistas por muy patentes que sean. Es un cambio completo de sistema lo que se reclaman. Sin embargo, en la izquierda, raros son los y las que lo declaran abiertamente: es una salida del capitalismo destructor lo que se impone.


No es de extrañar que en estas condiciones los chalecos amarillos – y con ellos amplios sectores de las bases sindicales – luchen solos. Y muy a menudo por desgracia, contra “los políticos”. Tampoco hay que sorprenderse – pues que las fuerzas de izquierda no han planteado ni un mínimo programa de salida del capitalismo (¡ni siquiera del euro!) – de que las reivindicaciones de los chalecos amarillos sean heteróclitas y se dirijan en todos los sentidos: revisar a la baja todas las tasas, pero restablecer el impuesto sobre las fortunas; bajar las cargas patronales y aumentar la ayuda financiera del Estado a las empresas, pero desarrollar el Estado social; revalorizar la pensiones, pero uniformar los diferentes sistemas de jubilación (¡tal y como lo quiere el Gobierno!); suprimir el Senado (¡como si estuviera [solamente] ahí el problema!), pero contabilizar los votos en blanco en las elecciones; crear asambleas de ciudadanos y decidir las leyes por democracia directa, pero permitir el referéndum de iniciativa ciudadana; aumentar los salarios, pero ¿también los de los cuadros superiores y de los directivos?; aumentar los gastos sociales, pero reducir la asistencia; dotarse de una auténtica política de protección del medioambiente, pero abandonar el impuesto al carbono; disminuir los precios del gas y la electricidad, pero ¿sin nacionalizar los sectores energéticos?; suprimir los intereses bancarios, ¿y dejar intacto el poder dictatorial de las finanzas?; recobrar la soberanía nacional ¿permaneciendo en la Unión Europea? Y así… Es este hermoso desorden del que se burlan los “expertos” de la burguesía y se divierten señalando sus demasiado flagrantes contradicciones. Lo importante está en otra parte: parece que se ha alcanzado un punto de no retorno; la inteligencia popular salió de la mazmorra donde estaba encadenada, un pueblo con chalecos amarillos se ha puesto en pie. Un discurso rescatado, democrático, ¡oh cuán saludable!, invade los televisores, exige que se modifiquen las reglas del juego… En fin...



En 1789, la dispersión igualmente manifiesta de las demandas formuladas en los "Cuadernos de reclamaciones" por los campesinos y los sans-culottes que produjeron la Revolución Francesa, no contribuyó en absoluto a frenar la inevitabilidad de ésta. Porque - ¿es incongruente? - en esta cólera que está aumentando y extendiéndose por todas partes en Francia, aquí y allá se termina hablando de... revolución. En las rotondas, en los piquetes de huelguistas, en las redes sociales..., es exactamente de revolución de lo que se habla. Estamos muy lejos de ella, sin duda. Sin un líder grande y sincero, sin un partido organizado, sin un programa consistente y sin una teoría, la gran noche de la revolución ciertamente no es para mañana. "Y al mismo tiempo" (según la fórmula preferida por Emmanuel Macron), los tabloides de la moda se maravillan ante el gusto de "la primera dama", Brigitte, cuyos vestidos de Louis Vuitton, peinados de moda y las generosas recepciones en el Elíseo, son "la alegría de todos "... Uno se diría en la época de la reina María Antonieta que, al ver a la población parisina en masa frente al palacio de Versalles gritando que no había más pan, lanzó: "¡si no tienen pan, que coman bollos!”.







Traducción de Red Roja