El “lobby” israelí en Estados Unidos: un documental prohibido

Una investigación realizada por la cadena qatarí Al Jazeera desvela los métodos de los grupos de presión estadounidenses favorables a Israel. Pero Qatar, preocupado por no distanciarse de estas organizaciones en su contencioso con Arabia Saudí, ha paralizado la emisión del reportaje.

por Alain Gresh, septiembre de 2018

En la pantalla, parece un perfecto gentleman. Pese a su apariencia de estudiante, Anthony Kleinfeld, un joven británico judío de bien en todos los sentidos, egresado de la prestigiosa Universidad de Oxford, que habla seis idiomas –entre ellos neerlandés y yidis– y que se orienta sin dificultades por los entresijos de los conflictos en Oriente Próximo, podría encontrar con facilidad un puesto en las oficinas de algún ministerio de Asuntos Exteriores occidental o de algún think tank prestigioso. Por ahora tiene otros cometidos: involucrarse en las organizaciones favorables a Israel. Ha sido contratado por The Israel Project (TIP), que se ocupa de cuidar la imagen de Israel en los medios de comunicación. Recibido con los brazos abiertos por sus competencias, frecuenta durante cinco meses a la flor y nata de los responsables de asociaciones comprometidas con la defensa incondicional de Israel y, sobre todo, del poderoso lobby proisraelí en Estados Unidos, el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC) (1). Se codea con ellos en cócteles, congresos, convenciones, sesiones de formación para activistas, relacionándose con unos y con otros. Cordial, cálido y eficaz, se gana la confianza de sus interlocutores, que hablan con él sin tapujos, dejando en el vestuario la palabrería y los “elementos lingüísticos” convenidos. Y sus confidencias son explosivas.

¿Cómo se influencia al Congreso? “Los miembros del Congreso no hacen nada si no se les presiona, y la única forma de hacerlo es con el dinero”. ¿Cómo se combate contra los activistas por los derechos de los palestinos en los campus universitarios? “Con los antiisraelíes, lo más eficaz es realizar investigaciones sobre ellos, las cuelgas en Internet en un sitio web anónimo y las difundes mediante anuncios dirigidos en Facebook”. Con una gran candidez, ya que creen que se están desahogando con un amigo, los interlocutores de Kleinfeld admiten que se libran a operaciones de espionaje de ciudadanos estadounidenses, con la ayuda del Ministerio de Asuntos Estratégicos de Israel. Creado en 2006, este último depende directamente del primer ministro Benjamín Netanyahu. Una de sus responsables confía a Kleinfeld: “Somos un Gobierno que trabaja en un territorio extranjero y debemos ser muy, muy prudentes”. En efecto, ya que algunas de sus acciones podrían ser sancionables por los tribunales estadounidenses.

Al final del periodo de formación de “Tony”, Eric Gallagher, su jefe en TIP, se mostró tan satisfecho de sus servicios que le propuso contratarlo. “Me encantaría que trabajaras para mí. Necesito a alguien con espíritu de equipo, que trabaje duro, que sea apasionado, curioso, que tenga una buena formación, que hable bien y que haya leído mucho. Tú tienes todo eso”. Pero su pupilo declinó la oferta. Ya que, como se habrá adivinado, no es en absoluto aquel que pretende ser, pese a que sus títulos y sus competencias no son discutibles: es un infiltrado, enviado por la cadena Al Jazeera, propiedad del emirato de Qatar, para realizar un documental sobre el lobby proisraelí. Grabó con una cámara oculta una parte de las confidencias que recopiló y reunió, con otros miembros de un equipo dirigido por Phil Rees –de la célula de investigación de la cadena–, todos los ingredientes de una investigación espectacular. Su retransmisión era tan esperada que, ya en 2017, un reportaje de Al Jazeera sobre el lobby proisraelí en el Reino Unido (2) había sacado a la luz las injerencias de Israel en las cuestiones internas de un país extranjero, así como sus intentos por hacer caer a un ministro considerado como propalestino –lo que llevó a que el embajador israelí en Londres se disculpara públicamente y al regreso precipitado a Tel Aviv de un diplomático de alto rango–.

Así pues, se podía esperar todo un acontecimiento mediático, con sus desmentidos ultrajados y sus violentas polémicas. Pero no: la difusión, programada para comienzos de 2018, se aplazó sine die, sin explicaciones oficiales. Acabamos sabiendo, por artículos en la prensa judía estadounidense (3), que el documental no se retransmitiría, lo que confirmaba Clayton Swisher, director de la célula de investigación de la cadena, en un artículo en el que lamentaba esta decisión y anunciaba que se tomaría un periodo sabático (4). La investigación fue sacrificada en la batalla sin cuartel que se libran Qatar, por una parte, y Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, por la otra, para ganarse los favores de Washington en el conflicto que los enfrenta desde junio de 2017 (5). ¿Y qué mejor manera de ganar que atrayendo los favores del poderoso lobby proisraelí, cuya influencia sobre la política estadounidense en Oriente Próximo es conocida?

Así pues, para hacer que la balanza se inclinara a su favor, Qatar hizo “aplazar” la difusión prevista, obteniendo a cambio la ayuda inesperada de una parte del ala derecha de un lobby ya muy a la derecha en su conjunto. Morton Klein, el presidente de la Organización Sionista Estadounidense (Zionist Organization of America, ZOA), allegado de Stephen Bannon –exasesor del presidente Donald Trump–, incluso viajó hasta Doha y se alegró de haber enterrado el documental. Que tales grupos, que hace poco acusaban a Qatar de financiar a Hamás y el terrorismo, hayan aceptado cambiar de rumbo a cambio de la retención de la investigación dice mucho sobre el carácter embarazoso de las revelaciones que contiene.

Esta condena al olvido de un trabajo de más de un año de duración provocó revuelo en la cadena. Algunos deseaban que estas revelaciones no se hundieran en las arenas movedizas de los compromisos geopolíticos. Por ello pudimos ver, gracias a un amigo residente en el Golfo, los cuatro episodios del documental, de cincuenta minutos cada uno, en su versión casi definitiva.

Lo que llama la atención al visionarlos es la febrilidad que embarga al lobby desde hace unos años, debida a un miedo sordo a perder su influencia. ¿Cómo explicarlo, a pesar de que el respaldo a Israel es masivo en Estados Unidos y de que los representantes electos de los dos partidos, republicano y demócrata, proporcionan un apoyo inquebrantable a cualquier aventura de Israel? ¿No ha llevado la elección de Trump a que Washington abandone cualquier veleidad de jugar a los intermediarios en el conflicto árabe-israelí y a alinearse sin falsos pretextos con el Gobierno más a la derecha de la historia de Israel? Probablemente; pero, en este panorama aparentemente favorable, un espectro persigue al lobby: el del movimiento BDS –por “Boicot, Desinversión, Sanciones”–.

Este movimiento, creado en 2005, se propone aplicar en Israel los métodos no violentos que ya dieron resultados contra la Sudáfrica del apartheid, y ha experimentado un auge en los campus estadounidenses. Pero, ¿cabe realmente alarmarse, se pregunta David Brog, director ejecutivo de Cristianos Unidos por Israel (CUFI) y de la Maccabee Task Force, uno de los grupos que luchan contra el BDS? “Israel es la start-up nation. Está recibiendo más inversiones extranjeras que en cualquier otro momento de su historia. Así que, ¿por qué no calmarse, darse cuenta de que el BDS no vale nada e ignorarlo?”. Y repite: “No creo que el BDS haya tenido nunca como objetivo que las universidades retiren sus inversiones de Israel. Si nos centramos en el dinero, podemos sentirnos satisfechos; pero si tomamos conciencia de los esfuerzos realizados para establecer una división entre nosotros, que queremos a Israel, y la nueva generación, creo que debemos preocuparnos. Entre los jóvenes nacidos después del año 2000 y los estudiantes, nuestra situación es mala. Llegamos hasta el punto de que la mayoría es más favorable a los palestinos que a los israelíes”. Por su parte, Jacob Baime, director ejecutivo de Israel on Campus Coalition, un grupo de organizaciones que emplea a más de un centenar de personas para luchar contra el BDS en las universidades, se inquieta: “Lo único que todos los miembros del Congreso, todos los presidentes, todos los embajadores tienen en común es el hecho de haber pasado algún tiempo en los campus, y es en ese periodo en el que se formaron”. ¿Seguirán siendo mañana “amigos de Israel”?

Un elemento adicional alarma al lobby. El apoyo a Israel siempre ha trascendido las divisiones entre demócratas y republicanos. ¿Acaso no fue Barack Obama quien, unos meses antes de que finalizara su mandato, consiguió la aprobación de una ayuda incondicional de 38.000 millones de dólares a Israel en dos años, a pesar de sus detestables relaciones con Netanyahu? Sin embargo, el panorama político se va transformando, y la incondicional adhesión del (6) a Trump reduce su base, que se limita cada vez más al Partido Republicano y a la derecha evangélica. David Hazony, exdirector de The Tower Magazine e influyente miembro de TIP, lo reconoce en el documental: “El boicot inmediato a Israel no es un problema. El mayor problema es el Partido Demócrata, los partidarios de Bernie Sanders, todos esos antiisraelíes que llevan al Partido Demócrata. Pronto, ser proisraelí dejará de ser un consenso en ambos partidos y, cada vez que cambie la presidencia, podría cambiar la política con respecto a Israel. Es peligroso para Israel. Es eso lo que está en juego en la batalla de los campus”. Lo que confirma John Mearsheimer, coautor de un célebre libro (7) sobre el lobby, cuyos comentarios marcan el documental. Constata que, actualmente, el respaldo a Israel crece en el Partido Republicano mientras que disminuye en el Partido Demócrata: “Existe una diferencia sustancial entre ambos partidos”.

¿Cómo luchar contra esta evolución? ¿Iniciando un debate político? Difícil, ya que, desde el fracaso de los Acuerdos de Oslo de 1993, Israel está dirigido por partidos de extrema derecha que rechazan cualquier solución diplomática. No se puede discutir sobre el destino de los palestinos, sobre el futuro de las colonias o sobre el drama de Gaza. Y la adhesión del lobby a Netanyahu y a Trump es poco propicia para suscitar el entusiasmo de los estudiantes estadounidenses. El periodista Max Blumenthal señala que es esta táctica del rechazo a la discusión la que despliega el lobby frente al documental de Al Jazeera: asimilar el periodismo de investigación al “espionaje”; desacreditar la cadena reduciéndola a su propietario, Qatar; afirmar que el tema es “el lobby judío” y no el apoyo a Israel (Twitter, 15 de febrero de 2018). Y evitar así cualquier diálogo sobre el fondo de las revelaciones y sobre la política israelí.

Noah Pollak, director ejecutivo del Comité de Emergencia para Israel (Emergency Committee for Israel, ECI), sintetiza la línea adoptada frente a las críticas: “Para desacreditar el mensaje, hay que desacreditar al mensajero. Cuando se evoca el BDS, hay que decir que es un grupo que aboga por el odio, por la violencia contra los civiles. Es decir, que apoya el terrorismo”. Y, por supuesto, que es antisemita. ¿La organización Voces Judías por la Paz (Jewish Voices for Peace, JVP)? Prefiere llamarla “Voces judías por Hamás”… Pero sigue siendo optimista, puesto que, como le explica a “Tony”, la mayoría de los estadounidenses sigue estando a favor de Israel, mientras que en el Reino Unido “hay puro odio. Habéis dejado que la mitad de esos pakistaníes de m… se instalen en vuestro país”.

Para “desacreditar al mensajero”, hay que recopilar información variada, que va desde su vida privada hasta sus actividades profesionales, pasando por sus convicciones políticas. El lobby proisraelí ha instaurado en estos últimos años una red de espionaje. “Nuestras operaciones de investigación –se enorgullece Baime–, disponen de tecnología punta. Cuando llegué, hace unos años, nuestro presupuesto era de unos miles de dólares; hoy en día es de 1,5 millones, quizás 2. Ni siquiera lo sé; es enorme”. Pero sus amigos y él insisten en seguir siendo “invisibles”: “Lo hacemos de forma segura y anónima; es la clave”.

Entre los grupos más temidos por los activistas a favor de los derechos de los palestinos figura Canary Mission (8), cuya financiación, miembros y funcionamiento permanecen en secreto. Un periodista cercano al lobby explica su papel: “Aquellos que lo odian, aquellos que se encuentran en su punto de mira, hablan de ‘lista negra’. Tienes nombres, estudiantes y profesores universitarios, organizaciones con vínculos con el terrorismo, con vínculos directos, o con terroristas que llaman a la destrucción del Estado judío”. El sitio web de la propia organización resume así su objetivo: “Asegúrese de que los radicales de hoy no se convertirán en sus empleados mañana”. Destacado en la biografía de cada víctima en la picota, este eslogan: “Si es racista, el mundo debe saberlo”.

Kleinfeld consiguió llegar hasta su fundador y financiero, Adam Milstein, presidente del Consejo Israelí Estadounidense (Israeli-American Council, IAC), condenado a una pena de prisión por fraude fiscal en 2009, lo que no le impidió continuar con sus actividades desde el interior de su celda. Expone al joven su filosofía: “En primer lugar, investigar sobre ellos [los activistas favorables a Palestina]. ¿Cuál es su proyecto? Atacar a los judíos porque es fácil, porque es algo popular. Tenemos que desenmascararlos mostrando lo que son: racistas, gente hostil a la democracia. Tenemos que ponerlos a la defensiva”. Y añade: “No solo son antisemitas, también son enemigos de las libertades, del cristianismo y de la democracia”.

Varios estudiantes dan su testimonio sobre los riesgos que corren. Summer Awad, que participó en la campaña por los derechos de los palestinos en Knoxville, Tennessee, cuenta cómo la acosaron por Twitter, cómo “ellos” colgaron información en Internet sobre ella de hacía más de diez años: “Buscan y siguen buscando. Alguien contactó con mi empleador y le pidió que me despidiera, amenazándolo con denunciarlo como antisemita si no obedecía”. Estos métodos de delación pueden significar el final de la carrera profesional o, para un estudiante, complicar la búsqueda de empleo al finalizar sus estudios. Así pues, algunos de los acusados enviaron “mensajes de arrepentimiento” que se publican en una sección especial del sitio web de Canary Mission (9) a cambio de la retirada de su nombre de la lista negra: “confesiones” presentadas como anónimas en las cuales explican que “se equivocaron” y que se asemejan a aquellas arrancadas a los sospechosos de simpatías comunistas durante el macartismo en Estados Unidos en los años 1950 o en los regímenes autoritarios actuales. “Es una guerra psicológica. Están aterrados –se alegra Baime–. O se callan o se dedican a investigar [sobre las acusaciones en su contra] en lugar de atacar a Israel. Resulta muy eficaz”. No obstante, otro interlocutor de “Tony” lamenta que “difamar a alguien tratándolo de antisemita ya no tiene el mismo impacto”.

Estas cruzadas, basadas en la recopilación de datos personales de ciudadanos estadounidenses, no serían posibles sin los medios proporcionados por el Ministerio de Asuntos Estratégicos de Israel. Vaknin-Gil, su directora general, lo reconoce durante una conferencia en el IAC: “En cuanto a la recopilación de datos, el análisis de la información, el trabajo sobre las organizaciones activistas, proporcionar dinero es únicamente lo mejor que puede hacer un país con los recursos de los que dispone”. Y añade: “El hecho de que el Gobierno israelí haya decidido ser un actor clave significa mucho, porque podemos proporcionar competencias que no poseen las organizaciones no gubernamentales implicadas en este asunto. Somos el único actor de la red proisraelí que puede subsanar las lagunas. (…) Contamos con presupuesto y podemos poner sobre la mesa cosas muy diferentes”. A continuación, sus declaraciones adquieren un cariz amenazador: “Todos aquellos que tienen algo que ver con el BDS deberían pensárselo dos veces: ¿debo elegir este bando o mejor el otro?”.

En este trabajo de recopilación de información, Vaknin-Gil admite: “Tenemos a la FDD y a otros que trabajan [para nosotros]”. La Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD) es un think tank neoconservador que estos últimos años ha desempeñado un importante papel en el acercamiento entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel. El pasado verano participó en la campaña contra Qatar y contra Al Jazeera, acusada de ser un instrumento de desestabilización regional. Ahora bien, según la ley estadounidense, las organizaciones o los individuos que trabajen para un Gobierno extranjero deben registrarse como tal en el Departamento de Justicia. ¿Osaría este último llevar a los tribunales a la FDD, que no ha seguido este procedimiento?

Como precisa Ali Abunimah, coordinador del sitio web The Electronic Intifada, “si tuviera una grabación de un alto responsable ruso o iraní, o incluso canadiense, reconociendo que su país lleva a cabo operaciones clandestinas de espionaje de ciudadanos estadounidenses y utiliza para ello la tapadera de una organización estadounidense, ¡sería una bomba!”. Esta cooperación no se limita a la FDD y numerosos interlocutores de Kleinfeld, como Baime, lo admiten bajo el amparo de la confidencia, incluso aunque añaden que el asunto es “sensible” y que más vale no extenderse.

El documental contiene otras revelaciones. La forma en la que el TIP (10) se “hace cargo” de los periodistas estadounidenses en Jerusalén, guiados, pero también alimentados con temas ya preparados que no tienen más que difundir en Estados Unidos; la financiación de vacaciones de lujo para miembros del Congreso en Israel, eludiendo la ley estadounidense; las presiones ejercidas sobre los medios de comunicación y las agencias de prensa para que modifiquen sus notas de prensa o sus artículos…

Aunque actualmente parece que todo le sonríe a Israel, sus partidarios estadounidenses, a pesar de todos sus medios, están nerviosos. Les parece que el futuro se oscurece, incluyendo en los medios más susceptibles de apoyarlos. Vaknin-Gil lo admite: “Hemos perdido a la generación de los judíos nacidos después del año 2000. Sus padres vienen a explicarme las dificultades que experimentan con sus hijos durante las comidas de sabbat. [Los más jóvenes] no reconocen el Estado de Israel y no nos ven como una entidad admirable”.

(1) Véase Serge Halimi, “Le poids du lobby pro-israélien aux États-Unis”, Le Monde diplomatique, París, agosto de 1989.

(3) Cf. por ejemplo Richard Silverstein, “Israel lobby pressures Qatar to kill Al Jazeera documentary”, Tikun Olam, 8 de febrero de 2018, www.richardsilverstein

(4) Clayton Swisher, “We made a documentary exposing the ‘Israel lobby’. Why hasn’t it run?”, The Forward, Nueva York, 8 de marzo de 2018.

(5) Véase Akram Belkaïd, “Qatar no cede”, Le Monde diplomatique en español, marzo de 2018.

(6) lobby

(7) John Mearsheimer y Stephen M. Walt, Le Lobby pro-israélien et la politique étrangère américaine, La Découverte, París, 2009.

(8) The Forward, siendo la mayoría de sus lectores judíos estadounidenses, publicó una investigación sobre Canary Mission y sobre la utilización por parte de las autoridades israelíes de esta información para interrogar a los ciudadanos estadounidenses “sospechosos” –incluso judíos– que llegan a Israel. Josh Nathan-Kazis, “Canary Mission’s threat grows, from the US campus to Israel’s borders”, The Forward, 3 de agosto de 2018.

(10) Véase “Propagande et désinformation à l’israélienne” I y II, Nouvelles d’Orient, Les blogs du Diplo, 13 y 26 de enero de 2010.

Alain Gresh

Director del sitio web de información OrientXXI.info.