¿Marcha Internacional de mujeres o artera instrumentalización del feminismo?

Por Tita Barahona


Probablemente a estas alturas muchas personas observadoras se habrán percatado de que la denominada Marcha Internacional de Mujeres (Women’s Global March), de la que recientemente se ha celebrado la segunda edición anual, es un apéndice del Partido Demócrata de los EE.UU. y por ende de los intereses reales que representa. En lo que sigue se ofrecen algunos datos que corroboran esta impresión, con una pizca de historia (que siempre ofrece mayor perspectiva), y se propone una reflexión sobre las implicaciones que ello tiene para los movimientos de emancipación, especialmente el feminista.

El Partido Demócrata es una de las dos cabezas del único cuerpo que controla todos los aparatos del Estado norteamericano en beneficio de la clase capitalista. Para mantener la ficción de que sus políticas y valores son diferentes a las del Partido Republicano, los demócratas se presentaban antes como el partido de la “clase media”, es decir, las familias trabajadoras en pos del “sueño americano”. Desde los años 80, cuando los intelectuales ultraliberales dijeron que ya no había que hablar de clases, que había que pregonar que estas habían desaparecido y ya no creaban identidad, el Partido Demócrata dirigió de forma más firme sus reclamos electorales a otras identidades: las de género, raza, religión, orientación sexual, etc. Hicieron una fuerte labor de cooptación de grupos  de mujeres, asociaciones por los derechos civiles, inmigrantes…, lo que consiguieron en buena medida inyectándoles financiación a través de una red de fundaciones. Paralelamente patrocinaron el ascenso social de una minoría de mujeres, afro-americanos e hispanos, a los que colocaron en el propio partido, el congreso y el senado. La clase trabajadora, mientras, era desahuciada. Bill Clinton y señora se encargaron de recortar el ya de por sí raquítico estado del bienestar, de expandir a niveles sin precedentes el encarcelamiento masivo, de firmar tratados de libre comercio como el NAFTA y de dar rienda suelta a Wall Street.

El descontento que produjo la guerra de Irak, bajo el mandato de George W. Bush, fue aprovechado por el Partido Demócrata para jugar la baza de la identidad de raza, que reforzaba el tradicional apoyo de la comunidad afro-americana al Partido Demócrata, con un programa atrayente para más sectores sociales, que prometía entre otras cosas parar la guerra y cerrar la prisión ilegal de Guantánamo. Así fue cómo, en la tierra del Ku-Klux-Klan y las leyes Jim Crow, por primera vez un negro (además, de nombre musulmán), Barak Hussein Obama, alcanzaba la presidencia de la nación. Juraba su cargo con la mano sobre la biblia de Martin Luther King, al que sometieron a un proceso de blanqueado y esterilizado para despojarlo de sus adherencias anti-capitalistas. La población negra no cabía de gozo. La “comunidad internacional” y sus medios le dieron al atractivo Obama la bendición Urbi et Orbi y el premio Nobel de la Paz antes de que emprendiera siete guerras. Aquella inicial emulsión de esperanza de la población trabajadora negra acabó en cenizas, pues no han visto ventaja alguna en tener a un “hermano” presidente, como tampoco la habrían visto la mayoría de las mujeres de haber tenido una “hermana” presidenta. Y, con ella (I’m with her, decían sus incondicionales) se cambió a la baza del género. Hillary Clinton se presentaba como feminista por el hecho de competir con un hombre (tanto en las primarias demócratas como en las presidenciales), y porque el pseudofeminismo liberal-posmoderno que se promovió en las universidades había decretado que ser mujer en la alta política ya te gradúa de feminista. Y aun parece que la mezcla de género y raza se postula para las próximas presidenciales en la figura de una multimillonaria, reina del show-business, llamada Oprah Winfrey, que se ha uncido al carro del feminismo rosa liberal-demócrata en su discurso de la entrega de los premios Globos de Oro.  

La derrota de Hillary ante un baboso que alardeó de agarrar a las mujeres por el pussy (gatito), fue devastadora para las bases y el aparato del Partido Demócrata. En seguida, surgiendo de lugares aparentemente no conectados con el partido, un grupo de mujeres empresarias y directoras ejecutivas de diversas instituciones y ONG’s pusieron manos a la obra para organizar una gran movilización de protesta para el día siguiente en que Trump jurara el cargo. No lo tuvieron difícil. Desde los propios inicios, la campaña tuvo recursos, entre ellos el apoyo de la plataforma Move on, ligada a la Open Society Foundation, y una amplia cobertura mediática. Prácticamente todos los medios controlados por las seis grandes corporaciones que dominan las ondas, se hacían lenguas de la proyectada Marcha de Mujeres sobre Washington. En realidad, no se convocaba sólo a mujeres, sino a la “gente de todos los géneros, edades, razas, culturas, afiliaciones políticas, discapacidades y antecedentes (sic)”, con el fin de “afirmar nuestra común humanidad y pronunciar nuestro valiente mensaje de resistencia y autodeterminación”.

“Resistencia” era ya el lema del Partido Demócrata en su nuevo papel de oposición. Por supuesto, como se saben el ombligo del mundo, quisieron que la convocatoria tuviese réplicas a nivel global. Para la pátina feminista que debía tener el evento, ligaron oportunistamente su lucha con las que en meses previos habían protagonizado las mujeres en Argentina, India, Polonia, Irlanda, contra la violencia machista y los recortes de los derechos reproductivos. Y, para garantizarse la simpatía mundial, los grandes medios ya habían denigrado lo suficiente a Trump (no digo inmerecidamente sino interesadamente). Elaboraron una tabla reivindicativa que contenía una ensalada de muy variados elementos: tiraron de las justas demandas de los grupos de oposición que están hoy más activos en EEUU: contra el encarcelamiento masivo y la brutalidad policial, los que luchan por la extensión de los derechos reproductivos y la sanidad pública, por el aumento del salario mínimo, por los derechos de los inmigrantes sin papeles, contra la contaminación del agua…, casi siempre con la coletilla  “para todas las mujeres, incluidas negras, indígenas, pobres, musulmanas, lesbianas, discapacitadas, queer y trans”. Todo resumido en la demanda de “una economía que funcione con transparencia, responsabilidad, seguridad y equidad” (lo que quiera que eso sea). Curiosamente, ninguna mención a la política exterior norteamericana.

Bajo el lema “Los derechos de las mujeres son derechos humanos”, el 21 de enero de 2017 se llenaron las calles de Washington, otras ciudades de EEUU y más allá de una marea colorista, en la que destacaban los gorros de lana rosa con orejas de gato (en alusión al pussy), que hoy son ya merchandising. Las manifestaciones fueron, en efecto, multitudinarias. A diferencia de otras, sin policía acosando y con la presencia de señeros políticos y políticas demócratas, que tuvieron que aguantar algún abucheo; no así las celebrities de Hollywood y la industria del atontamiento -ya se sabe, feministas de toda la vida-, cuyos discursos fueron vitoreadas por la multitud mientras los periodistas rosas (Vogue, Vanity Fair…) sacaban fotos. Más vergonzoso fue ver a una Angela Davis, otrora referente del feminismo negro revolucionario, vendida al Partido Demócrata para servir de reclamo a los sectores izquierdistas (cuando se cae desde muy alto se llega muy bajo).

Al día siguiente, los medios calificaban el evento como la mayor manifestación en la historia de EEUU. Entusiasmadas por el éxito, en febrero ya estaban las promotoras pergeñando la organización de una International Women’s Strike (Huelga Internacional de Mujeres), para celebrar el 8 de Marzo. En septiembre, la revista Time las incluía en la lista de las personas más influyentes de 2017.

Ha pasado un año desde entonces. En todo este tiempo, el nuevo programa político del Partido Demócrata se resume en una frase: no somos Trump; y su estrategia en una somera etiqueta-hashtag: Resistance. Su práctica en el día a día, sin embargo, ha sido la de votar con los republicanos el aumento del gasto militar, los ataques a Siria, el espionaje masivo, el fin de la neutralidad en Internet, la eliminación de controles a los grandes bancos, la privatización de la enseñanza, el alza del precio de los medicamentos... Hoy se venden como los defensores de los inmigrantes sin papeles, cuando las deportaciones masivas comenzaron en la era de Obama. La resistance es en realidad assistance. Pero, de puertas afuera, la resistance prosigue, y este año hemos sido debidamente informados tanto de los preparativos como del desarrollo de la Segunda Marcha Global de Mujeres, celebrada entre el 20 y 21 de enero. El mismo programa-revoltijo que esta vez incluye a los dreamers (inmigrantes que llegaron siendo niños y están en riesgo de deportación). Pero la marcha ha tenido menos afluencia y seguimiento internacional, ya que algunos grupos han retirado su adhesión al darse cuenta de la manipulación. Esta ya se presenta sin caretas. Este año el lema ha sido Power to the Polls (poder a las urnas), una auténtica campaña de registro de votantes para el Partido Demócrata, aunque esto último, claro, no se dice abiertamente. Las llamadas mid-term (elecciones a mediados de mandato para renovar el congreso y parte del senado) están cerca. Las mismas celebrities en las tribunas, esta vez pidiendo a las mujeres que se “empoderen” presentándose como candidatas. La misma sobre-exposición mediática, que no se presta cuando son trabajadoras y trabajadores quienes organizan huelgas y manifestaciones; porque, en definitiva, las Marchas no ponen en absoluto en peligro al Estado y los empresarios al ser un tipo de disidencia totalmente controlada por los aparatos de esas mismas clases.

Hoy hasta la elite mundial capitalista se ha vuelto feminista. Lo hemos visto en la cumbre económica de Davos. Poniendo en la presidencia del foro a cuatro señoras privilegiadas cuya misión es arruinar la vida a la mayoría de mujeres y hombres del mundo, se nos intenta convencer de que eso es feminismo. Es una de las maneras de succionar toda la savia revolucionaria de este movimiento histórico para convertirlo en un trending-topic, una empresa capitalista o un guiñapo.

En el movimiento feminista siempre hubo una corriente que tuvo claro que el destino social de nuestro sexo va ligado a la evolución general de la sociedad, cuya principal fuerza motriz es el trabajo y la vida económica. La emancipación social de todas las mujeres -no de unas pocas- está, por tanto, íntimamente ligada a la emancipación social del trabajo, lo cual sólo es posible con la lucha de la clase explotada, a la que pertenecemos. El feminismo es patrimonio de todas las mujeres que dedicaron y dedican su vida a este objetivo, no de las señoras de la clase dominante o aspirantes a ella que se aprovechan del trabajo de otras y de las luchas de otras para su beneficio personal o político. Hoy, sin embargo, cuatro décadas de neoliberalismo han convertido a las corrientes liberal-posmodernas, con sus políticas de la identidad, en hegemónicas dentro del feminismo llamémosle institucional. Han tenido todos los medios para ello. El feminismo revolucionario y, para el caso, cualquier movimiento de liberación, cualquier organización que verdaderamente luche por superar la explotación y la opresión construyendo el socialismo, debe reflexionar hasta dónde quiere ser cooptado, manipulado e instrumentalizado; hasta qué punto va a consentir que nuestras justas reivindicaciones sirvan para sazonar platos que no son nuestros.

(Canarias semanal)


La pupila insomne