Madriz revolution… stand by?

Alfonso “Alfon” Fernández Ortega

Soberanía, Felipe VI, derecho de autodeterminación, fractura social, Régimen del 78, guerra económica, huelga general, diálogo, partidos constitucionalistas, plurinacionalidad, desobediencia, movilización permanente, presos políticos… Catalunya.

El tablero político en el que se disputan intereses y antagonismos de clase vive una agudización del omnipresente conflicto interclasista que mueve y desarrolla las sociedades y su historia. La terminología empleada da cuenta de esa agudización de las contracciones entre las partes enfrentadas.

Parece ser que, en Madrid, el choque nos ha cogido con el pie cambiado y quienes hasta ahora se definían como revolucionarios, ciegos ante lo que el lenguaje nos revela, faltos de una práctica revolucionaria coherente, han adoptado una postura reaccionaria frente al movimiento rupturista de Cataluña. Al menos así ha sido en más casos de los que nos gustaría reconocer. Esperamos que terminen por aclarar si esta reacción se debe a un internacionalismo equidistante, lo cual sería injusto y erróneo pues no se pueden asumir todos los conflictos nacionales con un único y mecanicista análisis en el que no se tienen en cuenta el desarrollo histórico o el contexto social de tal o cual nación así como otras condiciones subjetivas específicas, o si sencillamente nos hallamos ante los hijos bastardos de aquel matrimonio de conveniencia entre la Dirección de Partido y la bandera bicolor. Querrán convencernos de que lo que sucede en Cataluña es un conflicto nacional en el que la cuestión social se encuentra supeditada a la cuestión nacional para, más tarde, recordarnos aquello de que todo movimiento nacional, toda lucha nacional, tiene a las élites de cada nación, a su burguesía, como actor principal en la confrontación. Élites que, enfrentadas por el control del mercado, apelan al orgullo patrio para que “los de abajo” salgan en defensa de los pretendidos “intereses comunes” de la nación.

Sin duda les tendremos que reconocer que vienen de casa con los manuales de la cuestión nacional bien aprendidos.

Pero, para empezar, vuelven a tropezar con la piedra del dualismo entre factores que se empeña en supeditar una cuestión a otra sin tener en cuenta que tanto lo social como lo nacional forman parte de un todo en las relaciones sociales que se desarrolla en medio de la actividad praxeológica y de la interrelación constante. Lo único que consiguen con esa dualidad, es marcarse su propio corte para decidir cuándo pasar o cuándo no pasar a la acción dependiendo de la consideración idealista de si tal o cual movimiento popular es más o menos social, más o menos nacional.

Dudoso el revolucionario aquel que desde un punto de partida idealista decide no participar en el movimiento popular para imprimirle un carácter revolucionario, y se arriesga a entregarle a la burguesía el liderazgo de ese movimiento sin ni siquiera tener en cuenta la iniciativa y la energía revolucionaria que en él vuelcan el pueblo sencillo. Dudoso el revolucionario que ante la acción de las masas se sienta a esperar que las contradicciones objetivas materiales todo lo determinen… Además, querer aplicar ese análisis general y “ortodoxo” de los conflictos nacionales a la cuestión catalana es simplificar ésta hasta el absurdo y demostrarse como un completo desconocedor de la realidad catalana.

Resulta cuanto menos paradójico que mientras que gran parte de las elites catalanas con su burguesía financiera –la más poderosa– a la cabeza han comprendido que la reivindicación independentista encierra un discurso mucho más amplio, que tiene que ver con la lectura política que una mayoría social catalana ha hecho de la crisis que estalló hace una década, un importante espectro de la izquierda española carga contra el independentismo catalán ¡acusándole de ir a la zaga de su burguesía!

Cabría recordarles a quienes desde Madrid expresan acaloradamente su adhesión o no adhesión al independentismo, que el derecho de autodeterminación se ideó como fórmula política para debilitar y soslayar el enfrentamiento entre naciones de forma democrática y, de hecho, se llegó a la conclusión de que para evitar el estancamiento del conflicto habría de ser el pueblo de la nación que quiera autodeterminarse el único con capacidad para decidir y expresarse a través del voto. Una capacidad que está al margen del consentimiento o las preferencias de quienes no forman parte de ese pueblo soberano, esto es, de quienes no conocen o no son parte de su realidad, de su comunidad material y espiritual, y ni qué decir tiene que esa capacidad de decisión está muy por encima de poderes e instituciones constituidas por y para minorías privilegiadas.

¿Y por qué recordarlo? Primero, porque la verdad sólo se revela tras la práctica, y el día uno de octubre las urnas catalanas se impusieron a las mentiras y al miedo que querían y quieren deslegitimarlas. Y segundo, porque en el contexto actual la acción no puede esperar a la teoría, la acción no puede postergarse ante el freno de la especulación. Fuera de Cataluña no podemos continuar hundiéndonos en el fango del debate territorial y dejar pasar esta oportunidad histórica para romper definitivamente la correa franquista que perpetúa la corrupción y los abusos que operan impunes en el Reino de España. No podemos ignorar a las masas populares de Cataluña que vuelven a situar al sujeto colectivo como actor principal en la escena política y se enfrenta al status quo para conquistar más derechos, más libertades, más democracia, lo que se traduce en más protagonismo y más capacidad de acción y desarrollo espiritual de las clases no privilegiadas, especialmente del conjunto de la clase obrera. Insisto, ¡es escandaloso que la gran burguesía catalana que ya despliega todo su poder en instituciones y medios de comunicación para frenar el mandato democrático surgido del uno de octubre sea más certera que la izquierda española y sus pseudorevolucionarios a la hora de señalar el camino que ha emprendido el pueblo catalán!

La Republica Catalana no nos va a despertar un buen día con el fin de la explotación del hombre por el hombre, ni con la socialización de los medios de producción, no barrerá de un día para otro los vicios, las injusticias y los crímenes que engendra el capitalismo, pero su llegada nos sirve de estímulo para pasar a la acción a millones de trabajadores y trabajadoras de Occidente que vimos sucumbir a nuestra clase hace décadas ante los dictados del libre mercado.

La nova república, que brota regada por el sudor y la sangre de su pueblo, que demuestra a los anestesiados pueblos del hemisferio norte que las masas cuando permanecen firmes y unidas pueden decidir su destino e imponer su voluntad a sus gobernantes, que se cuela como una piedra en el zapato de las clases dominantes, ha conquistado su derecho a erigirse como sujeto político independiente y, pase lo que pase, ya nadie nunca podrá negárselo.

Hoy no hay un sólo revolucionario consecuente en el mundo que no sonría lleno de esperanza cuando mira al pueblo catalán. Su ejemplo vuelve a poner encima de la mesa dinámicas de lucha que interesadamente nos hicieron creer olvidadas y obsoletas. La independencia en manos de los y las trabajadoras catalanas constituye un vehículo que pone rumbo a un destino que va mucho más allá de la creación de un nuevo estado.

Para los “demócratas de toda la vida”, para los del cambio y la ilusión postergada, para los revolucionarios de manual y para los vendepatrias del pactismo a comisión: llegado el momento tened bien presente que “Roma no paga traidores”.

 

Prisión de Navalcarnero, octubre del 2017


Público