El papel de Stalin como estratega en la victoria sobre el Fascismo. La crítica de Losurdo al Informe Kruschov.

Hoy 9 de mayo se celebra en 72º aniversario de la victoria sobre el fascismo. El 9 de mayo de 1945, el Mariscal de Campo Wilhelm Keitel, firmaba la rendición incondicional de la Wehrmacht en la sede de la Unión Soviética en Karlshorst, Berlín, ante el mariscal ruso Gueorgui Zhúkov. Era el fin de la Alemania nazi. Una victoria cuyo principal artífice fue el Ejército Rojo (Ejército Rojo de Obreros y Campesinos, como se denominaba). La historiografía occidental y los medios han tratado de minimizar el protagonismo de la URSS en la derrota del Fascismo. Pero también ha tratado de vilipendiar el papel desempeñado por Stalin como líder militar y estratega de esa resistencia a la maquinaria de guerra nazi. Como réplica a esta visión, hemos elegido un par de epígrafes del libro de Domenico Losurdo, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (Editorial El Viejo Topo).

En los fragmentos seleccionados, Losurdo va desmontando, argumento tras argumento, esta falsa idea que se ha ido propagando para desprestigiar a Stalin, según la cual sería el responsable de que la URSS se encontrase en una guerra sin preparación para hacer frente a la misma. Tal idea, como apunta Losurdo, tiene una génesis bien identificada: el llamado Informe Secreto de Kruschov presentado el 25 de febrero de 1956, en sesión cerrada del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (ver texto en castellano en marxists.org). Tras las pruebas y testimonios que Losurdo nos aporta, el Informe de Kruschov queda desacreditado.

La obra de Losurdo es una de las revisiones historiográficas más importantes llevadas a cabo en estos últimos años sobre la figura de Stalin. Es un libro cuya lectura sosegada merece la pena; casi diría que es una obra imprescindible. Losurdo va desgranando la leyenda negra con la que se ha crucificado la memoria de Stalin, en buena parte construida por Trotski, Conquest (ver aquí "Muere el farsante Robert Conquest, uno de los grandes inventores de la leyenda negra sobre el comunismo") y Kruschov. Losurdo lleva a cabo un ejercicio crítico de deconstrucción sin caer además en la apología de Stalin, lo que hace que sea una obra que transmita una sensación de honestidad intelectual, que ayuda a comprender una figura histórica más allá de filias y fobias apriorísticas. En castellano ha sido publicada por la Editorial El Viejo Topo. Puedes comprarla por Internet desde la web de la tienda de la editorial, pulsando en este enlace:
http://tienda.elviejotopo.com/historia/944-stalin-historia-y-critica-de-una-leyenda-negra-9788415216001.html

 


Referencia documental
Domenico Losurdo: Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (Editorial El Viejo Topo). Barcelona 2011. Fragmentos elegidos: pp. 28 a 43. El original en italiano fue publicado en 2008. Alteraciones del texto reproducido: la negrita y cursiva es de nuestro blog; hemos colocado las citas entrecomilladas en cursiva para que se distingan mejor. Los hipervínculos también son nuestros.


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La URSS llevó a cabo la mayor deslocalización industrial de la Historia al comenzar la invasión nazi. En tiempo récord y con una eficacia sin parangón, 1.500 grandes fábricas fueron trasladadas al este de los Urales, muy lejos de las líneas de frente, lo que imposibilitaba que los alemanes pudieran destruirlas. Imagen: factoría de los célebres tanques T-34 en la ciudad de Cheliábinsk, en la vertiente oriental de los Urales. En la ciudad se construyeron enormes instalaciones para fabricar material bélico, sobre todo tanques, por lo que la ciudad también era llamada  Tankograd o Ciudad de los tanques.



El papel de Stalin como estratega en la victoria sobre el Fascismo. La crítica de Losurdo al Informe Kruschov.
[Fragmentos del libro arriba referenciado]

La Gran guerra patriótica y las «invenciones» de Kruschov

A partir de Stalingrado y de la derrota infligida al Tercer Reich (una potencia que parecía invencible), Stalin había adquirido un enorme prestigio  en todo el mundo. Y no es casual que Kruschov se detenga en este punto. El nuevo dirigente describe en términos catastróficos la falta de preparación militar de la Unión Soviética, cuyo ejército, en algunos casos, habría carecido incluso del armamento más elemental. Directamente opuesta es la imagen que surge de una investigación que parece provenir de los ambientes de la Bundeswehr [Fuerzas Armadas de la República Federal Alemana desde 1955, N. del T.] y que en todo caso recurre ampliamente a sus archivos militares. Se describe la «múltiple superioridad del Ejército Rojo en infantería mecanizada, aviones y artillería»; por otro lado, «la capacidad industrial de la Unión Soviética había alcanzado dimensiones tales como para procurar a las fuerzas armadas soviéticas un armamento casi inimaginable». Este crece a ritmos cada vez más intensos según se acerca la Operación Barbarroja. Un dato es especialmente revelador: si en 1940 la Unión Soviética fabricaba 358 carros de combate del tipo más avanzado, netamente superiores a aquellos disponibles para otros ejércitos, en el primer semestre del año siguiente fabricaba 1.503 (36). A su vez, los documentos provenientes de los archivos rusos demuestran que, al menos en los dos años inmediatamente anteriores a la agresión del Tercer Reich, Stalin está literalmente obsesionado con el problema del «incremento cuantitativo» y de la «mejora cualitativa de todo el aparato militar». Algunos datos son de por si elocuentes: si en el primer plan quinquenal llegan al 5,4% del gasto estatal, en 1941 los presupuestos para la defensa suben hasta el 43,4%; «en septiembre de 1939, siguiendo órdenes de Stalin, el Politburó tomó la decisión de construir antes de 1941 nueve fábricas nuevas para la fabricación de aviones»; en el momento de la invasión nazi «la industria había producido 2.700 aviones modernos y 4.300 carros de combate» (37). A juzgar por estos datos, pueden decirse muchas cosas, excepto que la URSS haya llegado poco preparada a la trágica cita con la guerra.

Por otro lado, han pasado ya diez años desde que una historiadora norteamericana asestara un duro golpe al mito del derrumbe moral y evasión de
responsabilidades por parte del dirigente soviético apenas iniciada la invasión nazi: «pese al impacto inicial, el día del ataque Stalin convocó una reunión de once horas con los dirigentes del partido, del gobierno y del ejército, y en los días siguientes hizo lo mismo» (38). El caso es que ahora tenemos acceso al registro de los visitantes del despacho de Stalin en el Kremlin, descubierto a comienzos de los años noventa: parece ser que desde las horas inmediatamente siguientes a la agresión militar, el líder soviético se sumerge en una incesante sucesión de reuniones e iniciativas para organizar la resistencia. Son días y noches caracterizadas por una «actividad [...] extenuante», pero ordenada. En cualquier caso, «todo el episodio [narrado por Kruschov] es una completa invención», esta «historia es falsa» (39). En realidad desde comienzos de la Operación Barbarroja, Stalin no sólo toma las decisiones más comprometedoras dando órdenes para el traslado de la población y de las instalaciones industriales lejos del frente, sino que «controla todo de manera minuciosa, desde el tamaño y forma de las bayonetas hasta los autores y títulos de los artículos de “Pravda”» (40). No hay pruebas de pánico ni de histeria. Leamos la correspondiente entrada del diario de Dimitrov: «A las 7 de la mañana me han reclamado con urgencia en el Kremlin. Alemania ha atacado a la URSS. Ha comenzado la guerra [...]. Sorprendente calma, firmeza y seguridad en Stalin y en todos los demás». Sorprende todavía más la claridad de ideas. No se trata solamente de proceder a la «movilización general de nuestras fuerzas». Es necesario también definir la situación política. Sí, «solamente los comunistas pueden vencer a los fascistas», dando fin a la ascensión aparentemente imparable del Tercer Reich, pero no hay que perder de vista la naturaleza real del conflicto: «Los partidos [comunistas] impulsan sobre el terreno un movimiento en defensa de la URSS. No plantean la cuestión de la revolución socialista. El pueblo soviético combate una guerra patriótica contra la Alemania fascista. El problema es la derrota del fascismo, que ha sometido a una serie de pueblos e intenta someter a otros» (41).

La estrategia política que habría precedido a la Gran guerra patriótica está claramente trazada. Ya algunos meses antes Stalin había subrayado que al expansionismo aplicado por el Tercer Reich «en pos del sometimiento, de la sumisión de otros pueblos», estos respondían con justificadas guerras de resistencia y liberación nacional (infra, p. 214). Por otro lado, a aquellos que
escolásticamente oponían patriotismo e internacionalismo, la Internacional comunista había replicado ya antes de la agresión hitleriana, como demuestra la entrada del diario de Dimitrov del 12 de mayo de 1941, que
[e]s necesario desarrollar la idea que conjuga un sano nacionalismo, correctamente entendido, con el internacionalismo proletario. El internacionalismo proletario debe apoyarse en este nacionalismo de cada país [...]. Entre el nacionalismo correctamente entendido y el internacionalismo proletario no existe y no puede existir contradicción alguna. El cosmopolitismo sin patria, que niega el sentimiento nacional y la idea de patria, no tiene nada en común con el internacionalismo proletario. (42)
Lejos de ser una reacción improvisada y desesperada a la situación creada con el comienzo de la Operación Barbarroja, la estrategia de la Gran guerra patriótica señalaba una orientación teórica de carácter general madurada desde hacía tiempo: el internacionalismo y la causa internacional de la emancipación de los pueblos apuntaban concretamente hacia las guerras de liberación nacional, necesarias dada la pretensión de Hitler de retomar y radicalizar la tradición colonial, sometiendo y esclavizando en primer lugar a las supuestas razas serviles de Europa oriental. Son temas retomados en los discursos y declaraciones pronunciados por Stalin en el transcurso de la guerra: éstos constituyen «importantes piedras angulares en la clarificación de la estrategia militar soviética y sus objetivos políticos, y jugaron un papel importante a la hora de reforzar la moral popular» (43); alcanzaron además una importancia también internacional, como observaba contrariado Goebbels a propósito del discurso radiado el 3 de julio de 1941, que «suscita enorme admiración en Inglaterra y en los EE.UU.» (44).

Una serie de campañas de desinformación y la Operación Barbarroja.

Incluso en el estricto ámbito de la conducta militar, el Informe secreto ha perdido toda credibilidad. Según Kruschov, obviando las «advertencias» que de todos lados le llegaban sobre la inminencia de la invasión, Stalin se precipita hacia el desastre. ¿Qué decir de esta acusación? Mientras tanto, también las informaciones provenientes de un país amigo pueden resultar erróneas: por ejemplo, el 17 de junio de 1942 Franklin Delano Roosevelt pone sobre aviso a Stalin de un inminente ataque japonés, que después no se produce (45). Y es que en los albores de la agresión nazi la URSS se ve obligada a orientarse entre gigantescas maniobras de distracción y desinformación. El Tercer Reich se dedica intensamente a hacer creer que la acumulación de tropas al este tiene como objetivo solamente el camuflar el inminente salto más allá del Canal de la Mancha, cosa que parecía bastante creíble después de la conquista de la isla de Creta. «Todo el aparato estatal y militar está movilizado», anota complacido Goebbels en su diario (31 de mayo de 1941), para escenificar la «primera gran oleada de mimetización» de la Operación Barbarroja. Así, «14 divisiones son transportadas hacia el oeste» (46); además, todas las tropas desplegadas sobre el frente occidental son puestas en estado de máxima alerta (47). Unas dos semanas después la edición berlinesa del “Völkischer Beobachter” publica un artículo que señala la ocupación de Creta como modelo para el proyecto ajuste de cuentas con Inglaterra: pocas horas después el original es secuestrado con el fin de dar la impresión de que haya sido desvelado a traición un secreto de gran importancia. Tres días después (14 de junio) Goebbels anota en su diario: «Las radios inglesas declaran ya que nuestro despliegue contra Rusia solamente es un bluff, detrás del cual buscábamos esconder nuestros preparativos para la invasión [de Inglaterra]» (48). A esta campaña de desinformación Alemania añadía otra: se hacían circular voces según las cuales el despliegue militar en el este se proponía presionar a la URSS, llegado el caso recurriendo a un ultimátum, para que Stalin aceptase redefinir las cláusulas del pacto germano-soviético y se comprometiese a exportar mayor cantidad de cereales, petróleo y carbón, necesitados por un Tercer Reich inmerso en una guerra que no parecía concluir. Se quería por tanto hacer creer que la crisis se podía resolver con nuevas negociaciones y con alguna concesión suplementaria por parte de Moscú (49). A esta conclusión llegaban en Gran Bretaña los servicios de información del ejército y los mandos militares, que todavía a fecha del 22 de mayo advertían a su Gabinete de guerra: «Hitler no ha decidido todavía si perseguir sus objetivos [la URSS] a través de la persuasión o con la fuerza de las armas» (50). El 14 de junio Goebbels anota satisfecho en su diario: «En general creen todavía que puede ser un farol, o bien un intento de chantaje» (51).

No se debe subestimar tampoco la campaña de desinformación escenificada en el lado opuesto y ya iniciada dos años antes: en noviembre de 1939 la prensa francesa publica un inexistente discurso (pronunciado frente al Politburó el 19 de agosto de ese mismo año) en el que Stalin habría expuesto un plan para debilitar Europa, promoviendo en su interior una guerra fratricida, para después sovietizarla. No hay dudas: se trata de un texto falso, que intentaba hacer saltar el pacto de no agresión germano-soviético y dirigir hacia el este la furia expansionista del Tercer Reich (52). Según una difundida leyenda historiográfica, en la víspera de la agresión nazi el gobierno de Londres habría puesto en guardia a Stalin repetidas veces y de manera desinteresada, quien sin embargo, como buen dictador, se habría fiado solamente de su homólogo berlinés. En realidad, si por un lado comunica a Moscú las informaciones relativas a la operación Barbarroja, por el otro lado Gran Bretaña difunde rumores sobre un inminente ataque de la URSS contra Alemania o los territorios ocupados por ella (53). Es evidente y comprensible el interés por hacer inevitable o acelerar el conflicto germano-soviético.

Entra en juego después el misterioso vuelo de Rudolf Hess a Inglaterra, claramente movido por la esperanza de reconstruir la unidad de Occidente en la lucha contra el bolchevismo, confiriendo así concreción al programa enunciado en Mein Kampf de alianza y solidaridad de los pueblos germánicos en su misión civilizadora. Los agentes soviéticos en el exterior informan al Kremlin de que el número dos del régimen nazi ha emprendido la iniciativa con la aquiescencia del Führer (54). Por otro lado, personalidades de cierto relieve en el Tercer Reich han defendido sin fisuras la tesis según la cuál Hess había actuado animado por Hitler. Este, en todo caso, siente la necesidad de enviar inmediatamente a Roma al ministro de Asuntos Exteriores Joachim von Ribbentrop con el fin de despejar en Mussolini cualquier sospecha de que Alemania esté preparando un acuerdo de paz exclusivo con Gran Bretaña (55). Obviamente, todavía más fuerte es la preocupación en Moscú por este golpe de efecto, sobre todo en la medida en que la actitud del gobierno británico no hace sino alimentarlo: éste no aprovecha la oportunidad de «capturar al lugarteniente del Führer» y conseguir así «un máximo efecto propagandístico, cosa que tanto Hitler como Goebbels se temían»; es más, el interrogatorio de Hess —informa a Stalin desde Londres el embajador Ivan Maysky— es confiado a un promotor de la política de appeasement. Mientras dejan la puerta abierta a una reaproximación anglosoviética, los servicios secretos de Su Majestad se dedican a alimentar los rumores ya existentes de una  inminente paz firmada entre Londres y Berlín; todo ello con el objetivo de incrementar la presión sobre la Unión Soviética (que quizás habría buscado evitar la temida alianza entre Gran Bretaña y el Tercer Reich con un ataque preventivo del Ejército rojo contra la Wehrmacht) y reforzar en todo caso la capacidad negociadora de Inglaterra (56).

Se comprenden bien bien la cautela y desconfianza del Kremlin: el peligro de una reedición de Múnich, a escala más amplia y trágica, estaba muy presente. Quizás se pueda especular con que la segunda campaña de desinformación escenificada por el Tercer Reich haya jugado un papel relevante. Basándonos al menos en la transcripción conservada en los archivos del partido comunista soviético, pese a dar por descontada a corto plazo la entrada de la URSS en el conflicto, Stalin subraya en su discurso del 5 de mayo de 1941, dirigido a los graduados de la Academia militar, cómo históricamente Alemania había conseguido la victoria cuando se había concentrado en un solo frente, mientras que había sufrido la derrota cuando había sido obligada a combatir contemporáneamente a este y oeste (57). Desde luego, Stalin podría haber subestimado la seriedad con la que Hitler valoraba la posibilidad de agredir a la URSS. Por otro lado, él sabía bien que una precipitada movilización total habría proporcionado al Tercer Reich en bandeja de plata el casus belli, tal y como había ocurrido con la Primera Guerra Mundial. Hay en todo caso una cuestión indudable: pese a moverse con circunspección en una situación notablemente complicada, el líder soviético procede a «acelerar los preparativos de guerra». En efecto, «entre mayo y junio se llaman a filas a 800.000 reservistas, a mediados de mayo 28 divisiones se desplazan en los territorios occidentales de la Unión Soviética», mientras se siguen a un ritmo constante los trabajos de fortificación de fronteras y de camuflaje de los objetivos militares más sensibles. «En la noche entre el 21 y 22 de junio se les da la alarma a todas estas fuerzas y son llamadas a prepararse para un ataque por sorpresa por parte alemana» (58).

Para desacreditar a Stalin, Kruschov insiste en las espectaculares victorias iniciales del ejército invasor, pero obvia las previsiones realizadas en Occidente en su momento. Después del desmembramiento de Checoslovaquia y la entrada en Praga de la Wehrmacht, Lord Halifax había continuado rechazando la idea de una reaproximación de Inglaterra y la URSS recurriendo a este argumento: no tenía sentido aliarse con un país cuyas fuerzas armadas eran «insignificantes». En la víspera de la Operación Barbarroja o en el momento de su comienzo, los servicios secretos británicos habían calculado que la Unión Soviética habría sido «liquidada en 8 o 10 semanas»; a su vez, los consejeros del Secretario de Estado norteamericano (Henry L. Stimson) habían previsto el 23 de junio que todo habría concluido en un período de entre uno y tres meses (59). Por otra parte, la fulminante penetración de la Wehrmacht en el territorio soviético -observa actualmente un ilustre historiador militar- se explica fácilmente con un poco de geografía:
La extensión del frente -1.800 millas- y la escasez de obstáculos naturales ofrecían al agresor inmensas ventajas a la hora de infiltrarse y maniobrar. Pese a las colosales dimensiones del Ejército rojo, la relación entre sus fuerzas y el espacio era tan desfavorable que las unidades mecanizadas alemanas podían encontrar fácilmente ocasiones para realizar maniobras indirectas a espaldas de su adversario. Además, las ciudades ampliamente separadas, donde convergían carreteras y vías de ferrocarril, ofrecían al agresor la posibilidad de apuntar a objetivos alternativos, poniendo al enemigo en la difícil situación de adivinar la dirección real de la marcha, y afrontar un dilema después de otro (60).

El rápido desenlace negativo de la guerra-relámpago

No debe uno dejarse cegar por las apariencias: observado cuidadosamente, el proyecto del Tercer Reich de reeditar en el este el triunfal Blitzkrieg realizado en el lado occidental comienza a mostrarse problemático ya en las primeras semanas del gigantesco choque (61). A tal propósito resultan reveladores los diarios de Joseph Goebbels. En la víspera de la agresión destaca lo imparable que resultaría a la postre el ataque alemán, «sin duda el más poderoso que la historia haya jamás conocido»; nadie podrá discutir el «despliegue más poderoso de la historia universal» (62). Y por tanto: «Tenemos delante una marcha triunfal sin precedentes [...]. Considero la fuerza militar de los rusos muy baja, todavía más baja de lo que pueda considerarla el Führer. Si hubo y si hay una acción de resultado cierto, es ésta» (63). En realidad no es inferior la seguridad de Hitler, que algunos meses antes delante de un diplomático búlgaro se había referido al ejército soviético de esta manera: es sólo un «chiste» (64).

Lo cierto es que desde el inicio los invasores se encuentran, pese a todo, con sorpresas desagradables: «El 25 de junio, en ocasión del primer asalto a Moscú, la defensa antiaérea demuestra tal eficacia que desde ese momento la Luftwaffe se ve obligada a limitarse a ataques nocturnos a rangos reducidos» (65). Bastan diez días de guerra para que comiencen a entrar en crisis las certezas anteriores. El 2 de julio Goebbels anota en su diario: «En conjunto, se combate muy dura y obstinadamente. De ningún modo puede hablarse de paseo. El régimen rojo ha movilizado al pueblo» (66). Los sucesos se siguen y el humor de los dirigentes nazis cambia de manera radical, tal y como se comprueba en el diario de Goebbels.
24 de julio:
No podemos conservar duda alguna acerca del hecho de que el régimen bolchevique, que existe desde hace casi un cuarto de siglo, ha dejado profundas huellas en los pueblos de la Unión Soviética [...]. Sería por lo tanto justo subrayar con claridad, frente al pueblo alemán, la dureza del combate que se libra en el este. Debe decírsele a la nación que esta operación es muy difícil, pero que podemos superarla y la superaremos (67).
1° de agosto:
En el cuartel general del Führer [...] también se admite abiertamente que se ha errado un poco en la valoración de la fuerza militar soviética. Los bolchevíques revelan una resistencia mayor de la que habríamos supuesto; sobre todo los medios materiales a su disposición son mayores de lo que pensábamos (68).
19 de agosto:
El Führer está en privado muy irritado consigo mismo por el hecho de haberse dejado engañar hasta tal punto sobre el potencial de los bolcheviques, a través de los informes provenientes de [agentes alemanes enviados a] la Unión Soviética. Sobre todo su subestimación de la infantería acorazada y la aviación del enemigo nos ha credo muchos problemas. Ha sufrido mucho. Se trata de una grave crisis [...]. Comparadas, las campañas llevadas a cabo hasta ahora eran casi paseos [...]. En lo que respecta al oeste el Führer no tiene ningún motivo de preocupación [...]. Con nuestro rigor y objetividad los alemanes siempre hemos subestimado al enemigo, con la excepción en este caso de los bolcheviques (69).
16 de septiembre:
Hemos calculado el potencial de los bolcheviques de modo completamente erróneo (70).
Los investigadores en materia de estrategia militar subrayan las dificultades imprevistas en las que al entrar en la Unión Soviética se ve inmersa una maquinaria de guerra poderosa, experimentada y rodeada por el mito de la imbatibilidad como era la alemana (71). Resulta «especialmente significativa para el éxito de la guerra oriental la batalla de Smolensk, en la segunda mitad de julio de 1941 (hasta ahora oculta en las investigaciones por la sombra de otros acontecimientos)» (72). La observación es de un ilustre historiador alemán, que cita después estas elocuentes entradas del diario del general Fedor von Bock, del 20 y 26 de julio respectivamente:
El enemigo quiere reconquistar Smolensk a cualquier precio y constantemente moviliza nuevas tropas hacia allí. La hipótesis expresada en alguna parte de que el enemigo actúe sin una estrategia no se apoya en hecho alguno [...]. Se constata que los rusos han llevado a cabo alrededor del frente construido por mí un nuevo y compacto despliegue de fuerzas. En muchos puntos intentan pasar al ataque. Sorprendente para un adversario que ha sufrido golpes similares; debe poseer una cantidad increíble de material, de hecho nuestras tropas lamentan todavía hoy el potente efecto de la artillería enemiga.
Todavía más inquieto y de hecho decididamente pesimista es el almirante Wilheim Canaris, dirigente del contraespionaje, que, hablando con el general Von Bock el 17 de julio, comenta: «Lo veo muy negro» (73).

El ejército soviético no sólo no huye en desbandada en los primeros días y semanas del ataque, oponiendo de hecho una «tenaz resistencia», sino que demuestra estar bien dirigido, como revela por lo demás la «resolución de Stalin a la hora de frenar el avance alemán en el punto exacto para él». Los resultados de este atento liderazgo militar se revelan también en el plano diplomático: «impresionado por el tenaz combate ofrecido en el área de Smolensk», Japón, presente allí con observadores, decide rechazar la propuesta del Tercer Reich de participar en la guerra contra la Unión Soviética (74). El análisis del historiador alemán, ferozmente anticomunista, es confirmado plenamente por investigadores rusos partidarios del Informe Kruschov y destacados como campeones de la lucha contra el “estalinismo”: «Los planes del Blitzkrieg [alemán] habían naufragado ya a mediados de julio» (75). En este contexto no parece puramente formal el homenaje que Churchill y F. D. Roosevelt realizan el 14 de agosto de 1941 a la «espléndida defensa» del ejército soviético (76). Al margen de los círculos diplomáticos y gubernamentales, en Gran Bretaña -según nos informa una entrada del diario de Beatrice Webb- ciudadanos normales e incluso de ideario conservador muestran un «vivo interés por el coraje e iniciativa sorprendentes y por el magnífico equipamiento de las fuerzas del Ejército Rojo, el único Estado soberano capaz de enfrentarse a la potencia casi mítica de la Alemania de Hitler» (77). En la misma Alemania, tres semanas después del comienzo de la Operación Barbarroja, empiezan a oírse voces que ponen radicalmente en cuestión la versión triunfalista del régimen. Es lo que aparece en el diario de un eminente intelectual alemán de origen judío: al parecer, en el este «sufrimos una inmensa cantidad de bajas, habíamos infravalorado la capacidad de resistencia de los rusos, a los que no se les acaban nunca los hombres y el material bélico»(78).

Durante mucho tiempo leída como una expresión de ignorancia político-militar o incluso de ciega confianza respecto al Tercer Reich, la conducta extremadamente cauta de Stalin en las semanas que preceden al estallido de las hostilidades aparece ahora bajo una luz completamente diferente: «La concentración de fuerzas de la Wehrmacht a lo largo de la frontera con la URSS, la violación del espacio aéreo soviético y otras numerosas provocaciones tenían una única finalidad: atraer al grueso del Ejército Rojo lo más cerca posible de la frontera. Hitler pretendía ganar la guerra en una única y gigantesca batalla». Incluso generales de entre los más valiosos se sintieron atraídos por la trampa, y previendo la irrupción del enemigo, instan a un masivo desplazamiento de tropas hacia la frontera: «Stalin rechazó categóricamente la petición, insistiendo en la necesidad de mantener reservas a gran escala a considerable distancia de la línea del frente». Más tarde, siendo consciente de los planes estratégicos de los ideadores de la Operación Barbarroja, el mariscal Georgy K. Zhukov reconocía el acierto de la línea seguida por Stalin: «El mando de Hitler contaba con un desplazamiento del grueso de nuestras tropas hacia la frontera, con la intención de rodearlo y destruirlo»(79).

De hecho, en los meses que, preceden a la invasión de la URSS el Führer señala, discutiendo con sus generales: «Problema del espacio ruso. La amplitud infinita del espacio hace necesaria la concentración en puntos decisivos» (80). Más tarde, con la Operación Barbarroja ya comenzada, en una conversación aclara ulteriormente su opinión: «En la historia mundial, ha habido hasta ahora solamente tres batallas de aniquilación: Cannes, Sedan y Tannenberg. Podemos estar orgullosos del hecho de que dos de ellas han sido victoriosamente combatidas por ejércitos alemanes». Sin embargo, para Alemania la tercera y más grandiosa batalla decisiva de aniquilación y sometimiento, tan ansiada por Hitler, se le complica cada vez más, y una semana después se ve obligado a reconocer que la Operación Barbarroja había infravalorado gravemente al enemigo: «la preparación bélica de los rusos debe considerarse fantástica» (81). Queda clara aquí la actitud de un jugador de cartas intentando justificar el fracaso de sus previsiones. Y sin embargo, el experto inglés en estrategia militar antes citado llega a conclusiones no muy diferentes: el motivo de la derrota de los franceses residió «no en la cantidad o calidad de su material sino en su doctrina militar»; es más, un despliegue demasiado avanzado del ejército influye desastrosamente, ya que «compromete gravemente su ductilidad estratégica»; un error similar había cometido también Polonia, favorecido por «la ferocidad nacional y la excesiva confianza de los militares». Nada de todo esto se da en el caso de la Unión Soviética (82).

Más importante que cada una de las batallas es la imagen de conjunto: «El sistema estaliniano consiguió movilizar a la gran mayoría de la población y la práctica totalidad de los recursos»; en particular la «capacidad de los soviéticos» fue «extraordinaria», en una situación tan difícil como la creada en los primeros meses de la guerra, a «la hora de evacuar y de reconvertir después a la producción militar un número considerable de industrias». Sí, «puesto en pie dos días después de la invasión alemana, el Comité de evacuación consiguió desplazar al este 1.500 grandes fábricas, tras la realización de operaciones titánicas de una gran complejidad logística» (83). Por otro lado, este proceso de deslocalización había comenzado ya en las semanas o meses que preceden a la agresión nazi (infra, p. 319), confirmando ulteriormente el carácter fantástico de la acusación lanzada por Kruschov.

Hay más. El grupo dirigente soviético había intuido de algún modo el desarrollo de la guerra que se perfilaba en el horizonte, ya desde el momento mismo en que impulsó la industrialización del país: con un giro radical respecto a la situación precedente, había identificado «un punto central en la Rusia asiática», a distancia y resguardado de posibles agresores (84). En efecto, sobre ello Stalin había insistido con fuerza, repetidas veces.

31 de enero de 1931: se imponía la «creación de un campo industrial nuevo y bien dotado en los Urales, en Siberia, en Kazajistán». Pocos años después, el Informe presentado el 26 de enero de 1934 en el XVII Congreso del PCUS había llamado con satisfacción la atención sobre el poderoso desarrollo industrial que se había producido «en Asia central, en Kazajistán, en las Repúblicas Buriatas, Tártaras y Baskirias, en los Urales, en Siberia oriental y occidental, en el extremo oriente, etc.» (85). Las implicaciones de todo ello no se le habían escapado a Trotsky, que pocos años después, al analizar los peligros de la guerra y el grado de preparación de la Unión Soviética, y al subrayar los resultados alcanzados por la «economía planificada» en el ámbito «militar», había observado: «La industrialización de regiones remotas, principalmente de Siberia, confiere a las regiones de la estepa y bosque una nueva importancia» (86). Solamente ahora los grandes espacios asumían todo su valor y hacían más complicada que nunca la guerra-relámpago utilizada por el estado mayor alemán.

Es precisamente en el ámbito del aparato industrial edificado en previsión de la guerra donde el Tercer Reich se ve obligado a afrontar las sorpresas más amargas, como muestran dos anotaciones de Hitler.
29 de noviembre de 1941: «¿Cómo es posible que un pueblo tan primitivo pueda alcanzar tales objetivos técnicos en tan poco tiempo?» (87)
26 de agosto de 1942: «En lo que respecta a Rusia, es incontestable que Stalin ha alzado el nivel de vida. El pueblo ruso no sufría el hambre [en el momento del comienzo de la Operación Barbarroja]. En conjunto es necesario reconocer que: han sido construidos talleres de la importancia de las Hermann Goering Werke allí donde hasta hace dos años no existían sino aldeas desconocidas. Nos encontramos líneas de ferrocarril que no están en los mapas» (88).
Llegados a este punto es conveniente dar la palabra a tres expertos, notablemente diferentes entre ellos (uno ruso y los otros dos occidentales). El primero, que en su momento dirigió el Instituto soviético de historia militar, y que ha compartido el antiestalinismo militante de los años de Gorbachov, parece movido por la intención de retomar y radicalizar la requisitoria del Informe Kruschov. Y sin embargo, por los mismos resultados de su investigación, se ve obligado a formular un juicio bastante más matizado: sin ser un especialista y mucho menos el genio descrito por la propaganda oficial, ya en los años que preceden al estallido de la guerra Stalin se ocupa intensamente de los problemas de la defensa, de la industria de defensa y de la economía de guerra en su conjunto. Si, en el plano estrictamente militar, únicamente a través de pruebas y errores, incluso graves, y «gracias a la dura praxis de la vida militar cotidiana» él «aprende gradualmente los principios básicos de estrategia» (89). En otros campos, sin embargo, su pensamiento se muestra «más desarrollado que el de muchos líderes militares soviéticos». Gracias también a la larga práctica en la gestión del poder político, Stalin no pierde nunca de vista el rol central de la economía de guerra, y contribuye a reforzar la resistencia de la URSS con la transferencia hacia el interior del aparato bélico industrial: «es casi imposible subestimar la importancia de este empeño» (90). El líder soviético presta finalmente una gran atención a la dimensión político-moral de la guerra. En este ámbito «tenía ideas totalmente fuera de lo habitual», como demuestra la decisión «valiente y clarividente», tomada pese al escepticismo de sus colaboradores, de efectuar el desfile militar conmemorativo del aniversario de la Revolución de octubre, el 7 de noviembre de 1941, en una Moscú asediada y acosada por el enemigo nazi. En síntesis, puede decirse que respecto a los militares de carrera y al círculo de sus colaboradores, «Stalin da prueba de un pensamiento más universal» (91). Y es un pensamiento —puede añadirse— que no pasa por alto ni siquiera los aspectos más ínfimos de la vida y de la moral de los soldados: informado del hecho de que se habían quedado sin cigarrillos, gracias también a su capacidad para despachar «una enorme carga de trabajo», «en el momento crucial de la batalla de Stalingrado, él [Stalin] encontró tiempo para llamar por teléfono a Akaki Mgeladze, jefe del partido en Abjasia, la principal región productora de tabaco: “¡Nuestros soldados ya no pueden fumar! ¡Sin cigarrillos el frente no aguanta!”» (92).

En la apreciación positiva de Stalin como líder militar los dos autores occidentales van aún más allá. Si Kruschov insiste en los arrolladores éxitos iniciales de la Wehrmacht, el primero de los dos expertos mencionados expresa esta misma evidencia con un lenguaje bastante diferente: no sorprende que «la mayor invasión de la historia militar» haya conseguido éxitos iniciales: la réplica del Ejército rojo tras los devastadores golpes de la invasión alemana en junio de 1941 fue «la mayor producción de armas que el mundo hubiese visto nunca» (93). El segundo investigador, docente de una academia militar estadounidense, a partir de la comprensión del conflicto en términos de su larga duración, de la atención reservada tanto a la retaguardia como al frente, de la dimensión económica y política, así como la propiamente militar de la guerra, habla de Stalin como un «gran estratega», de hecho como «el primer auténtico estratega del siglo veinte» (94). Es una valoración de conjunto ampliamente coincidente con la del otro investigador occidental antes citado, cuya tesis de fondo, resumida en las solapas del libro, ve en Stalin al «mayor líder militar del siglo veinte». Obviamente se pueden discutir o matizar estas valoraciones tan lisonjeras; queda sin embargo claro el hecho de que, al menos en lo que respecta al tema de la guerra, el paisaje trazado por Kruschov ha perdido toda credibilidad.

Sobre todo por el hecho de que llegado el momento del examen definitivo, la URSS se muestra bastante preparada también desde otro punto de vista esencial. Volvamos a dar la palabra a Goebbels, que, al explicar las inopinadas dificultadas de la Operación Barbarroja, aparte del potencial bélico del enemigo, remite también a otro factor:
Para nuestros hombres de confianza y a nuestros espías era casi imposible penetrar en el interior de la Unión Soviética. No podían adquirir una visión precisa. Los bolcheviques se han esforzado directamente en engañamos. De toda una serie de armas que poseían, sobre todo armas pesadas, no hemos podido sacar nada en claro. Exactamente lo contrario de lo que se ha producido en Francia, donde lo sabíamos prácticamente todo y no podríamos haber sido sorprendidos de ningún modo. (95)

Domenico Losurdo
Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra, pp. 28 a 43


Notas
(36) Hoffmann (1955), pp. 59 y 21.
(37) Wolkogonow (1989), pp. 500-4
(38) Knight (1977), p. 132.
(39) Medvedev, Medvedev (2006), pp. 269-70.
(40) Montefiore (2007), p. 416.
(41) Dimitrov (2002), pp. 320-1.
(42) Ibíd., p. 314.
(43) Roberts (2006), p. 7.
(44) Goebbels (1992), p. 1620 (nota del diario del 5 de julio de 1941).
(45) En Butler (2005), pp. 71-72.
(46) Goebbels (1992), p. 1590.
(47) Wolkow (2003),p. 111.
(48) Goebbels (1992), p. 1594-5 y 1597.
(49) Besymenski (2003), pp. 422-5.
(50) Costello (1991), pp. 438-9
(51) Goebbels (1992), p. 1599.
(52) Roberts (2006), p. 35.
(53) Wolkow (2003), p. 110.
(54) Costello (1991), pp. 436-7.
(55) Kershaw (2001), pp. 581 y 576-7.
(56) Ibíd., pp. 585-7; Ferro (2008), p. 115 (en lo que respecta a Maysky).
(57) Besymenski (2003), pp. 380-6 (y en especial p. 384).
(58) Roberts (2006), pp. 66-9.
(59) Ferro (2008), p. 64; Benes (1954), p. 151; Gardner (1993), pp 92-93.
(60) Liddel Hart (2007), pp. 414-5.
(61) Ibíd., pp. 417-8.
(62) Goebbels (1992), pp. 1601 y 1609.
(63) Ibíd., pp. 1601-2.
(64) Fest (1973), p. 878.
(65) Ferro (2008), p. 189.
(66) Goebbels (1992), p. 1619.
(67) Ibíd., pp. 1639-40.
(68) Ibíd., p. 1645.
(69) lbíd., pp. 1656-8.
(70) lbíd., pp. 1665-6.
(71) Liddel Hart (2007), pp. 417-8.
(72) Hillgruber (1991), p. 354.
(73) Citado en Hillgruber (1991), pp. 358-60.
(74) Ibíd., pp. 372 y 369.
(75) Medvedev, Medvedev (2006), p. 252.
(76) En Butler (2005), p. 41.
(77) Webb (1982-85), vol. 4, p. 472 (entrada del diario del 8 de agosto de 1941).
(78) Klemperer (1996), vol. 1, p. 647 (entrada del diario del 13 de julio de 1941)
(79) Medvedev, Medvedev (2006), pp. 259-60.
(80) Hitler (1965), p. 1682 (declaraciones del 30 de marzo de 1941).
(81) Hitler (1980), p. 70 (conversación del 10 de septiembre de 1941) y Hitler (1980), p. 61 (conversación del 17-18 de septiembre de 1941).
(82) Liddel Hart (2007), pp. 404, 400 y 392.
(83) Werth (2007a), pp. 352 y 359-60.
(84) Tucker (1990), pp. 97-98.
(85) Stalin (1971-73), vol. 13, pp. 67 y 274.
(86) Trotsky (1989), p. 930 (= Trotsky, 1968, p. 207).
(87) De una conversación con Fritz Todt, citado en Irving (2001), p. 550.
(88) Hitler (1980), p. 366 (conversación del 26 de agosto de 1942).
(89) Wolkogonow (1989), pp. 501 y 570.
(90) Ibíd., pp. 501, 641 y 570-2.
(91) Ibíd., pp. 597, 644 y 641.
(92) Montefiore (2007), p. 503.
(93) Roberts (2006), pp. 81 y 4.

(94) Schneider (1994), pp. 278-9 y 232.
(95) Goebbels (1992), p. 1656 (entrada del diario del 19 de agosto de 1941).


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