La inmigración al centro de la revolución (…o no será)

Artículo publicado en la revista número 16.

Jacob Lawrence - 1942


En el texto que viene a continuación se adelantan líneas de un escrito que están realizando unos compañeros de nuestra organización.

Sabido es que una de las tesis de Red Roja, en la cual venimos insistiendo en los últimos años, es la de llevar la inmigración al centro de la clase obrera. Esto, naturalmente, va más allá de la defensa de sus derechos a la ciudadanía, que por supuesto apoyamos.

Para comprender realmente nuestra tesis, hay que partir de la existencia de un problema complejo; más aún por la hipocresía de los actores que se pronuncian al respecto. Lo primero es que existen diversas fracciones dentro del capital, y sus intereses no son coincidentes. Así, el gran capital no comparte el discurso de un Abascal en lo que se refiere a la expulsión de los inmigrantes. Desde un punto de vista macroeconómico, el capital necesita materialmente a la inmigración. Esto se solapa con el interés de los propios Estados, que para mantener ciertos servicios a la ciudadanía (como las pensiones) requieren una masa de trabajadores que el conjunto de la población nativa no garantiza. En definitiva, los grandes Estados están aliados al capital para admitir la inmigración, y a su estrategia no le interesa un triunfo del abascalismo aquí o de una Le Pen en Francia. Esto explica el odio de la extrema derecha a las políticas de Bruselas

Como explica Marx, la plusvalía no queda en el empresario que la extrae, sino que va al conjunto de la clase capitalista. Así, los grandes monopolios no extraen beneficios explotando solo a sus trabajadores, sino que se apropian de los beneficios generados incluso por el pequeño capital, al contar con el apoyo del Estado, imponer precios de mercado que empobrecen a otros sectores, poder evadir los impuestos, etc. No es de extrañar, en consecuencia, que los grandes oligarcas, que pueden pagar un salario más alto a sus trabajadores inmigrantes particulares, aparezcan cínicamente con frecuencia como defensores de los derechos de esta población.

En cambio, el discurso teatral de la extrema derecha encuentra más eco en sectores de la pequeña burguesía, y dentro de ella en los más ligados a la economía real. Sin embargo, también en ellos destaca la hipocresía: puede que Abascal y algunos de sus palmeros quieran realmente echar a los inmigrantes, pero lo que muchos de los pequeños y medianos empresarios que lo apoyan quieren es verlos confinados a una situación de marginación semi-clandestina, para que haya un mercado negro de trabajadores baratos y sin derechos.

Particularmente, necesitan que los inmigrantes que contraten no exijan demasiado, y para eso, como decimos, los mantienen en la frontera de la legalidad. Esa es la paradoja: necesitan un discurso antiinmigración para aprovecharse de la inmigración, para explotar mejor al inmigrante que llega a sus negocios particulares, e incluso colgarse la medalla de que, dadas las circunstancias de ilegalidad, “hasta les hacen un favor”. Sin embargo, si estos trabajadores estuvieran en las mismas condiciones que el resto de la clase, el salario podría incrementarse. El Estado va a mantener a una masa irregular hiperexplotada para que esta pequeña burguesía no se hunda del todo.

En realidad, la inmigración moderna responde a una segunda fase de la colonización que ha creado un cuarto mundo. En la primera etapa, el capital fue al tercer mundo. Ahora que el tercer mundo se ha descolonizado, trae el tercer mundo al primer mundo, creando un cuarto mundo al que explotar aquí, en la misma metrópoli. La mayor elevación de la opresión colonial se da actualmente en el propio centro del sistema: nada como la inmigración refleja el solapamiento de explotación y opresión.

Naturalmente, existe otra fracción de los sectores intermedios, no ligada a la pequeña empresa y a una explotación directa, que es más sincera en sus sucios ataques a la inmigración. Pero lo que hace la cuestión más compleja es que el gran y el pequeño capital coinciden en su interés secular por dividir a la clase obrera. Por tanto, aunque al gran capital no le interese actualmente un triunfo de las políticas xenófobas, sí le interesa que la extrema derecha exista “en su justa medida”, siempre que no llegue al límite de afectar a su política económica. Esa es la paradoja: aunque el gran capital (y, en realidad, también mucho pequeño empresario xenófobo ávido de mano de obra barata) necesita la división dentro de la clase obrera, necesita también que las divisiones de la extrema derecha no expulsen a la inmigración.

El gran capital permite toda esta confusión interclasista porque le interesa, porque le sirve para mantener un desorden en la sociedad que garantice la desunión política de sectores objetivamente interesados en aliarse. Así, el discurso xenófobo puede conseguir incluso atraer a sectores de la clase obrera, si no se ha hecho un trabajo previo en los barrios y en los puestos de trabajo.

Naturalmente, al desarrollar dicho trabajo nos encontraremos con dificultades, puesto que la condición ilegal de muchos de estos trabajadores dificulta su unidad con el conjunto de la clase, además de desincentivar entre ellos la participación en la lucha de clases por miedo a no conseguir “los papeles”. Precisamente otra dificultad es el discurso de “los derechos humanos” que solo pone el acento en la obtención de la legalidad, de los papeles. Aunque esas reivindicaciones parciales son correctas y justas y cuentan con nuestro apoyo, el activismo ligado a estos sectores tiende a situarse por encima de la clase trabajadora, o incluso llega a tildarla de “racista” y otras lindezas de las que nosotros nos distanciamos radicalmente.

La línea revolucionaria debe movilizar incluso a sectores que en determinadas fases hayan coqueteado con discursos de la extrema derecha, neutralizando los intereses de las distintas fracciones de la burguesía que hemos analizado y que no son homogéneos. Para ello, debemos diagnosticar lo que está ocurriendo, señalando la hipocresía y el cinismo reinantes. Y debemos, por un lado, llamar a los sectores más conscientes a que pongan la inmigración en el centro de la clase obrera y, por otro, trabajar pacientemente con sectores que por desconocimiento están esgrimiendo a veces tesis xenófobas pero que no son nuestros enemigos, sino nuestros potenciales aliados.

En la medida en que insertemos una línea revolucionaria y en que avancemos en la organización, en la creación de un referente político, iremos logrando ordenar a todos los sectores populares de la sociedad, para que no entren en contradicción entre ellos y antagonicen con su verdadero enemigo: una clase internacional, como es la burguesía.