La lucha de las mujeres (trabajadoras) por su emancipación


Dos hechos marcan a fuego este 8 de marzo de 2018: por un lado la intensificación de la explotación laboral, el deterioro de las condiciones de vida y la opresión de las mujeres trabajadoras, y por otro, la ofensiva ideológica destinada a escamotear la naturaleza de clase de los mismos.

Ante tanto alarde pseudofeminista, tan respaldado mediáticamente y convertido en “políticamente correcto”, debemos recordar los orígenes de la celebración de esta fecha: el Día de la Mujer Trabajadora, fecha propuesta por Clara Zetkin en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas y día que celebraban las mujeres rusas de la clase obrera cuando en 1917 se manifestaron valientemente encendiendo la mecha de la revolución proletaria. Entre finales del siglo XIX y principios del XX se sucedieron, además, en Europa y EEUU varias huelgas de trabajadoras sobre todo de la industria del textil. También datan de esos convulsos años algunos incendios que acabaron con las vidas de jóvenes obreras que trabajaban en aberrantes condiciones en los criminales centros fabriles.

¿De verdad creemos que la historia habría sido distinta si al frente de esas empresas asesinas y explotadoras hubiera estado una mujer, como una Margaret Thatcher o Ana Patricia Botín o una de las Koplowitz? Uno de los objetivos fundamentales de las clases dominantes es intentar conseguir que las personas oprimidas y, por supuesto, también las mujeres trabajadoras no sepamos quiénes somos, ni identifiquemos con claridad a nuestros enemigos.

En este 8 de marzo, en el que multitud de datos demoledores dan cuenta de la intolerable situación de las trabajadoras, que empeora cada vez más, lo que aparece en primer plano son las denuncias de opresión de sectores de mujeres privilegiadas que llegan a preconizar revoluciones estéticas y que en absoluto cuestionan la dominación de clase ejercida por mujeres y hombres de la burguesía.

Tres millones doscientas mil mujeres tienen sueldos más bajos que el salario mínimo (735€). La diferencia promedio entre el salario de una mujer y el de un hombre ha alcanzado el máximo histórico del 29%. Cinco millones de personas cobran pensiones por debajo del mínimo y siete de cada diez de estas pensionistas son mujeres. Las actuales condiciones laborales determinan cada vez menores salarios y menos prestaciones por desempleo, que afectan sobremanera a las mujeres de la clase obrera. La privatización y los recortes en servicios públicos, el aumento desorbitado del precio de los bienes de primera necesidad y un largo etcétera de estos eslabones nos encadenan a una vida cada vez más difícil de sobrellevar. Es importante destacar el dato de la práctica desaparición de la red de apoyos –de solidaridad de clase, en definitiva– construida históricamente por los sindicatos y organizaciones barriales.

A todo ello se suma la intolerable violencia machista que, en forma de asesinatos, violaciones y malos tratos, se desata con fuerza y atrapa especialmente a las mujeres socialmente más desprotegidas, las de la clase obrera. Como respuesta, las mujeres trabajadoras organizadas deben estar en la primera línea de la denuncia y la resistencia más intransigente, y deben contar con la plena implicación de sus compañeros de clase en el ineludible combate contra el machismo.

Pero al tiempo que perseguimos con toda firmeza la violencia machista, no podemos permitir que nos confundan: las mujeres burguesas son nuestras enemigas de clase y los hombres trabajadores –a los que hay que arrancar cualquier vestigio de patriarcado– son nuestros aliados para el combate esencial: la destrucción de las relaciones sociales capitalistas. Hay que denunciar la perpetuación de la ideología patriarcal dominante también en la clase obrera, fundamentalmente en hombres pero también en mujeres, y combatir esa ideología que nos considera un objeto del que apropiarse. Es indispensable exigir, como expresión clave de conciencia de clase, el reparto de las embrutecedoras tareas domésticas en la casa, así como crear formas de cooperación –entre mujeres y de clase– para hacer efectiva la participación social de las mujeres.

Frente a esas teorías que se pretenden feministas y que lanzan llamamientos “a todas las mujeres” sin distinción, en Red Roja proclamaremos, al estilo Fidel: “Dentro de la clase obrera, todo; fuera (o contra ella), nada”. Seremos implacables en la lucha por nuestra emancipación en el camino de la liberación de la clase trabajadora hasta que seamos “socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.