La negociación y el diálogo


Por Carlo Fabretti


Carta abierta a Joan Tardá

Estimat Joan:

Como seguramente recordarás, en 2011 participamos en Donosti, junto con Doris Benegas y Ángeles Maestro, en una mesa redonda para pedir la libertad de Arnaldo Otegi. Una venezolana, una madrileña, un catalán y un italiano pidiendo la libertad de un preso político vasco: todo un símbolo (y por desgracia poco más que eso, dada la escasa atención que nos prestaron tanto las autoridades como los medios).

En aquella ocasión, presentamos “un manifiesto respaldado por más de 600 destacadas personalidades españolas y extranjeras, que consideran imprescindible que Otegi salga de prisión para poder encabezar el proceso de renuncia a la violencia por parte de la izquierda abertzale y favorecer, con ello, la pronta consecución de la paz. El manifiesto que encabeza la campaña define a Otegi como un preso político privado de libertad única y exclusivamente por la ideología que profesa", según informó uno de los pocos periódicos que se hicieron eco de la noticia.

Siete años después, el Estado español persigue con la misma saña a los representantes electos de otra nación oprimida e ignora con la misma mezcla de arrogancia e idiotez (en el más literal y griego sentido del término) las autorizadas voces que denuncian la tergiversación de las leyes y la manipulación de la justicia.

La historia no se repite, como creen los necios y quisieran los inmovilistas, pero la histeria sí (de hecho, es pura repetición mecánica e irracional). Y el pueblo catalán, como el pueblo vasco (y el gallego, el andaluz, el castellano…), tendrá que responder -ya lo está haciendo- a la histeria del poder con esa “arma decisiva” que es la movilización multitudinaria y perseverante. Como dice Chomsky:“Hay que prestar mucha atención a la rabia y el miedo de los poderosos, pues comprenden muy bien el alcance potencial de esa ‘arma decisiva’ que es la mayoría de la población, e intentan que quienes luchan por un mundo más libre y más justo no alcancen la misma comprensión ni logren darle un uso eficaz”.

Los enrabiados y asustados poderosos, a pesar de tener los grandes medios de comunicación a su servicio, no han podido evitar la generalizada comprensión de que una mayoría organizada es el “arma de construcción masiva”, como tú mismo has dicho alguna vez; y ahora se trata de darle un uso eficaz a esa arma decisiva. De seguir dándole un uso eficaz, pues ya se ha hecho, y de manera ejemplar, el 1 y el 3 de octubre de 2017. Los Comitès de Defensa del Referèndum o Comitès de Defensa del Barri demostraron un grado de autoorganización admirable al hacer posible la votación del 1-O y al poner en marcha la Aturada de País del 3-O, un paro con aires y augurios de huelga general. Y todo hace pensar que, a medida que aumente la rabia represora, se consolidarán cada vez más las redes de confianza tejidas durante esas históricas jornadas de lucha (en las que tuve el privilegio de participar defendiendo las urnas en un colegio de Girona).

Decías en una entrevista reciente que el diálogo ha de preceder a la negociación. Y así habría de ser: la negociación debería desprenderse de forma natural del propio diálogo, ese diálogo en el que Platón vio el camino más seguro hacia el conocimiento y la comprensión. La negociación debería ser un corolario del diálogo, su beneficio colateral. El problema es que el poder no dialoga: o coreas su monólogo, o te manda callar. Y por eso negociar con el poder es como negociar con los atracadores o los secuestradores: se trata, simplemente, de evitar males mayores y de salvar a los rehenes, puesto que el acercamiento real -el verdadero diálogo- es imposible. Tan imposible con el poder como imprescindible entre todas las personas y organizaciones que no están dispuestas a aceptar que el futuro de Catalunya -y de las demás naciones oprimidas- esté en manos de los herederos del franquismo.

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