A Malolo de Cos, in memoriam. Un comunista enamorado de la vida.

Ángeles Maestro

Finalmente la muerte logró vencer tu amor a la vida, aunque no podrá borrar de nuestra memoria todo lo que fuiste, tu sonrisa de chico rebelde y la luz de tu mirada. Creo que lo que te unió inseparablemente a la cámara fue el deseo de atrapar la vida, de dejar constancia de los combates de los oprimidos, luchando contra la muerte y el olvido.

Te vi por última vez el pasado mes de enero, cuando estuviste en el hospital y allí se nos ocurrió la buena idea de que me contaras la historia de tu vida. Hice yo de cronista para tí que siempre dejabas testimonio – cámara en ristre – de cuanta movilización se producía. Guardo la grabación como un tesoro.

Allí supe de ti cosas que antes sólo me habías contado a retazos. Yo que siempre te admiré y te quise especialmente supe cómo se había forjado ese acero valiente y gozoso del que estabas hecho.

Me contaste cómo te habías hecho comunista cuando, mientras cuidabas de las vacas con 14 años, tuviste la inmensa suerte de convivir durante 50 días, en un pajar, con un minero comunista asturiano. Huía de la represión tras la derrota de la Revolución de Asturias en 1934, en la que solo en su pueblo - Mieres- habían caído 1.100 combatientes. Te brillaban los ojos al recordar cómo te bebías sus palabras, sus enseñanzas que te abrieron la mente, como le escuchabas “como a un profesor”, como aprendiste la importancia crucial de la unidad de comunistas y anarquistas simbolizada en las siglas UHP. Al hilo del relato me contabas cómo hacía pocas noches habías visto en la tele una imagen del rey, rodeado de obispos y militares, y te habías dicho: “Manolo a dormir, que esto es lo mismo de antes”.

Me transmitiste tu emoción al relatar la huida hacia Cantabria en febrero de 1937 de lo que fue el “Cinturón de Hierro de Bilbao”. Cómo con 17 años, desde la orilla de un río, les veías pasar derrotados, descalzos, portando camillas con heridos y muertos. En ese momento alzaste la voz, como si les saludaras militarmente y dijiste: “Si Manolo de Cos vive es por el Batallón 119, que además era un batallón comunista”; porque si no caíste en manos de los fascistas, que a buen seguro te hubieran matado, fue porque te llevaron con ellos. Les hiciste de guía hasta Arenas de Cabrales, Picos de Europa arriba y abajo, por los desfiladeros.

Me contabas luego cómo fuiste apoyo de la guerrilla y cómo el Comisario de la misma te dijo al acabar la II Guerra Mundial que te marcharas, que aquello no tenía salida. Viniste a Madrid, con un mono por toda indumentaria y 100 pesetas en el bolsillo que te había prestado una vecina. Trabajaste de todo; de albañil, de pocero bajo la cárcel de Porlier donde viste montones de escritos de los presos y te lamentabas de no haberlos podido copiar… Y tanta, tanta vida. Porque lo contabas con pasión, como quien, testigo de tamaño sufrimiento, tuvo el privilegio de haber conocido a gente de una enorme talla humana y política; sin caer en la cuenta de que precisamente porque tú – tan gigante como ellos - supiste verlo y contarlo, ellos no murieron.

Querido Manolo, aunque el dolor de la pérdida se agarra a la garganta como queriendo morir contigo, sabe que vas a vivir a través de quienes tanto te hemos querido. Que al apretar los dientes para aguantar como combatientes que no hay más allá, sabemos que la fuerza de quienes habéis caído, como tú, como tu querido minero de Mieres, como el Batallón 119, como los guerrilleros a los que asististe, como tantas y tantos luchadores, nos fecunda dándonos más vida y más fuerza para continuar la lucha.

Porque, en palabras de Pablo Neruda:


(…) Mil noches caerán con sus alas oscuras, sin destruir el día que esperan estos muertos.

El día que esperamos a lo largo del mundo,

tantos hombres, el día final del sufrimiento.

Un día de justicia conquistada en la lucha,

y vosotros hermanos caídos en silencio, estaréis con nosotros en ese vasto día

de la lucha final,

en ese día inmenso.


27 de septiembre de 2017