Documento II: Apuntes sobre la estructura organizativa

El conjunto de este documento tiene carácter interno, pero extractamos aquí unos pasajes que, por tratar aspectos más generales sobre organización, sí hemos decidido hacer públicos y compartir con otras organizaciones y compañeros de lucha.

Red Roja no se declara un partido al uso en el sentido más clásico que a este concepto se le ha dado dentro de nuestro movimiento a lo largo de buena parte de su historia. En base a la experiencia histórica, a la propia situación de nuestro movimiento, tanto a nivel internacional como en nuestro propio marco estatal de actuación, a la proliferación de siglas que se autocatologan ya de comunistas, nos tomamos tan en serio lo que es un partido revolucionario y sabemos de la enorme responsabilidad que ello conlleva, que nos parece prematuro declarar que ya lo somos. De ahí que lleguemos a decir: en las actuales circunstancias, y más que nunca, el propio partido no será tanto un punto de partida declarado formalmente como más bien un punto de llegada que la propia práctica “sancionará”. No obstante, en RR militamos compañeros que vemos más satisfechas nuestras aspiraciones partidistas en esta organización que si militáramos en un partido ya formalmente constituido, tal como existen algunos, y en cuya construcción de línea y de edificación orgánica no pudiéramos participar, con posiciones políticas ya completamente cerradas y, en demasiados casos, lastradas por los errores históricos que señalamos en el Documento I: a veces el oportunismo más reformista y electoralista, a veces el sectarismo o incluso a veces un explosivo cocktail de ambos males.

Pero que no seamos el partido, no significa que no trabajemos por él, ni que no tengamos en cuenta todos los principios organizativos que internacionalmente nuestro movimiento ha ido sintetizando en el fragor de la lucha de clases. Tampoco existe la Internacional orgánicamente ahora y sin embargo nos debemos a ella. Es así como desde Red Roja asumimos el propio proceso de construcción y hasta de “parto” de nuestra organización. Y lo hacemos concientes de la propia lucha ideológica que ha de darse inevitablemente en este terreno, donde el debate organizativo interno no podía ser ajeno a las influencias que llegan del “exterior” acerca de la necesidad o no de vanguardia, de cómo esta se estructura, etc. El caso es que Red Roja vive su propio proceso de definición y estructuración orgánicas y que, si bien lo hace teniendo en cuenta la propia experiencia histórica y el estado actual de la luchas de clases, cada vez más hay acuerdo en que el criterio de conformación orgánica ha de responder a consideraciones estratégico-políticas, más allá de la realidad presente. Y teniendo en consideración, en definitiva, las obligaciones que se derivan de la necesidad de garantizar y mantener la línea política revolucionaria de intervención así como al tanto de los propios movimientos (y previéndolos) de nuestros enemigos de clase.

Del análisis desarrollado del Documento I se deduce la necesidad de un salto organizativo. Hemos hablado de la contrarrevolución preventiva. De la situación de crisis que exacerba la movilización popular y, en consecuencia, incrementa la represión política. Hemos hablado de la necesidad de “restar para sumar” en el plano organizativo superior (el propio del partido comunista), cuya validez revolucionaria no se mide por el número sino, en todo caso, por la influencia revolucionaria que logre desarrollar. Hemos llegado hasta hablar de algo tan delicado como la necesidad de actualizar y “proteger” las tácticas del movimiento obrero ante la gravísima represión de facto que inhabilita sobremanera los cauces legales. También de la necesidad de desarrollar un trabajo de movilización antiimperialista, aquí en el llamado “primer mundo”, por minoritario que este sea. Y de la necesidad de que el “vector revolucionario” actúe en los marcos de masas sin dejar de serlo y sin ser asimilado por el reformismo y el oportunismo. E incluso hemos hablado entre nosotros de que, tal como están las cosas, no basta ni con el discurso ni con el “estar”; de que es necesario desarrollar una verdadera “línea de resistencia” ante los ataques provenientes de un sistema que no duda en saltarse “por sistema” su propia “democracia”... ¿Cómo desarrollar estas tareas “de cuadros”, diferentes de las tareas que desarrollaría una organización de masas, sin los instrumentos adecuados para ello?

Desde luego que para las tareas que nos hemos ido marcando, y en semejante contexto, no bastarían moldes organizativos calcados del 15 M, tributarios también del trauma de la caída del Muro y deslumbrados por el “horizontalismo” sin matices y el culto paralizador al consenso. Y es que la propia experiencia histórica nos demuestra que no hay posibilidad de éxito en un combate de clase si no se establecen mecanismos claros de dirección política (que no son ni horizontales ni verticales, sino más bien transversales) y sin una disciplina de partido que sepa distinguir el momento en que lo principal es el debate imprescindible de ese otro momento, aún más sagrado, en que toca ejecutar de forma decidida la línea política al servicio de nuestro pueblo.

Y es que los modelos organizativos no son resultado de un debate “unilateral” por nuestra parte donde nos limitemos a plasmar nuestros deseos. En buena medida nos vienen impuestos por una dura lucha de clases. Ciertamente a menudo los perfiles orgánicos nos los determinan el enemigo a batir. Y una organización que quiera ponerse al servicio de una estrategia, y no solo del momento presente, no puede obviar que la revolución necesita su estado mayor, su dirección, fraguada en la lucha real, sancionada por el pueblo. Y si bien es cierto que esto genera a su vez un aspecto débil en el sentido de que esa dirección puede desviarse de los legítimos intereses de la clase, tal como muestra la historia, no hay otra solución que potenciar los mecanismos no sólo de elección y prueba de esa dirección sino de control de la misma. En este sentido, seguimos encontrando en el centralismo democrático el modelo de organización revolucionaria que mejor combina, por un lado, la necesaria participación y decisión de las bases y, por otro, la existencia de una dirección ejecutiva facultada para la toma de decisiones urgentes, inherentemente derivadas de la lucha de clases. Esta afirmación no obsta para hacer una necesaria autocrítica desde dentro del movimiento comunista sobre cómo ha sido puesto en práctica y desnaturalizado el centralismo democrático a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Pero no puede tirarse al niño con el agua sucia.

No vamos a adentrarnos en todo lo que significa el centralismo democrático, desde que Lenin lo defendiera en las condiciones particulares de la Rusia zarista hasta teniendo en cuenta todas las actualizaciones y precisiones pertinentes que posteriormente ha habido que adoptar. Pero en pocas palabras implica que en el partido las decisiones políticas se debaten democráticamente, y que, una vez tomada una decisión, es de obligado cumplimiento para sus militantes. Es sumamente importante resaltar que para asegurar esa disciplina no sólo no debe obligarse a cambiar de opinión a ningún militante sino, al contrario, debe defenderse que la mantenga al tiempo que se instauran los mecanismos de debate necesarios para canalizar las diferencias, fomentar su discusión y así contar con decisiones cada vez más asumidas de forma claramente mayoritaria. Incluso tras la toma de decisiones el debate ha de proseguir debidamente canalizado. Todo esto ha de combinarse con el nombramiento de una dirección, solo sea porque han de tomarse decisiones urgentes, y con el empleo sistemático del mecanismo de delegación. Solo así, combinando ambos aspectos, la organización partidista se coloca en disposición superar el fraccionalismo y las divisiones y golpea como una sola máquina.