Marxismo y opresión de género

Aportación al proceso de debate congresual de Red Roja

1. Opresión de género.

2. El motor de la historia y la invisibilización.

3. Revisión de privilegios y condiciones materiales.

4. Crítica, autocrítica, y coste de oportunidad.

5. Ser social, iniciativa y transversalidad.

 

Este artículo se enmarca dentro del proceso de debate de la II Asamblea General de Red Roja. No pretende abordar en toda su complejidad el tema del que trata, definirlo, ni imponer un curso de acción, sino incidir en los aspectos que se han considerado más relevantes dentro de la dinámica de éste debate y aportar una reflexión que parte de la humildad y el reconocimiento de las limitaciones teóricas del análisis.

1. Opresión de género.

El capitalismo se mueve por la contradicción existente entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de los frutos de dicha producción. Sin embargo, y al igual que otros medios de producción anteriores, instrumentaliza opresiones previas para garantizar su funcionamiento. En este espacio, nos referimos a una opresión que despunta con la división del trabajo en las sociedades preclasistas, y que se desarrolla hasta nuestros días: la contradicción u opresión de género. ¿Por qué hablar de opresión de género en lugar de contradicción hombre-mujer o, simplemente, opresión de la mujer?

El ser humano, como ser de reproducción sexual, posee unas características biológicas preestablecidas genéticamente por el desarrollo evolutivo. Sin embargo, el ser humano es un ser social: aunque se basa en la diferenciación sexual, el género es una relación social. Los géneros y las relaciones basadas en ellos no son inmutables y preestablecidos genéticamente, sino que pueden ser transformados a través de la acción humana. Además, si tenemos en cuenta que hombre y mujer son construcciones sociales que forman los dos extremos de un continuo de identidades, hablar de “contradicción entre hombre y mujer” supone entender la cuestión desde una perspectiva binaria, estática.

¿Por qué no hablar entonces de “opresión de la mujer”? Si entendemos el género como relación social, y que las identidades de género no obedecen simplemente al binarismo hombre/mujer, definir el problema como “opresión de la mujer” supone dejar fuera del análisis a las personas que no se ajustan a estas identidades sociales normativas pero que sí sufren la opresión de género. Nos referimos con esto a las personas del colectivo LGTB+.

Sin definir el problema como opresión de género, olvidaríamos que las personas son oprimidas por su orientación sexual o su identidad de género no normativa, también se encuentran bajo la dominación patriarcal dentro del capitalismo.

Al analizar la contradicción de género como una relación social de opresión que tiene su pistoletazo de salida en la división del trabajo pero que no sólo cae sobre las mujeres heterosexuales y cis (aquellas cuya identidad de género corresponde al rol social impuesto en función de su sexo biológico), es un error pensar que la solución del problema pasa por la igualdad.

En primer lugar, porque la igualdad entre sexos es biológicamente imposible mientras sigamos siendo animales de reproducción sexual. En segundo lugar tampoco corresponde hablar de la igualdad de géneros, al ser estos relaciones sociales impuestas y definidas por un patrón de comportamiento diferenciado. Si lo que distingue a los géneros es el rol que la sociedad impone, es un error pensar que pueden ser igualados.

Nuestro objetivo como comunistas no puede ser otro que la superación de los géneros como entidades sociales opresoras, un proceso estrechamente ligado al desarrollo de la sociedad comunista y de las personas nuevas. Y, por supuesto, esto pasa por acabar con la concepción burguesa y heteropatriarcal de familia.

 

2. El motor de la historia y la invisibilización.

La lucha de clases es el motor de la Historia. El motor del capitalismo en su fase actual es la contradicción antagónica entre capital y trabajo, la lucha a muerte entre la burguesía y la clase obrera.

Considerar esta contradicción como fundamental no puede llevarnos, de ninguna manera, a considerarla la única existente, negando las otras opresiones (de género, racial, nacional, etc.) que se articulan en torno a ella. Cegarse a todo lo que no sea capital-trabajo y concebir la lucha de la clase obrera desde un esquema rígido e ignorante a todo lo que no sea estrictamente económico lleva, en la práctica, a invisibilizar la opresión de género. Y esto no quiere decir que las diferentes opresiones sean independientes o “se sumen”, sino que el modo de producción capitalista necesita de estas contradicciones para expresarse y reproducirse.

Lejos del reduccionismo economicista y del concepto posmoderno, la lucha comunista, como teoría y práctica, debe comprender que la humanidad oprimida debe enfrentarse a todas las contradicciones que la afectan. Escindir por completo la lucha de clases y la opresión de género hace un flaco favor al movimiento comunista en su conjunto.

La opresión de género tiene su origen en la división prehistórica del trabajo, que continúa hasta el presente y que (como la división entre trabajo manual e intelectual, u otras) es irresoluble bajo el capitalismo, pues éste las necesita.

El proceso capitalista de producción necesita de un trabajo reproductivo que mantenga el sistema funcionando. El trabajo reproductivo no remunerado, que realizan las mujeres bajo la opresión de género, es un factor decisivo para la reproducción de la fuerza de trabajo como mercancía capitalista esencial. La burguesía entrega el salario a la clase obrera a cambio de su fuerza de trabajo tras arrancarle la plusvalía, pero sin éste trabajo invisibilizado el capitalismo no puede funcionar: las mujeres crían a hijos e hijas, proporcionan cuidados materiales y afectivos, y se ocupan de las personas dependientes. Sin este trabajo, la burguesía no contaría con más fuerza de trabajo para explotar, ni habría nuevas generaciones de trabajadoras y trabajadores.

La incorporación de la mujer al trabajo productivo, aunque supone una modificación de la división del trabajo, lleva a la doble opresión: las mujeres no sólo se ven obligadas al trabajo reproductivo no remunerado, sino también a sufrir la explotación remunerada en el proceso de producción. A esta condición pueden articularse las derivadas de la orientación sexual o una identidad no normativa, u otras (racial, nacional, etc.).

Ignorar la profunda conexión que existe entre la opresión patriarcal y el proceso social de producción-reproducción puede conducir a hablar de luchas secundarias, segundos planos de importancia y, en definitiva, a invisibilizar la legítima lucha antipatriarcal.

 

3. Revisión de privilegios y condiciones materiales.

Como marxistas, entendemos que el ser social determina la conciencia. Por este motivo, los hombres por su posición en las relaciones sociales, cuentan con una serie de privilegios sobre las mujeres, que además consideran naturales. Del mismo modo, las personas heterosexuales cuentan con una serie de privilegios sobre las homosexuales, las personas cis sobre las trans, etc.

Estos privilegios tienen su origen en una opresión determinada por ciertas relaciones sociales, y que cuenta con los procesos necesarios para su perpetuación. Por este motivo, es imposible que la acción individual de “revisión de privilegios” pueda llevarse a cabo totalmente. Una persona no puede simplemente decidir renunciar a sus privilegios, ya que la ideología se reproduce constantemente debido las relaciones sociales que la hacen posible.

Sólo transformando estas relaciones mediante la acción revolucionaria hacia el comunismo será posible acabar con los privilegios originados por la opresión. Bajo el capitalismo es imposible la liberación de las oprimidas aunque la experiencia histórica demuestra que no basta con la implantación de una economía socialista para liberarnos de la opresión de género. Lo que es indudable es que, en una sociedad dominada por el medio de producción capitalista, sólo pueden conseguirse parches, “mejoras parciales”.

Esto no puede llevar a la militancia comunista a considerar que está exenta de realizar la necesaria crítica y autocrítica desde una perspectiva antipatriarcal. La opresión de género es transversal a todos los espacios de la sociedad, y por supuesto incluye las relaciones personales y las organizaciones revolucionarias. Pese a los límites a nuestra autocrítica impuestos por las condiciones materiales de explotación y opresión, este es un proceso ineludible para cualquier militante.

Si “el socialismo es la ciencia del ejemplo”, es inexcusable caer o justificar actitudes machistas, homófobas o tránsfobas desde la lealtad personal, el “sentido común” o la tradición. La militancia revolucionaria debe realizar un esfuerzo activo de crítica y autocrítica para dificultar la reproducción de la opresión de género, especialmente en el interior de la organización. Esto incluye, por supuesto, esforzarse por utilizar un lenguaje que no reproduzca la ideología patriarcal.

La importancia de la actualización teórica, pero también de la práctica y de esta “propaganda por el ejemplo”, es especialmente relevante en el contexto actual de crítica del feminismo hacia el movimiento comunista. Como hemos expresado muchas veces en Red Roja, hay que ganarse el derecho a ser escuchadas y escuchados, y eso sólo puede ser posible si cuando las personas oprimidas miran, nos ven a su lado. La importancia estratégica del desarrollo del componente antipatriarcal de la línea revolucionaria de intervención puede resumirse en la siguiente frase de Clara Zetkin: “Si la revolución no tiene masas de mujeres, las tendrá la contrarrevolución”.

 

4. Crítica, autocrítica, y coste de oportunidad.

La crítica y la autocrítica son necesarias e imprescindibles para el desarrollo del movimiento popular, y especialmente del movimiento comunista y sus organizaciones. El “matrimonio mal avenido” entre marxismo y feminismo ha estado marcado por la crítica, en ocasiones fundamentada y necesaria, en otras dogmática o sectaria.

En lo relativo a la crítica conviene recordar el concepto de coste de oportunidad: si ponemos el acento sobre un aspecto, renunciamos a ponerlo sobre otro. Esto es relevante ya que desde el marxismo, en ocasiones se centra la crítica al “feminismo realmente existente” (que tiene, evidentemente, sus límites y errores como cualquier otro movimiento), olvidando la necesaria autocrítica que el movimiento comunista necesita para avanzar.

En primer lugar, porque las experiencias de construcción socialista del siglo XX nos demuestran que el avance de la lucha por el socialismo no implica necesariamente la liberación de género. Por ejemplo, el avance que se produce en materia de género con la victoria soviética en los años veinte se ve oscurecido por el apuntalamiento de la familia tradicional y la prohibición del aborto y sexualidades no normativas de los años 30. Nos corresponde asumir esta autocrítica -y muchas otras- en aras del desarrollo del movimiento comunista actual.

En segundo lugar, no se puede negar que la opresión de género es transversal, y por tanto afecta al funcionamiento de las organizaciones revolucionarias. Las relaciones militantes se ven empañadas por los patrones de comportamiento en los que nos hemos socializado previamente, lo que significa que, si no se hace nada por evitarlo, la opresión de género se reproduce en el interior de las organizaciones. Esta preocupación, aunque evidentemente afecta en mayor medida a las mujeres y personas LGTB+, debe ser una preocupación compartida.

Por último, porque las limitaciones que podamos criticar en el movimiento feminista actual son tan sólo el reflejo de nuestras propias debilidades a la hora de analizar, incorporar e impulsar la lucha contra la opresión de género y las reivindicaciones de las afectadas por ella. Lo cierto es que, si muchas de las personas que luchan contra a la opresión de género no se sienten incluidas en la lucha comunista, debemos achacarlo a nuestro funcionamiento y necesidad de autoevaluación. La crítica, siempre necesaria, sólo puede estar unida a la aún más necesaria autocrítica.

 

5. Ser social, iniciativa, y transversalidad.

La lucha contra la opresión de género no es una lucha sólo de mujeres, igual que no se reduce a una confrontación binaria entre hombres y mujeres. Aun así, si entendemos que el ser social determina la conciencia social, debemos comprender que son las personas directamente oprimidas las que están en posición de analizar, organizar e impulsar la lucha contra su propia opresión. Quienes están en una posición objetiva de privilegio -es decir, los hombres cis y heterosexuales-, también tienen una responsabilidad: la del apoyo, colaboración y autocrítica. Pero es en las oprimidas en quienes reside la iniciativa y la capacidad de ser el motor de su propia lucha en el movimiento revolucionario. Si se admite que las oprimidas deben ser vanguardia de su lucha, es responsabilidad de las organizaciones revolucionarias promover y facilitar la creación de espacios no mixtos que apuntalen la praxis antipatriarcal dentro de la lucha comunista.

En ocasiones, la inclusión de la lucha por la liberación de género se traduce en una escisión entre el funcionamiento habitual de las organizaciones y su práctica antipatriarcal, dándose un tratamiento específico a esta última, o en el peor de los casos, produciéndose una difusión de responsabilidad al respecto. Aunque es evidente que ciertos temas requieren un tratamiento específico, entendemos que la opresión de género tiene un carácter transversal. Son las oprimidas las más afectadas por la degradación sociolaboral que impone en el Estado español el imperialismo europeo a través de la Deuda, las que más sufren las consecuencias de las agresiones imperialistas, las más indefensas ante la explotación extrema de los países de la periferia. El peso de capitalismo cae con más dureza sobre los hombros de las mujeres trabajadoras no-blancas, y éstas tienen poco que perder salvo sus cadenas.

Si tenemos esto en cuenta, la lucha antipatriarcal no es sólo una cuestión ideológica, sino que tiene también tiene entidad política. En ese sentido, el papel de las organizaciones pasaría por la inclusión de la visión de género en sus ejes de lucha fundamentales y los espacios que se derivan de ellos. La lucha contra el proyecto de ley de aborto es parte de la lucha contra el régimen del 78, heredero de la dictadura que aplicó el terrorismo más salvaje contra el bando republicano, especialmente las mujeres antifascistas. La lucha contra la opresión de género es también la lucha contra el capitalismo, ya que una hipotética -e imposible- vuelta al estado del “bienestar” se produciría gracias al aumento de la explotación sobre los países de la periferia, y especialmente de las mujeres trabajadoras. Por ello, la lucha contra la opresión de género es necesariamente internacionalista, y no debería hacer concesión alguna a la propaganda pro-imperialista, ya que son las doblemente (o triplemente) oprimidas las más afectadas por las intervenciones militares en los países de la periferia económica.

Se puede concluir con la sentencia “sin nosotras no habrá revolución”. Tengamos presente que el marxismo incluye su propio desarrollo, su necesidad de ser complementado, ampliado, precisado, y que son ellas, las oprimidas, quienes tienen la capacidad y la voluntad insobornable para hacerlo. Es parte de nuestra lucha, la lucha de la humanidad contra las opresiones que la limitan, la lucha del trabajo contra el capital. Pero también es su lucha, un combate que necesitan liderar, destrozando cualquier estereotipo patriarcal en el proceso. La lucha de Lydia Litviak, de las Brujas de la Noche, de Leila Khaled, de Ulrike y de Gudrun, y de las guerrilleras anónimas que disparan gritando Naxalbari Zindabad en las selvas de la India.

 

Militante de Red Roja Madrid.