Nuestros mártires en la Transición. En el recuerdo y el compromiso. 40 años del asesinato de María Norma Menchaca Gonzalo y 38 de los de Germán Rodríguez y José Ignacio Barandiaran Urkiola.

 

“Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas.” Rodolfo Walsh.

El 8 de julio (de 1976), en Santurce, muere María Norma Menchaca Gonzalo, de 44 años. Norma baja de su casa, con varios vecinos más, a celebrar el Día de la Sardina, mientras en otro lugar del pueblo, muy cerca, tiene lugar una manifestación a favor de la amnistía para los presos políticos antifranquistas. Las carreras y las cargas policiales ya están casi finalizando
cuando suena un disparo, realizado, según numerosos testigos presenciales, por un elemento parapolicial infiltrado entre los manifestantes. Norma cae herida de muerte. Ese día, los ultraderechistas, vestidos con camisa azul de arrantzale y pañuelo al cuello, y protegidos por la policía, hieren también de gravedad a otras dos personas, Sebastián Peña y José Unamuno. «A mi madre la mataron conocidos fascistas de aquí del pueblo, guerrilleros de Cristo Rey que se habían disfrazado de pescadores», asegura Roberto Fernández Menchaca, hijo de la fallecida, 26 años después del crimen. « A uno de ellos Ie llamaban "el Chape", y cuando, al día siguiente del fallecimiento de mi madre, yo fui a hablar con el gobernador civil, él salía de su despacho. Le dije: "Deténgalo, gobernador, que ése es uno de los que mataron a mi madre..." Por poco me detiene a mí».

Las autoridades sacan el cadáver de Norma del hospital, le hacen la autopsia y después lo entierran sin pedir siquiera permiso a los familiares de la fallecida, que, durante mucho tiempo, no pueden saber con seguridad cual es la tumba en la que deben depositar sus flores. El Juzgado de Instrucción número 5 de Bilbao abre diligencias por la muerte de Norma, pero poco después son sobreseídas, «al no aparecer elementos suficientes para acusar a determinada persona como autor, cómplice o encubridor del delito perseguido».

En 2002, la Audiencia Nacional reconoce el derecho de Norma Menchaca a ser considerada, a todos los efectos, víctima del terrorismo. Uno de los pocos casos en los que se ha conseguido esta consideración para una persona asesinada por la extrema derecha franquista durante la Transición. Su familia debe ser indemnizada con casi 140.000 euros.

“- El 8 de julio (de 1978), en Pamplona, muere Germán Rodríguez por disparos de la policía. Esa tarde, la plaza de toros de la capital navarra está a rebosar. Se celebra una de las corridas más esperadas de la feria de San Fermín. Al final de la lidia, un grupo de mozos salta al ruedo con una pancarta en la que se puede leer: «En San Fermín, todos los presos a casa» “(38)”. La pancarta da lugar a una agria división de opiniones entre el público y a algunos enfrentamientos individuales. En ese momento, cuando en el ruedo se en­cuentran decenas de chavales de las secciones juveniles de las peñas, que habitualmente entran en la plaza para poder integrarse en el desfile, apare­cen las FOP sobre el albero, con el comisario Miguel Rubio al frente. Esta irrupción provoca enorme indignación en los tendidos, desde los que co­mienzan a arrojarse almohadillas y todo tipo de objetos. Ante la reacción del público, la policía retrocede, mientras cientos de personas huyen hacia las salidas de la plaza, provocando grandes tapones humanos. Posterior­mente, el conflicto se generaliza en las calles adyacentes al coso y, después, en toda la ciudad de Pamplona, donde se libra una batalla campal hasta la madrugada. En el cruce de las calles de Roncesvalles y Paulino Caballero, una dotación de la policía baja de un autobús disparando. Una de sus ba­las alcanza mortalmente al joven Germán Rodríguez, militante de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR). El balance de la refriega es tremendo: 40 personas ingresadas en el Hospital de Navarra, 12 en la Clínica Univer­sitaria, 33 en la Residencia Virgen del Camino y tres en la Clínica San Juan de Dios. Horas más tarde, el gobernador civil, Ignacio Llano, declara que él no ha dado la orden de intervenir a las FOP y que su irrupción en la plaza es responsabilidad exclusiva del mando de la dotación local de la Policía Armada, un ex legionario, el comandante Fernando Ávila.

Al final, no se deducen responsabilidades penales ni disciplinarias contra los mandos policiales o los autores directos de la muerte de Ger­mán. Según declara Martín Villa, en Pamplona se han realizado, durante la noche de los incidentes, siete mil disparos de material antidisturbios y 130 disparos de bala. En sólo seis horas. Y con todo el fuego concentra­do en una zona del segundo Ensanche de la ciudad. A pesar de tan enor­me e inusual derroche de munición, la policía continúa disponiendo de material antidisturbios, lo que hace suponer que estaba previsto hacer frente a un incidente como el que se ha producido.

El ministro del Interior intenta tergiversar los hechos, pero numero­sos testimonios de testigos presenciales lo dejan todo muy claro: a Ger­mán Rodríguez lo mata la policía. En árboles, vehículos y edificios que­dan incrustadas decenas de balas que provienen de las mismas armas que matan al joven navarro. Las comisiones investigadoras de Pamplona, San Sebastián y Rentería elaboran un demoledor dossier, «Castigo a los cul­pables», en el que se recoge toda esa información.

Como consecuencia de su actuación durante los sangrientos «sanfer­mines» de 1978, el comisario Rubio es trasladado a la localidad valencia­na de Xirivella, donde se producen fuertes manifestaciones en protesta por el nuevo destino que se le ha concedido.

- El lunes 10 de julio, la protesta por la muerte de Germán Rodrí­guez se extiende a todo Euskadi y hay un nuevo muerto. En San Sebas­tián, José Ignacio Barandiaran Urkiola, de 19 años, natural de Astigarraga, fallece a consecuencia de un disparo en el pecho, cuando se manifiesta en las inmediaciones de la cuesta de Aldapeta. Como es habitual, el Mi­nisterio del Interior responsabiliza de esta muerte a la agresividad de los manifestantes, que, supuestamente, intentan asaltar el cuartel de la poli­cía por las armas. La Consejería de Interior del Consejo General Vasco hace pública una nota que desmiente esa inverosímil versión: «En el día de hoy se ha producido una manifestación hacia las nueve y media de la mañana, formada por empleados de Banca y Cajas de Ahorro y Seguros. La manifestación, que ha discurrido por numerosas calles de San Sebas­tián, se ha desarrollado de forma total y absolutamente ordenada y pací­fica hasta la calle de Urbieta, en la que ha hecho presencia la Policía Ar­mada, disolviendo la manifestación y haciendo uso de pelotas de goma».

«Posteriormente, un pequeño grupo se ha dirigido a las inmediacio­nes de la cuesta de Aldapeta, que conduce al cuartel de la Policía Arma­da, momento en el cual, dos policías armados y dos policías de paisano subían por las escalerillas que conducen al cuartel. Uno de ellos, vestido con un jersey polo color granate, pantalón marrón y gafas, ha comenza­do a disparar con una pistola en dirección a los manifestantes que se en­contraban en el cruce de las calles de Víctor Pradera y San Bartolomé. El otro presunto policía de paisano, vestido con camisa blanca, ha forcejea­do con el que efectuaba los disparos para tratar de impedirlo, sin haberlo conseguido, interviniendo posteriormente la Policía Armada, que ha lo­grado que cesaran los disparos. La persona que los ha efectuado se en­contraba en un alto grado de excitación y sujetaba la pistola con ambas manos, apoyándolas en la barandilla de la cuesta de Aldapeta. Instantes después, en medio de una nube de humo producida por los botes que lanzaba la policía, ha sonado una ráfaga de metralleta y dos o tres dispa­ros aislados, alcanzando una bala en el pecho al joven de 19 años José Ignacio Barandiaran Urkiola, causándole la muerte. Los testigos presen­ciales afirman que la ráfaga de metralleta ha partido de un policía arma­do que ha salido de un jeep que se encontraba a unos quince metros del inicio de la cuesta de Aldapeta, sin que en ningún momento mediara agresión armada por parte de los manifestantes a las FOP, ni éstas se en­contraban acorraladas o sitiadas, ni en situación de dificultad, como se demostró posteriormente al cargar y disolver a todos los manifestantes sin grandes dificultades.»

La huelga general se extiende, y el miércoles 12 de julio todo Euskadi está prácticamente paralizado. A mediodía del día siguiente, cuando se va recobrando poco a poco la normalidad, una compañía especial de la Policía Armada, integrada por 200 hombres y procedente de Miranda de Ebro, ocupa las calles vacías de Rentería y destroza a culatazos las vitri­nas de numerosos escaparates, mientras sus integrantes disparan a las ventanas de las casas pelotas de goma y botes de humo. Numerosas foto­grafías muestran a los policías sustrayendo objetos de los escaparates des­trozados.

Martín Villa acuña entonces una de sus frases más lapidarias: «Lo nuestro son errores. Lo otro son crímenes».”

“(38) Desde un par de meses atrás, varios jóvenes navarros estaban encarcelados acusados de haber intervenido en la muerte del subteniente Etseberri. El 11 de mayo, un grupo de incontrolados había recorrido el Casco Viejo de San Sebastián, empuñando porras y cade­nas y amenazando a los transeúntes con pistolas. Hubo numerosos enfrentamientos, algu­nos de gran dureza, y uno de los «incontrolados» fascistas recibió una cuchillada mortal. Era el subteniente de la Guardia Civil Juan Etseberri. Otro «incontrolado» resultó herido: más tarde se pudo comprobar que era el policía José San Martín.”

** Tomado de La sombra de Franco en la Transición de Alfredo Grimaldos. OBERON 2004