Corea del Norte: qué locura... la de nuestra ignorancia

“Todos los habitantes del pueblo y de los campos de alrededor resultaron muertos y quedaron en la misma posición en que estaban cuando los golpeó el napalm: uno disponiéndose a montar en su motocicleta, una cincuentena de niños jugando en un orfanato, una madre de familia intacta sosteniendo una página del catálogo Sears-Roebuck”. Tal paisaje macabro, digno de Pompeya, se encontró George Barret, del New York Times, en la ciudad de Anyang, en febrero de 1951.

Lo recoge Bruce Cumings, en “Memorias de fuego en Corea del Norte”, artículo imprescindible que fue publicado en 2004 en Le Monde Diplomatique y que desde Red Roja hemos traducido de la edición francesa. Puede encontrarse una gran cantidad de información imprescindible en dicho reportaje. Por ejemplo, el texto documenta que en Corea se lanzó una cantidad de napalm mucho mayor que en Vietnam y que su efecto fue mucho más devastador, por tener ciudades más pobladas. Hay detalles más concretos: el 6 de agosto de 1950, un oficial americano dio la orden al ejército del aire de “que fueran borradas las siguientes ciudades”: Chongsong, Chinbo et Kusu-Dong. El 31 de julio, 500 toneladas de bombas fueron arrojadas a través de las nubes en la ciudad industrial de Hungnam: las llamas alcanzaron cientos de metros de altura.

El general MacArthur ordenó que la zona situada entre el frente y la frontera china fuese transformada en un desierto, que la aviación destruyese todos los “equipamientos, fábricas, ciudades y pueblos” en un entorno de miles de kilómetros cuadrados del territorio norcoreano. Sinuiju fue borrada del mapa merced a 550 toneladas de bombas incendiarias lanzados por aviones 79 B-29. Otro diluvio de napalm se abatió sobre Hoeryong. Literalmente tierra quemada.

Sobre Pyongyang, los aviones Mustang lanzaron 700 bombas de 500 libras de napalm y 175 toneladas de bombas de demolición de efecto retardado, para que explotaran cuando la gente intentara recuperar los cadáveres abrasados por el napalm.

Esto le parecía poco a MacArthur, quien afirmaba tener un plan que permitiría ganar la guerra en diez días: “Yo hubiera lanzado una treintena de bombas atómicas (…) poniendo el paquete a lo largo de la frontera con Mancguria”. Decía el comandante supremo de las fuerzas americanas en el Lejano Oriente que hubiera enviado inmediatamente 500.000 soldados de la China nacionalista (anticomunista) al Yalu y que después “hubiera extendido detrás de nosotros, desde el mar de Japón hasta el Mar Amarillo, un cinturón de cobalto radioactivo (…) de una duración de vida activa de entre 60 y 120 años. Durante sesenta años al menos no habría sido posible la invasión de Corea por el Norte”.

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Sin llegarse a materializar esto, la ofensiva aérea asesinó a millones de civiles y dejó arrasada Corea del Norte. Durante tres años, los norcoreanos se vieron frente a una amenaza cotidiana de ser quemados por el napalm. Tal como documenta Cumings, en 1952 prácticamente todo había sido completamente arrasado en el centro y en el norte de Corea. Los supervivientes vivían en cuevas. De las 22 principales ciudades del país, al menos en 18 de ellas la mitad de la ciudad había sido aniquilada. Las grandes ciudades industriales de Hamhung y de Hungnam habían quedado destruidas en un 80-85% y Pyongyang en un 75%.

El propio Che Guevara fue testigo directo de las consecuencias de la agresión americana en su viaje de 1960. En su “Informe de un viaje a los países socialistas”, escribió lo siguiente que, aun a riesgo de extendernos demasiado, consideramos necesario reproducir: “La mitad de habitantes fue asolada por una guerra tan fantásticamente destructiva que de sus ciudades no quedó nada, y cuando uno dice nada, es nada”, explicando que existían poblados “de los cuales no quedaban nada más que cenizas. Así quedó, por ejemplo, Pyonyang, que es una ciudad de un millón de habitantes. (…) El único recuerdo que queda es, en todos los caminos, en todas las carreteras y en todas las vías férreas, los huecos de las bombas que caían unas al lado de otras.

Ellos me mostraron muchas de las fábricas, todas ellas reconstruidas y otras hechas nuevas, y cada fábrica de esas había soportado entre 30 y 50 mil bombas. Si nosotros nos hacemos una idea de lo que eran 10 o 12 bombas tiradas alrededor nuestro en la Sierra, que significaba un bombardeo terrible, y había que tener su dosis de valor para aguantar esas bombas, ¡lo que significaban 30 mil bombas tiradas en un espacio de tierra, a veces menor que una caballería!”.

El Che continuaba diciendo: “Corea del Norte salió de la guerra sin una industria en pie, sin una casa en pie, hasta sin animales. En una época en que la superioridad aérea de los norteamericanos era tan grande, y ya no tenía qué cosa destruir, los aviadores se divertían matando bueyes, matando lo que encontraban. Era, pues, una verdadera orgía de muerte lo que se cernió sobre Corea del Norte durante dos años solamente. En el tercer año aparecieron los Mig-15 y ya la cosa cambió. Pero esos dos años de guerra significaron, quizás, la destrucción sistemática más bárbara que se ha hecho.

Todo lo que se pueda contar de Corea parece mentira. Por ejemplo, en las fotografías se ven gentes con el odio, ese odio de los pueblos cuando llega a la parte más profunda del ser, que se ve en las fotos de cuevas donde se meten 200, 300 y 400 niños, de una edad de 3 o 4 años, se asesinan allí con fuego y otras veces con gas. Los descuartizamientos de las gentes, matar a mujeres embarazadas a bayonetazos para hacerle salir el hijo de las entrañas, quemar heridos con lanzallamas… Las cosas más inhumanas que pueda imaginar la mente fueron realizadas por el ejército norteamericano de ocupación.”

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Si el Che estuvo allí y se mostró siempre tan firme a la hora de defender a Corea del Norte, en el 50 aniversario de nuestro gran guerrillero, aparte de llevar un pin de él, no estaría de más seguir sus directrices. Sobre todo en temas controvertidos como este, que nada reportan al bolsillo, precisamente por ir en contra de la ideología biempensante y acomodaticia en la que vive instalada esa izquierda que siempre encuentra su hueco dentro del sistema. Una izquierda domesticada que, de modo indecente, rechaza a Corea sin informarse siquiera y sin conocer ni una mínima parte de lo que ocurrió, y de lo que sigue ocurriendo todavía.

Pero no solo hay que defender a Corea “en negativo” frente a la agresión. Es que además Corea es admirable. Como decimos, el hecho de que, desde el campo antiimperialista, no se defienda a Corea como a cualquier otra víctima que sufra las agresiones de los EE UU es, desde luego, indignante y cobarde. Sin embargo, es peor aún que buena parte del movimiento comunista se niegue a mirarse en el espejo de un pueblo organizado que ha dicho: “aquí no se entra” durante 60 años. Y que ha puesto fin a la explotación capitalista en su territorio. Algo así solo puede causar admiración: admiración al socialismo, independiente de las líneas concretas que se sigan a la hora de su implementación y desarrollo.

Corea del Norte, como decimos, causa admiración y enseñanza, pues ningún país sin la dirección de un gobierno revolucionario comunista como el de Kim Il Sung podría haber realizado la asombrosa reconstrucción del país; no sin explotar a terceros como hacen los países imperialistas que luego presumen de “Estados del bienestar”. Así, escribió también el Che que “lo que más impresiona es el espíritu de ese pueblo. Es un pueblo que salió de todo esto tras una dominación japonesa de treinta años, de una lucha violenta contra la dominación japonesa, sin tener siquiera un alfabeto. Es decir, que era de los pueblos más atrasados del mundo en ese sentido. Hoy tiene una literatura y una cultura nacionales, y un orden nacional y un desarrollo ilimitado, prácticamente, de la cultura. Tienen enseñanza secundaria, que allá es hasta el noveno grado, obligatoria para todo el mundo.

Tiene en toda la industria el problema que ojalá nosotros tuviéramos hoy -que tendremos dentro de 2 o 3 años-, que es el problema de la falta de mano de obra. Corea está mecanizando aceleradamente toda la agricultura para lograr mano de obra y poder realizar sus planes”.

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Los medios suelen ridiculizar al liderazgo norcoreano. ¿Y no es un vulgar bufón ese tal Rajoy, que acaba de expulsar al embajador de Corea del Norte en una payasada hecha, cómo no, para mostrar sumisión y respetos a otro gran payaso, como es Trump, aislado hasta por la propia intelectualidad de su país? ¿No es payasada ese rápido viaje programado para aparentar que el PP no se encuentra aislado, en medio de una situación en que hasta los medios internacionales se escandalizan ante la represión en Catalunya? En fin, si el nivel de la diplomacia española es echar al embajador norcoreano para ofrecer vasallaje a un Trump que busca no salir solo en la foto, parece que vuelve a cobrar resonancia aquella afirmación de Mao acerca de que el imperialismo resulta un tigre de papel desde el momento en que los pueblos deciden enfrentarlo y no dejarse embaucar por un pacifismo suicida.

Efectivamente, es nuestra responsabilidad dejar bien claro que los preparativos militares de Corea no son ninguna locura. Al revés. La locura sería no prepararse. Corea del Norte no quiere que le ocurra como a Yugoslavia, Irak, Libia y tantos otros. A propósito, debemos señalar que Corea podría tener muchas razones para no desear que los misiles se limitaran a sobrevolar el cielo de determinados países: hay que recordar lo que Japón le hizo en la II Guerra Mundial, convirtiendo a sus mujeres en prostitutas y desencadenando incontables masacres. Suele ocultarse lo que Corea ha sufrido; probablemente, cualquier persona razonable actuaría con más riesgo y violencia de lo que están haciendo ahora los supuestos “locos” norcoreanos. En suma, la agresividad contra Corea no es una respuesta a su contundencia militar; muy al contrario, esta es la respuesta a la agresión permanente de los EE UU y sus aliados.

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Unos EE UU que viven en el desespero de mantener una hegemonía que no se sostiene, de controlar regiones estratégicas y de conservar una falsa “unidad imperialista” que viene de la Guerra Fría; y que, para ello, deben mantener en tensión permanente a todos sus aliados (en este caso, en su franja oriental: Japón). Es lo habitual en los yanquis: salvan a sus amigos ahogándolos, van a apagar los incendios que ellos mismos provocan y, de este modo, les imponen la agenda a sus propios aliados. Como a la UE, en la zona occidental. ¿Acaso esta dinámica es algo “puntual”, que pudiera justificarse por la manera concreta de actuar del gobierno coreano, y no forma parte de un guion perfectamente establecido por el imperio?

Pero últimamente nada les sale bien. A Rusia y China (aunque solo fuera por la defensa de sus intereses) no les interesa que los planes yanquis prosperen. El imperialismo no ha logrado que las potencias otrora socialistas entren en completa sumisión. Por desgracia, Rusia y China tienen aún la debilidad de someterse demasiado a los dictados de la ONU. Por nuestra parte, encontramos justo en esto otro motivo más para defender a Corea del Norte: lo que este país representa no tiene ninguna cabida en el marco de la ONU. Y habría que congratularse de que Rusia y China siguieran dando pasos adelante; no en vano, Rusia ya rompió con la política traicionera de Yeltsin hacia Corea, a la que dejaron aislada provocando hambrunas que luego fueron utilizadas propagandísticamente por el imperio. A propósito: Corea se repuso y, desafiando las sanciones criminales, hoy registra un sólido crecimiento económico que hasta Seúl se ve obligada a reconocer.

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En lo que respecta a nuestro actuar concreto, debemos subrayar que nos avergüenza que no haya habido apenas reacciones desde el campo de las fuerzas revolucionarias ante los últimos acontecimientos. No solo porque haya que a salir al paso de una actitud tan estúpida como la de echar al embajador, sino porque además esto ha sido producto de una debilidad y de un vasallaje al amo yanqui. Si, ni aun así, salimos todos en defensa de Corea, ¿dónde queda eso de aprovechar las debilidades y contradicciones del enemigo?

Nos abochorna una realidad: Rajoy juega una carta tan mezquina porque sabe que no va a haber ningún tipo de contestación en casos como el de Corea del Norte dada la tremenda intoxicación paralizante y acomplejadora con respecto a este país. Y esto debe ser un motivo de preocupación para el movimiento antiimperialista… y no digamos ya para el comunista. Sabemos del carácter minoritario, al menos en lo organizativo, de la línea revolucionaria que aspiramos a representar. Pero hay momentos en que la grandeza de la dignidad no entiende de números de concentrados para defenderla.

Una inimaginable y odiosa locura de fuego imperial fue la que se dirigió contra Corea. Y está claro que los norcoreanos no van a cometer la locura de olvidarlo. Nosotros debemos, como mínimo, dejar en el olvido nuestra ignorancia al respecto. Y bajar a la calle, aunque sea en pequeñas dosis de razón frente a tanta payasada y cobardía. Corea del Norte tiene derecho como la que más a nuestra solidaridad internacionalista y antiimperialista.

Queremos cerrar citando una vez más el artículo del Che Guevara, quien, sin el menor complejo ideológico, con todo su orgullo revolucionario, declaraba: "De los países socialistas que visitamos personalmente, Corea es uno de los más extraordinarios. Quizás es el que nos impresionara más de todos ellos (…) Es, realmente, el ejemplo de un país que gracias a un sistema y a dirigentes extraordinarios, como es el mariscal Kim II-Sung, ha podido salir de las desgracias más grandes para ser hoy un país industrializado. (…) Es uno de los países que nos entusiasman más".